La trayectoria de Julia Paredes, enfermera que llevó vacunas a zonas rurales de México por tres décadas

Julia Paredes

Fuente de la imagen, Julia Paredes

    • Autor, Darío Brooks
    • Título del autor, BBC News Mundo
  • 1 hora
  • Tiempo de lectura: 9 min

Julia Paredes tiene un recuerdo claro de ese instante, cuando contaba apenas 16 años y sus padres le indicaron que ayudara a un médico en prácticas debido a que no podían costear su educación secundaria.

En Batopilas, una comunidad de cerca de mil habitantes ubicada en la remota Sierra Tarahumara del estado de Chihuahua, al norte de México, las posibilidades para las mujeres al concluir la escuela a fines de los años 80 eran muy limitadas.

Pasados casi treinta años, Paredes evoca con emoción el comienzo de su carrera en enfermería, que la llevó a recorrer comunidades indígenas y mestizas de la sierra, donde proporcionó vacunas y atención médica a quienes más lo necesitaban.

"Cuando llegué, el médico mostró mucha alegría porque había bastante trabajo. Me dijo que me enseñaría, ya que íbamos a salir a vacunar en las comunidades casa por casa: una semana para vacunar niños y otra para vacunar perros. Además, yo también participaría en la consulta", relata la enfermera de 52 años a BBC Mundo.

La tarea no era sencilla: la Sierra Tarahumara es una de las zonas más abruptas de México, con cañones que alcanzan hasta 1.800 metros de profundidad, climas extremos y escasas vías de comunicación terrestre.

En esta región habitan los rarámuris, un pueblo originario seminómada que se desplaza según la estación entre las áreas altas y bajas. Por ello, calcular la población y asegurar la cobertura sanitaria siempre ha representado un reto, mucho más hace tres décadas.

"Estimo que en aquel tiempo la cobertura de vacunación era alrededor del 5%, porque el programa nacional se inició en 1986. No existían registros precisos sobre la población. Los rarámuris no se inscriben en registros civiles, por lo que la población era desconocida", comenta.

Como una joven que estaba dejando atrás la adolescencia, Paredes inició una trayectoria que se transformaría en la misión de su vida, reconocida tanto por autoridades locales como por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) debido a su labor destacada, que ahora finaliza con su jubilación.

Julia Paredes en un puente colgante en la Sierra Tarahumara

Fuente de la imagen, Julia Paredes

"Fue mi primer encuentro con la muerte"

"Salíamos rumbo a Loreto a las 4 de la madrugada, a caballo, con un arriero, el médico y yo", rememora Paredes sobre sus primeras campañas de vacunación a comienzos de los años 90.

"Partimos con unas 20 dosis para sarampión, viruela y paperas. Mantener la cadena de frío es esencial en la vacunación, pero hacíamos frente a 40° C. Llevábamos un cubo y un termo para conservar las vacunas, y el trayecto duraba 12 horas", añade recordando aquel reto.

Enfermedades como el sarampión, que afectó duramente a muchas regiones de México, convertían a la comunidad tarahumara de Loreto en una escena casi cinematográfica.

"Las madres con pañuelos negros en la cabeza, las ancianas llorando por sus hijos y los niños enfermos. La situación era sombría, en cada hogar había llanto. En el cementerio hacían fosas para enterrar a los fallecidos", describe.

Durante ese brote, quienes fallecían mayormente eran los adultos, hecho que dejó una profunda impresión en ella.

"Fue mi primer contacto con la muerte. Tenía solo 16 años y fue desgarrador; en un contexto de extrema pobreza y escasez de alimento, solo podían cubrir los cuerpos con una manta para enterrarlos. Llegué a presenciar cómo sepultaban a 11 rarámuris juntos. Eso me marcó profundamente", reflexiona.

"No sé si eso me endureció o me volvió demasiado sensible. Sentía rabia contra mí misma y contra la vida por estar en esa situación. Pero me volvió resiliente y fortaleció mi creencia en que las vacunas salvan vidas; pues volví a esa comunidad y noté que los casos habían disminuido", comenta.

Julia Paredes aplica una vacuna a un niño en la Sierra Tarahumara

Fuente de la imagen, Julia Paredes

Convivencia y respeto en las comunidades

Los rarámuris, denominados también tarahumaras, constituyen un pueblo indígena que destaca por su particular modo de vida y su resistencia para recorrer largas distancias. Su nombre se traduce comúnmente como "los que corren rápido" o "los de pies ligeros".

Al estar acostumbrados a la sabiduría ancestral, incluyendo la práctica de la autocuración con elementos naturales de su entorno, surge desconfianza cuando los "chabochi", o sea, los extranjeros, llegan con utensilios como las vacunas.

"Había personas que creían, porque tenían esperanza. Y la esperanza se manifiesta de diversas formas, una de ellas siendo la vacunación. Algunos confiaron en las vacunas y aceptaron vacunarse", relata Paredes.

"Pero la mayoría no confiaba en las vacunas. Preferían sus bebidas y ungüentos tradicionales. Sin embargo, con el tiempo, quienes no creían empezaron a solicitarnos las vacunas. Observaron que la gente dejó de enfermar".

Para lograr su aceptación fue necesario cultivar dos elementos esenciales: el respeto y la convivencia.

"Introducirte entre la fortaleza y la sensibilidad del pueblo, tocar su esencia y llegar a sus corazones es algo complicado. Y yo solo tenía 16 años, sin mucha experiencia.

