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- Autor, Krupa Padhy
- Título del autor, BBC News
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Hubo un momento en que mi Diccionario Collins de francés era una pieza central en mi biblioteca de estudiante. Se trataba de una edición de finales de los años 80 con casi 1.000 páginas, que me había legado mis hermanos. Llevé este volumen conmigo a París a principios de los 2000. Ocupaba casi la mitad de mi maleta, pero no me importaba.
Fue un día triste cuando, una década después, al vivir en una casa de apenas una habitación con dos bebés, decidí regalarlo.
Había estado acumulando polvo desde que terminé la universidad, pero también era testigo de aquella etapa en que me comprometí seriamente a aprender un nuevo idioma.
El multilingüismo ha sido siempre parte de mi identidad. Nací en un hogar donde se hablaba gujarati, idioma originario de una región de la India, ya que mis padres, provenientes de India, emigraron desde Tanzania al Reino Unido en los años 70.
De hecho, mis habilidades de hablar y escribir ese idioma se fortalecieron en el templo local cada sábado de mi infancia. En 1995, Zee TV llegó al Reino Unido como canal por cable y me enganché con las series en hindi que emitían con subtítulos en inglés.
Estudié francés en la escuela antes de pasar un año en París. Finalmente, también seguí clases de español. Para dominar estos idiomas, invertí tiempo y voluntad.

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Por eso me genera dudas ver anuncios en Instagram que aseguran que se puede aprender un idioma en 30 días con menos de 30 minutos diarios.
Los beneficios duraderos de aprender un idioma para la salud cerebral están bien documentados, por lo que considero que no fue tiempo perdido.
Sin embargo, la pregunta que me surge ante estas promesas es si el método tradicional de años estudiando gramática, conjugaciones y vocabulario ha quedado obsoleto.
Además de las promesas de lograr fluidez en corto plazo, una serie de métodos y tecnologías innovadoras ha transformado cómo se elige aprender idiomas en una época donde el tiempo escasea.
Uno de ellos es el microaprendizaje, que segmenta la información nueva en pequeñas porciones para facilitar su rápida absorción, a veces en sólo segundos.
Este enfoque se basa en el principio de la curva del olvido, que indica que cuando se recibe demasiada información, a largo plazo se retiene menos.

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También existen tecnologías que van desde chatbots que corrigen al instante hasta programas de realidad virtual que simulan intercambios con hablantes nativos virtuales.
No obstante, algunos expertos sostienen que la promesa de alcanzar fluidez rápidamente omite aspectos importantes del aprendizaje, como la comprensión cultural y los matices propios de cada idioma.
Inmersión en el lenguaje
Ante toda esta variedad, ¿cuál es la manera científicamente avalada para aprender un idioma?
Para responderlo, contacté a dos investigadores del laboratorio de aprendizaje de la Universidad de Lancaster: los profesores Patrick Rebuschat, especialista en lingüística y ciencia cognitiva, y Padraic Monaghan, experto en cognición del departamento de psicología.
Me permitieron participar en un experimento diseñado para simular cómo se aprende un idioma en la vida real y para entender cómo el cerebro procesa y da significado a palabras y sonidos nuevos.
La tarea se enfocaba en reproducir la situación de encontrarse un día en un país desconocido con un idioma ajeno, confiando únicamente en la capacidad innata de procesar sonidos extraños para asignarles sentido.
Después de dos décadas sin estudiar un idioma nuevo, me aventuré con mandarín y portugués.
Durante seis días, dediqué 30 minutos diarios a prácticas y evaluaciones. No hice preguntas y esperé al cierre del experimento para compartir mis impresiones.
Monaghan me comentó que esta clase de estudios experimentales se usa para analizar cómo las personas empiezan a comprender un idioma nuevo.
A propósito, no se me explicó con anticipación el propósito del ejercicio. Pero luego me dijeron que la idea era activar mi capacidad cerebral de aprendizaje estadístico transituacional (CSL, por sus siglas en inglés). Esto es la habilidad natural e instintiva de usar estadísticas para ir entendiendo poco a poco los significados y estructuras gramaticales básicas.
En esencia, es la facultad cerebral para identificar patrones en el lenguaje (por ejemplo, reconociendo que una palabra tiene más sentido que otra), basándose en la frecuencia de uso.

