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- Título del autor, BBC News Mundo
- Informa desde, Enviado Especial a La Guaira, Venezuela
- Fecha de publicación 5 julio 2026Actualizado 6 julio 2026
- Tiempo de lectura: 8 min
Aunque crecí en Caracas, mi lugar de nacimiento es La Guaira, sitio al que siempre he regresado y donde conservo algunos de mis momentos infantiles más felices. Por eso, regresar hoy y encontrar la devastación causada por los terremotos recientes dejó en mí una impresión profunda.
Rememoro los fines de semana cuando, siendo niño, mi madre me despertaba temprano para anunciar que íbamos a pasar el día en La Guaira, a casa de mi abuela.
Para muchos venezolanos, era sinónimo de playa, sol y recreo. Para mí, además, representaba familia y hasta el lugar donde celebrábamos las Navidades.
Ya en la adolescencia, la dinámica cambió. No sólo iba con mi madre, sino acompañado de amigos.
Intentábamos cualquier modo para bajar desde el valle de Caracas hasta la playa: aquellas casi 45 minutos de trayecto sin aún tener permiso para conducir. Comprábamos lo indispensable para pasar el día completo, después regresábamos entrada la noche, aprovechando hasta el último rayo de sol.
En un par de ocasiones me fui sin permiso; al volver, mi madre me lanzaba una mirada inquieta al notar mi piel bronceada. Me preguntaba dónde estuve, aunque ya conocía la respuesta.
Incluso después de emigrar, La Guaira permaneció presente. El aeropuerto de Maiquetía es la principal vía de entrada y salida de Venezuela; así, lo primero que veo al regresar al país es ese mar y la imponente montaña que separa La Guaira de Caracas.
Por eso, estar aquí ahora resulta difícil de asimilar para mí y para cualquier venezolano.
La magnitud del daño es enorme. De la Guaira que conocí queda apenas un vestigio, fragmentos de una ciudad completamente alterada por dos terremotos que, en menos de un minuto, transformaron todo.
Para ver este contenido, favor activar JavaScript, o intentar con otro navegadorPlay video, «La Guaira: cómo los terremotos devastaron el lugar donde nací», Duración 11,3911:39
Cientos de edificios se derrumbaron en la zona. El gobierno menciona miles de víctimas y existen cálculos que apuntan a decenas de miles de desaparecidos, aunque la cifra exacta continúa siendo incierta. Algunos reportes estiman más de 50.000 personas desaparecidas.
Gianluca Rampolla del Tindaro, coordinador residente de la ONU en Venezuela, manifestó este martes que, a pesar de que todavía se rescatan sobrevivientes entre los escombros, ya están gestionando la adquisición de 10.000 bolsas para cadáveres.

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Otra Venezuela
Uno de mis recuerdos infantiles más constantes —que aún me aporta calma— es el de los domingos en La Guaira. Tras pasar el día completo jugando con mis primos, regresábamos a Caracas pasada la medianoche. Quedaba tan agotado que me dormía apenas sentado en el carro, y era mi madre quien me despertaba al llegar a casa.
Esa era una Venezuela diferente. Otra Guaira.
No era ya la «Venezuela saudita» del auge petrolero de los años 70 —cuando la moneda tenía tanta fortaleza que muchos viajaban a Miami para gastar sin límites—, pero aún quedaba algo de aquella bonanza.
Había quedado atrás el Viernes Negro y la crisis subsiguiente, pero durante los 90 todavía se sentía un cierto respiro hacia una vida más estable. Eso es algo que permanezco recordando.
Era un país con menos inseguridad, donde se podía transitar de noche sin temor, algo que cambiaría radicalmente en los años siguientes.
Y una Guaira aún no golpeada por la tragedia de Vargas en 1999, cuando lluvias torrenciales originaron deslaves e inundaciones que dejaron miles de muertos. Hasta la fecha, el número exacto no se conoce, con estimaciones que llegan hasta los 50.000.
Tampoco se sabe con certeza cuántas personas quedaron sin hogar, aunque se habla de decenas de miles. Mi abuela fue una de esas afectadas.
Nunca regresamos a pasar Navidad en aquella casa con vista al mar Caribe, tan presente durante mi infancia.
La Guaira de mis memorias tampoco había sido golpeada por la crisis económica, política y social que ocurriría una década más tarde y que hoy deja profundas secuelas en el país.
Mientras muchos venezolanos comenzaban a recuperarse, esta nueva tragedia amenaza con ampliar esas heridas.

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Humor y solidaridad
Mientras cubría los terremotos, viví un encuentro inesperado. Caminando entre un campamento de damnificados, reconocí un rostro: la hija de una vecina de mi abuela, ahora madre de dos hijos.
Me comentó que me había visto unos minutos antes, pero le dio vergüenza acercarse. Vergüenza de que la viera allí, de que notara en qué había quedado su vida tras los sismos y años de crisis.
Habló con una ligereza que a muchos sorprendería, pero no a un venezolano. He constatado que incluso frente a tanta adversidad, muchos recurren al humor para hablar de lo más duro. Para no quebrarse, para seguir adelante.
Eso lo he confirmado en mis visitas recientes a La Guaira. Varios entrevistados —algunos con familiares aún entre los escombros— no dudaron en reírse de su imagen tras pasar días sin dormir.
Uno de los sitios que visité fue Playa Los Cocos, habitual destino de caraqueños cada fin de semana. Recuerdo sus restaurantes, hoteles, y fiestas.
Hoy no queda más que ruinas. Vigas al descubierto. Hormigón convertido en polvo. Y la emblemática playa está claramente vacía.