"Muchos del personal sanitario entran a la Sierra Tarahumara, permanecen uno o dos años y luego se van, con experiencias buenas o malas. Para residir y trabajar en la sierra, entre los tarahumaras y mestizos en esas comunidades remotas, primero hay que amarlos y respetarlos", subraya Paredes.

"Respetar sus creencias, su idiosincrasia y su cosmovisión. Solo después viene la vocación".

Julia Paredes con una mujer rarámuri

Fuente de la imagen, Julia Paredes

La recuperación de Juan

La joven enfermera recibió capacitación y pronto asumió la responsabilidad del programa sanitario, puesto que los médicos enviados a Batopilas por las autoridades trabajaban allí aproximadamente 20 días al mes, dejando los otros 10 días a Paredes para atender consultas o realizar vacunaciones.

Su padre les había comprado un caballo llamado "Pajarito" a ella y a su hermano, animal que la enfermera utilizaba para desplazarse por la sierra por su cuenta.

"Atendí a un paciente, Juan, quien había sido mordido en el rostro por un zorrillo en un lugar llamado La Sombra. La mordedura estaba cerca del cerebro. La rabia, si llega al cerebro, es casi mortal. Él tenía tres días desde la mordedura", relata Paredes.

El hombre mayor estaba delicado, con fiebre alta, lo que hacía temer por su vida.

"Encontré una casa donde pudo permanecer aislado y pensaba: ‘Solo Dios y Louis Pasteur —el científico francés cuyo trabajo permitió la creación de las vacunas— pueden salvarlo. Yo ya no puedo hacer más’", recuerda.

El tratamiento contra la posible infección derivada de la mordedura funcionó; al día siguiente Juan había perdido la fiebre y sus secreciones habían disminuido. Además, recuperó el apetito: "Cuando fui a verlo, se había trasladado a una casa porque tenía hambre".

"Juan me dejó sin palabras", comenta Paredes con emoción.

"Y no solo fue él. Apliqué muchos antídotos a niños por picaduras de alacrán o araña. A veces tenía que deducir qué animal o insecto había sido responsable según los síntomas y consultar un manual para aplicar el antídoto adecuado".

La joven enfermera también atendía heridas de diversa gravedad en Batopilas, y asistía a partos en esa y otras comunidades accesibles solo por caminos rústicos.

"Fueron experiencias muy intensas, pero lo mejor que me pasó en la vida", afirma. "Donde pudiera ir a caballo, ahí iba. Así durante ocho años".

Paredes fue madrina de muchos niños bautizados durante sus años en la sierra.

Julia Paredes con mujeres y niños rarámuris

Fuente de la imagen, Julia Paredes

Abrir nuevos caminos

A finales de los años 90, Paredes se estableció como guía para abrir rutas dirigidas a la implementación de programas de salud en diversas zonas de Chihuahua, el estado más extenso de México, cuyo tamaño se asemeja al del Reino Unido.

Como rostro conocido en muchas comunidades de la Sierra Tarahumara, le correspondió presentar a otros profesionales de la salud enviados desde la capital del estado o de otras ciudades para vacunar a habitantes o aplicar otros planes sanitarios.

"Les explicaba que ya no tendrían que desplazarse a buscar las vacunas, pues llegarían directamente a sus localidades. Fui pionera en este movimiento sanitario", detalla.

No obstante, el paso del tiempo en la Sierra Tarahumara afectó su salud física. En la década de 2000, la enfermera se sentía "muy agotada físicamente" y decidió mudarse a la ciudad de Chihuahua para continuar su trabajo en vigilancia epidemiológica.

Con su experiencia en terreno, colaboró durante veinte años en el programa estatal de supervisión de vacunación.

Sin embargo, el avance en la cobertura vacunal retrocedió con la llegada de la pandemia, cuando parte de la población de Chihuahua empezó a mostrar desconfianza hacia las vacunas y los supuestos efectos adversos que se les atribuían sin fundamento.

Julia Paredes montada a caballo en la Sierra Tarahumara

Fuente de la imagen, Julia Paredes

Con pesar, señala que la pandemia desencadenó una "psicosis" que ha exigido un renovado esfuerzo para informar a la población sobre la pertinencia de las vacunas más allá de la covid-19, incluyendo la protección contra el sarampión, que en meses recientes volvió a afectar Chihuahua y otros estados mexicanos.

"También observo que los padres jóvenes confían en ‘su verdad’ encontrada en un celular, en Wikipedia. Pero recordemos que esa información carece de respaldo científico", advierte Paredes.

"Una madre me respondió, cuando le insistí que vacunara a su hijo: ‘Aquí dice que la vacuna contra el sarampión puede dejar ciego a mi hijo’… Los jóvenes llevan su verdad en un teléfono móvil", lamenta.

Después de tres décadas de dedicación, Paredes comenzó su proceso de jubilación.

Rememorar esas experiencias, sobre todo las largas jornadas en las comunidades de la Sierra Tarahumara, la hace suspirar por haberse empeñado en brindar atención sanitaria a quienes más lo requerían.

"Lo más gratificante fue constatar que se salvaron muchas vidas. Llegar a esos lugares, conocidos como gentiles porque nunca antes había llegado personal de salud. Lograr trabajar con ellos, no solo acercarse, sino impactar su mente, corazón y alma. Es algo muy valioso que acepten y confíen en lo que uno hace", asegura.

"Me llena de orgullo".

Julia Paredes mira al horizonte en la Sierra Tarahumara

Fuente de la imagen, Julia Paredes

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