Según el INE, en el año 2024 murieron 43.093 mujeres a causa de enfermedades cardiovasculares, cifra que supera en 3.740 a la de los hombres. Ellas nos cuidan, pero ¿quién se encarga de su cuidado cuando enferman?
Un día cualquiera en la consulta. El primer paciente, de 78 años, con notable sordera y dificultades para expresarse, viene acompañado de su esposa. Mientras le interrogo, observo cómo ella, que no para de moverse en la silla, siempre se adelanta en las respuestas. Me comenta los antecedentes clínicos, cirugías previas, enfermedades padecidas y los medicamentos que toma, sin errar en las dosis ni en los horarios. Él permanece impasible, con una actitud cotidiana que estoy seguro de que adopta no solo en la consulta, sino también en su vida diaria. Tras la cuarta interrupción, le digo (a ella): “Deje que conteste, que tiene plenas sus facultades mentales”. Lo hago con cierto tono irónico, relajado, y con justa razón: es fundamental para el médico evaluar el grado de compromiso del paciente con su enfermedad y si su estado cognitivo es adecuado. Ella emite un gruñido de descontento que denota duda. Suena igualmente irónico y poco espontáneo; entrañable, diría incluso cariñoso. “No sé si estoy de acuerdo, doctor, porque la verdad es que no se da cuenta de nada. Está completamente perdido. Tengo que estar pendiente de él como si fuera un niño”.
No me pagan para juzgar las relaciones de pareja (cada cual las maneja lo mejor que puede), sino para realizar mi trabajo con la mayor empatía hacia el paciente y también hacia el familiar que le acompaña. Sonrío para mostrar que bromeo con la situación y, con un guiño, miro a él y le digo: “Qué bien te cuidan”, observando su respuesta corporal, que en este caso es completamente neutra. Ella vuelve a moverse. No parece ofendida, pero responde al comentario: “Sí, sí, qué bien le cuido, pero cuando me toca que me cuiden a mí, a mí nadie me cuida”, dice, nada ofendida, pero plenamente consciente de la veracidad de sus palabras.
Más tarde, llega el segundo paciente citado, también acompañado por su esposa. Él, ya intervenido, muestra un semblante similar al de un niño llamado al despacho del director del colegio. Ella, sentada al borde de la silla, confiesa lo poco que su marido ha colaborado en su recuperación: “No hace nada”, revela cuando se lo permito, “se levanta, no sale de casa, va de la cama al sofá y de vuelta”. Este estilo de vida que describe no es en absoluto el recomendado en un postoperatorio. Un paciente operado que regresa a casa (siempre incompleto al 100%) debe implicarse en su recuperación. (Dependiendo, claro, de la zona intervenida, pues cada especialidad tiene sus propias indicaciones).
A cada pregunta sobre su evolución, ella responde ante la inacción de su marido. Se confirma que fue ella, no él, quien comprendió correctamente las indicaciones al alta; incluso, él no se molesta en objetarlas, lo que incrementa su culpabilidad ante mi juicio, que soy yo. “Doctor, no sale a la calle, no se mueve, no se activa, tiene miedo y tengo que estar pendiente de él todo el día”. Sonrío y no puedo más que constatar que la situación es muy similar a la de la esposa del paciente anterior.
En las consultas postoperatorias, los cirujanos vivimos una situación particular: tras una intervención exitosa y contar con la confianza de paciente y familiares, la barrera médico-paciente disminuye o se sitúa en un nivel fácilmente superable. Esto permite cierta confianza para bromear, algo imposible antes de la cirugía, pero frecuente al dar el alta definitiva. Pensé en comentarles lo ocurrido con la pareja anterior: cómo ella le reprochaba y cómo yo coincidía, ya que la apatía del marido ante su enfermedad era tan inadecuada como perjudicial para una recuperación óptima, pero descarté hacerlo para no parecer indiscreto.
Sin embargo, decidí probar con el mismo comentario para observar la reacción, en una suerte de experimento personal sobre las relaciones conyugales perioperatorias. “Qué bien cuidas a tu marido”, le dije a ella con una sonrisa, y luego, mirando a él: “Cómo te quiere tu mujer”. Él se mantuvo impasible y ella no mostró enfado, pero aceptó el reto. “¿Qué qué bien le cuido? Pues claro, porque la verdad es que este hombre,” señaló, “es un quejica; todo le duele mucho siempre, no soporta nada. Si a mí me duele algo, lo tolero, pero si a él le duele algo, tengo que dejarlo todo para atenderlo”. Cerró con una frase contundente: “Porque… ¿Quién nos cuida a nosotras cuando enfermamos?”
A la mujer se le ha infradiagnosticado
Ya a solas en la consulta, me sorprendió la coincidencia entre ambas mujeres; una casada con un paciente próximo a operar y otra que ya ha vivido el proceso quirúrgico de su esposo, ambas compartiendo la misma preocupación: ¿Quién cuida a las mujeres cuando enferman? Si el enfoque se dirige a la asistencia sanitaria de la mujer frente a las enfermedades cardiovasculares (área de mi especialidad), ambas tienen razón. Tradicionalmente, la mujer ha sido infradiagnosticada e infravalorada clínicamente cuando ha sufrido enfermedades cardiovasculares. Incluso hoy día, esta situación se mantiene.
Las enfermedades cardiovasculares representan una de las principales causas de muerte en las mujeres en nuestro país. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2024 fallecieron 43.093 mujeres por estas patologías, cifra que supera en 3.740 a la de hombres fallecidos por la misma causa en España. Además, se sabe que las mujeres que sufren un infarto agudo de miocardio presentan muchas más probabilidades de morir por esta afección que los hombres. ¿Por qué?
En primer lugar, aunque los factores de riesgo cardiovascular (presión arterial, colesterol, tabaquismo, obesidad, sedentarismo) son más frecuentes en hombres, tras la menopausia el riesgo de las mujeres se equipara. En segundo lugar, y más sorprendente para muchos (pero comprensible en nuestra sociedad), las mujeres acuden con más retraso a los centros hospitalarios.
El hombre que sufre dolor precordial (dolor en el pecho) rápidamente acude a urgencias para ser evaluado. Por el contrario, la mujer que está teniendo un infarto (y que también experimenta presión torácica como síntoma principal en la mayoría de los casos) puede manifestar otros signos más difíciles de identificar, como malestar general, mareos, náuseas, dolor en el hombro o abdomen, palpitaciones, cansancio, etc., que históricamente se han considerado “menos graves” en las mujeres. Tristemente, en pleno siglo XXI sigue siendo posible un escenario lamentable y vergonzoso, donde una madre con dolor en el pecho no lo toma en serio por tener muchas tareas domésticas pendientes (“ya se me pasará, aún tengo cosas que hacer”) o pospone acudir a un centro médico (“todavía tengo que recoger a los niños en el colegio”).
Las mujeres diabéticas y fumadoras presentan un riesgo mucho mayor de padecer cardiopatías que los hombres. Incluso la hipertensión puede afectarles de manera distinta. En cuanto al tratamiento también hay diferencias, ya que históricamente han sido infratratadas, lo que ha contribuido a un peor pronóstico en comparación con los hombres (no solo por consultar más tarde, sino porque suelen tener mayor edad al debutar la enfermedad, y a esas edades los tratamientos suelen ser más conservadores).
Por tanto, “¿quién nos cuida a nosotras cuando enfermamos?”, se preguntan las compañeras de mis dos pacientes. La respuesta: nosotros, la sociedad actual, que debe sensibilizarse sobre esta problemática y empoderar a las mujeres para la prevención y el cuidado de su salud.
Que (ellas también) mejoren.

