Irene Montero y Gabriel Rufián: posiciones opuestas entre inmigración y seguridad en la izquierda

Gabriel Rufián e Irene Montero, juntos en el Bar Manolo, vecino al Congreso.

Irene Montero y Gabriel Rufián analizan la posibilidad de formar una alianza política en la izquierda, a pesar de sus discrepancias ideológicas.

Ambos dirigentes comparten enemigos comunes y muestran simpatía mutua, aunque mantienen posturas diferentes en asuntos como inmigración y seguridad.

Montero defiende una política migratoria más abierta, mientras que Rufián apuesta por un mayor control y medidas de seguridad en este ámbito.

Las diferencias también se reflejan en cuestiones relacionadas con el independentismo catalán, la regulación del burka y la transferencia de competencias a Cataluña.

La izquierda busca una «nueva pareja» de baile, Gabriel Rufián e Irene Montero han hecho conexión. Ambos anhelan «relación, pero habrá que ver». Es un intento por unificar el «espacio» de la izquierda al margen del PSOE, donde coexisten varios planetas y constelaciones.

El nacionalista catalán regresa al ruedo después de un intento fallido, hace un mes, con Emilio Delgado, que no contó con la aprobación de los aliados del diputado autonómico de Más Madrid. Por ello, no continuaron su vínculo.

Irene Montero busca un nuevo socio político tras haber formado equipo con Pablo Iglesias. Él la posicionó en primera línea en 2018, durante un debate de censura contra Mariano Rajoy, cuando ejercía como portavoz.

Del reconocimiento de Iglesias pasamos al interés de Rufián, quien la define como «una fuerza de la naturaleza» y «una de las políticas más talentosas». Montero responde con igual entusiasmo. No oculta que «formar equipo» con el portavoz de ERC le parece «una buena idea».

Mientras Iglesias proyectaba una imagen intelectual de profesor universitario, el de Santa Coloma prefiere el perfil de chico de barrio, diplomado en Relaciones Laborales, que trabajaba en una empresa de trabajo temporal antes de dedicarse a la política.

Uno se identifica con una izquierda revolucionaria clásica, inspirada en el espíritu de Ché Guevara y ahora embarcado en una flotilla rumbo a Cuba, mientras que el otro es más urbanita, y su mayor aventura fue introducir una impresora en el hemiciclo.

Uno sigue con camisetas reivindicativas, y el otro se ha sofisticado con americana y jerséis de cuello alto.

Si Iglesias era «el macho alfa«, Rufián actúa como el showman de la bancada: un liderazgo que depende menos de la autoridad interna —donde muchos compañeros apenas le dirigen la palabra— y más de convertir cada intervención en viral.

Un rasgo común a Montero y Rufián es su actividad intensa en las redes sociales. En X (ex Twitter), el catalán solo tiene un rival: Óscar Puente.

No obstante, lo que más los une son sus mismos adversarios. Pocas cosas crean lazos más fuertes que el dicho «el enemigo de mi enemigo es mi amigo».

«No es igual Irene Montero o Ione Belarra que Yolanda Díaz«, ha señalado Rufián.

El representante de Esquerra Republicana no ha ocultado sus «diferencias importantes» con la actual vicepresidenta segunda, y reconoce que sus vínculos «resultaron dañados» durante la negociación de la reforma laboral.

Montero fue más directa. Llegó a calificar a Yolanda Díaz como «un error político». Jamás le perdonó que marginara a Podemos tras la designación de Iglesias al frente de la Vicepresidencia segunda del Gobierno. Desde entonces, su espacio político se fue desvaneciendo.

En un libro, Montero detalló que el trato que recibió de Yolanda Díaz al debatirse si enmendar la ley del sólo sí es sí, que conllevó rebajas de penas a cientos de violadores, fue «angustiante» y «despreciable». Incluso llegó a exigir su dimisión «a gritos».

Lo que los separa

Existen intereses comunes, pero ciertos temas conviene evitarlos en el primer encuentro.

El primero de ellos es la inmigración. Montero espera que se confirme la «teoría del reemplazo» para «eliminar a los fachas y racistas de este país con la llegada de gente migrante».

Por su parte, Rufián propone abordar «los derechos y también las responsabilidades». Ha lamentado que la izquierda «no cuenta con un discurso sobre temas incómodos» como «orden y seguridad» y considera que «los flujos migratorios» representan un desafío.

Estas afirmaciones no agradaron a Pablo Iglesias, quien reaccionó: «Cada concesión a los nazis los acerca más al gobierno«.

El catalán también manifiesta preocupación por la multirreincidencia. «El problema está ahí», afirma, mientras que en Podemos opinan que aumentar las penas equivale a «adoptar el discurso de la extrema derecha».

Tampoco hay consenso en torno al traspaso de competencias migratorias a Cataluña. En Podemos se opusieron considerando «racista» el preámbulo y temiendo el uso que Junts podría hacer de esta norma.

Finalmente votaron en contra, lo que irritó a Rufián: «Se equivocan al suponer que estas competencias son para Junts… Ayer bloquearon competencias para una nación, no para un partido».

Tampoco es conveniente que saquen a relucir el tema del burka. Ambos están en desacuerdo, pero difieren en su enfoque.

Rufián lo califica como «una barbaridad, una salvajada» y aboga por su prohibición. Montero, por su parte, sostiene que vetarlo estigmatizaría a las mujeres musulmanas, y que las medidas punitivas son «una trampa del PP y Vox».

Finalmente, la cuestión nacional. Rufián declara abiertamente que sigue siendo independentista. Montero apoya el referéndum, pero asegura estar «radicalmente en contra de la independencia».

Existe química, hay conexión; la incógnita es si habrá un tercer o cuarto encuentro.

El otro inconveniente es que Montero es monógama, pero a Rufián le agrada el «poliamor»: pretende vincularse con Bildu, BNG, IU, Más Madrid, Movimiento Sumar.

Como marineros experimentados: una pareja en cada puerto o, más bien, en cada circunscripción. Para Montero son demasiadas relaciones.

Habrá que esperar si Montero acepta que al baile se sumen los errejonistas de Más Madrid, los integrantes de IU y los restos del yolandismo en Movimiento Sumar, como anhela Rufián.

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