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“Las personas pueden aprender rápidamente, simplemente siguiendo los patrones estadísticos del entorno”, explica Rebuschat.
Añade: “Estas tareas están diseñadas para reproducir el aprendizaje en contextos de inmersión, donde la información es a menudo ambigua y raramente se obtiene respuesta instantánea.”
Antes de iniciar, supuse que mi conocimiento básico de francés y español me ayudaría a entender naturalmente el portugués, pero que el mandarín sería más complicado.
También anticipé que, como en otros idiomas, la primera lección abarcaría conceptos elementales. Pero no fue así.
“Si estuvieras en Portugal, Brasil o cualquier país de habla portuguesa, el idioma que escucharías no se organizaría siguiendo una enseñanza tradicional, empezando con saludos”, señala Rebuschat.
“En cambio, oirías un amplio rango de expresiones según el contexto: personas haciendo pedidos en un restaurante, conversaciones casuales, comentarios de fútbol de fondo.”
Por eso, mi tarea en portugués consistía en decidir si la palabra o frase que escuchaba correspondía a una de dos escenas, ambas protagonizadas por animales animados.
Este ejercicio se repitió por casi tres días, ejemplificando el aprendizaje estadístico en práctica, explica Rebuschat.
“Es una habilidad básica que los humanos emplean desde la infancia, incluso antes de hablar. Detectamos patrones en el entorno — sonidos, imágenes, eventos — y así aprendemos.”
Mi conocimiento previo en idiomas me ayudó bastante. Por ejemplo, en hindi, ‘saap’ significa serpiente; al escuchar ‘sapo’ y ver la imagen de una rana, logré hacer la asociación.
Poco después, comprendí que cada sustantivo, ya fuera singular o plural, describía una de cuatro acciones físicas, como empujar o jalar. La gramática era más compleja, pero conocida por mi experiencia en francés.
Al tercer día de portugués, mis resultados superaban el 90%-100% de aciertos, mejores que los de un estudiante de inglés en aprendizaje (quizá gracias a mi bagaje lingüístico).
Mi cerebro interpretaba los significados en función de la frecuencia con que ciertos sustantivos y verbos aparecían en pantalla.
Resultados inesperados
La experiencia con el mandarín fue distinta.
Cada palabra se asociaba a un objeto específico. Al utilizar pseudopalabras, técnicamente palabras sin significado previo, los investigadores podían evaluar el progreso equitativamente, ya que los estudiantes carecían de conocimiento previo.
A veces, la repetición de tonos me saturaba y debo admitir que las asociaciones no siempre eran científicas. Por ejemplo, ‘lu-fah’ me sonaba similar a ‘loofah’ (estropajo en inglés), por lo que la relacioné con un objeto de púas suaves.

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Estudiantes nativos de mandarín en la Universidad de Lancaster evaluaron mi desempeño. Al final de la primera sesión para unir pseudopalabras con imágenes, tuve un 75% de precisión. En sesiones posteriores, subí al 80%.
En otro ejercicio que consistía en repetir o pronunciar en voz alta, el desempeño fue menor, oscilando entre 35% y 55% en tres días.
Sin embargo, ambos expertos coincidieron en que tenía bases para continuar aprendiendo el idioma, incluyendo buen oído y una capacidad para detectar diferencias sutiles en pronunciación, entonación y ritmo.
Mi experiencia previa con otros idiomas también contribuyó a identificar patrones y elementos recurrentes.
“Un tercer factor, probablemente tan relevante como la experiencia previa, es la capacidad de memoria,” me señaló Rebuschat.
“A diferencia del estudio de mandarín que implicaba pseudopalabras aisladas, la prueba de portugués en el CSL requería procesar y retener oraciones completas en la mente (determinantes, sustantivos, verbos, números) mientras se comparaban dos escenas animadas. Esto implica un alto nivel de carga en la memoria a corto plazo, secuenciación y recuperación,” añadió.
Frente a mi buen desempeño, ¿estaría en camino de adquirir al menos uno de estos idiomas a un nivel aceptable en pocos días?
“La fluidez real requiere exposición constante, interacción, retroalimentación y uso social extendido durante meses o años,” matiza Rebuschat.
También recomienda el Centro de Idiomas Extranjeros del Instituto de Idiomas de Defensa de EE.UU., que proporciona una de las formaciones lingüísticas más intensivas.
Desde persa hasta japonés, incluso con jornadas de estudio de hasta siete horas diarias más tareas, hacen falta aproximadamente 64 semanas para alcanzar un nivel profesional básico.

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Para avanzar en el aprendizaje, los especialistas también defienden la enseñanza tradicional impartida por maestros, que en muchas escuelas y universidades está siendo desplazada.
Rebuschat no considera a las nuevas tecnologías una amenaza para los docentes, sino un complemento, ya que facilitan prácticas, retroalimentación adicional y mayor acceso para los estudiantes.
Monaghan destaca que aprender a hablar es una cosa, pero entender la respuesta del interlocutor es otra muy distinta.
“Un rasgo interesante del lenguaje es que el 70% del vocabulario activo de un idioma está compuesto por apenas unos cientos de palabras,” afirma Monaghan.
Y añade: “Lo que no se aprende fácilmente es comprender la respuesta del otro, porque ocasionalmente usarán palabras menos comunes.”
¿Cómo, si no, podría saber que cuando mis mayores dicen “maru loi na pee” (“no bebas mi sangre”) en gujarati, en realidad me están pidiendo que no los fastidie?
O entender la expresión coloquial “ça a été” en francés, que literalmente significa “ha sido”, pero que en conversación es una forma muy común de decir que algo estuvo bien.
Monaghan resalta que esas sutilezas cuestionan algunas de las grandes promesas de las nuevas tecnologías en el aprendizaje idiomático.
“No reemplazan el estudio profundo para alcanzar un nivel avanzado,” afirma.
“Saber hablar inglés y leer libros en inglés no implica que se complete el estudio de la literatura inglesa a nivel universitario,” añade.
Sus palabras resultan reconfortantes para esta lingüista nostálgica.
Aunque el diccionario ya no esté conmigo, los ejemplares amarillentos de obras de Jean-Paul Sartre, Frantz Fanon y Aimé Césaire todavía tienen un lugar seguro en mi estantería, por ahora.