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La tragedia no ha borrado el temperamento de la gente. Más allá del dolor, la rabia y la pérdida, lo que más me ha impactado es cómo ha fortalecido una característica que muchos atribuyen a los venezolanos: la profunda solidaridad.
He conversado con personas llegadas desde otras regiones del país para remover escombros de edificios cuyos nombres ni siquiera conocen. No buscan a alguien en particular, solo desean colaborar.
Otros, imposibilitados de hacerlo físicamente, participan como pueden. Hay colectivos que madrugan en Caracas para preparar cientos de arepas y llevarlas a La Guaira. Otros distribuyen café, agua, ropa.
El Domo José María Vargas, que antes albergaba eventos deportivos, se ha transformado en un gran centro de acopio. Allí, cientos que lo han perdido todo duermen en carpas o sobre colchonetas. Muchos repiten un pensamiento: lo importante es que estamos vivos.
Allí mismo se observa otra forma de solidaridad: mujeres que intentan consolar a los niños afectados, muchos de los cuales han perdido a sus padres. Con juegos y palabras procuran arrancarles una sonrisa. A veces lo logran.
«¿Por qué nos pasa esto si somos un pueblo bueno?»
Tenía nueve años cuando ocurrió la tragedia de Vargas en 1999, y la viví muy de cerca. Mi familia colaboró por días en la ayuda a damnificados. Recuerdo a mi madre bajar cada día con rostro tenso y agotado, llevando comida a numerosos afectados, amigos y familiares. A esa edad, yo me quedaba en casa siguiendo las noticias por televisión.
Pero esta vez hay algo distinto. Esta tragedia sucede mientras Venezuela intentaba recuperarse de una profunda crisis que ha obligado a millones a emigrar y ha deteriorado la vida de quienes permanecieron. Por eso, el golpe se siente más intenso.
Llegué un día y medio tras los terremotos y rápidamente me mantuve muy ocupado, intentando sostenerme. Sin embargo, cada jornada pesa más.
En la séptima mañana luego del sismo escuché en la radio a una periodista local romper a llorar en vivo. «¿Por qué nos pasa esto si somos un pueblo bueno y trabajador?», preguntaba mientras luchaba sin éxito por contener las lágrimas. Contaba que era una mujer joven que llevaba años tratando de salir adelante, pero siente que es una tragedia tras otra.
Ese instante me desarmó.

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El olor a muerte
Visité Los Silos, una estructura emblemática de 36 metros que domina el horizonte del centro histórico de La Guaira y que fue intervenida por el artista cinético Carlos Cruz-Diez. Debido al elevado número de fallecidos, fue habilitada como morgue improvisada.
Al ingresar, el olor a muerte se siente en todo el ambiente.
Decenas de personas buscan a sus familiares. Los cuerpos reposan al aire libre, cubiertos con bolsas plásticas, descomponiéndose rápidamente bajo el sol. Alguien afuera comentó que parecía una escena de película de terror.
Los familiares trataban de identificar a las víctimas, aunque muchas ya eran irreconocibles.
No solo el olor ha cambiado; también los sonidos de La Guaira.
Antes se escuchaban las olas del mar, a veces acompañadas de conversaciones y, en ocasiones, con salsa o reguetón que provenía de restaurantes, bares y vehículos que transportaban vacacionistas y residentes a lo largo de la costa.
Ahora predominan los ruidos de maquinaria, los gritos de quienes buscan a sus seres queridos y, en ciertos momentos, el silencio, que sirve como herramienta: los rescatistas se detienen para escuchar señales de vida bajo los escombros.
Pero en otras ocasiones, ese silencio es puro shock.
He recorrido hospitales donde familias buscan desesperadamente a sus afectados.
También hablé con sobrevivientes atrapados por horas, que ahora viven con miedo. Se han registrado cientos de réplicas.
Yo mismo experimenté una. La mañana del 29 de junio, un temblor me despertó a las 7:00 a.m. Pasé horas en alerta, dudando incluso de mis sensaciones y de si había sentido otro movimiento.
Muchos amigos que vivieron el sismo del 24 de junio aún sienten que el mundo se mueve bajo sus camas.
Una mujer de 35 años me contó que salió corriendo con sus dos hijas cuando comenzó el terremoto ese miércoles. Su edificio se fracturó, pero no colapsó. Fue uno de los pocos en la zona de Caraballeda, en La Guaira, que resistió.
Me dijo que trata de mantenerse fuerte por sus hijas, igual que su madre lo hizo por ella durante la tragedia de 1999, cuando tenía apenas 9 años.
La Guaira, que siempre fue un refugio para los caraqueños, hoy está marcada por la angustia.
«Nos levantaremos, como lo hicimos después de la tragedia de Vargas», me dijeron.
Tenía 9 años en ese entonces.
Hoy, frente a este nivel de destrucción, me cuestiono cuánto tiempo llevará recuperarse esta vez. Y qué sucederá con las miles de personas que han perdido su hogar, en un país donde crisis y tragedias se suceden sin pausa.
Nunca antes había presenciado a mi país sufrir de esta manera.

