Carlos Garaikoetxea valora el reconocimiento del pueblo vasco dentro de una confederación en su última intervención pública

Última visita a casa de Carlos Garaikoetxea, primer lehendakari de la actual etapa constitucional. Las claves

Carlos Garaikoetxea fue el primer lehendakari durante la Democracia y un punto de referencia del nacionalismo vasco moderado y pacífico.

Se distinguió por su oposición total a ETA, su impulso del uso y protección del euskera y la promoción de las ikastolas.

A lo largo de su trayectoria política, defendió la autodeterminación y la continuidad de la cultura vasca, aunque lamentó no lograr una izquierda abertzale completamente comprometida con la paz.

Garaikoetxea declaró como su último deseo el reconocimiento del pueblo vasco y de su cultura dentro de una confederación.

Para Sagrario Mina, la primera dama más bella, serena y elegante desde la Transición hasta hoy

Mucho debía de apreciar Carlos Garaikoetxea a Manuel Irujo. Porque aquel ministro republicano, custodio del espíritu del nacionalismo vasco en el exilio, le enviaba las cartas dentro de los calcetines de un activista muy grande que podía llamarse Koldo. Mucho debía estimarlo porque Garaikoetxea, al recibir las cartas, ¡las abría!

Irujo le hablaba a Garaikoetxea de forma muy poética y así lo persuadió, casi como si fuera hipnotismo. «Tú deberías ser el gran arquitecto». Entonces, Carlos dejó su empleo privado y se lanzó a la política para llegar a ser el primer lehendakari de la Democracia.

Esas cartas no estaban en casa la última tarde que le visité a Garaikoetxea. O, si estaban, serían arriba en el granero. O en el cobertizo del jardín. Porque el ambiente olía de maravilla. Lo que sí permanecía en algún lugar era la imagen de Irujo. Había un retrato de Carlos con una paloma y una ikurriña de fondo.

Era toda la cadena: las cartas de Irujo que lo persuadieron y, luego, el regreso a Euskadi de Leizaola –lehendakari en el exilio hasta 1978– para entregarle las llaves de la institución en Guernica.

Entrar en la casa de Carlos y Sagrario era como sumergirse en la mitología vasca usando gafas de realidad virtual. Se podía viajar, a través del túnel del tiempo, desde el tardofranquismo hasta hoy.

Sentados en el sillón, con su libro de memorias abierto sobre una mesa, junto a unos frutos secos y algo para beber, nos pusimos a practicar el arte de las confidencias y la provocación.

Porque fui allí –él lo sabía– con la gran curiosidad que surge en quienes no forman parte del mundo nacionalista sobre cómo un pacifista convencido como Garaikoetxea puede coincidir en una coalición electoral con Arnaldo Otegi. Cómo es posible que el primer lehendakari, un hombre que siempre enfrentó a ETA, terminara formando parte de EH Bildu.

Ese día estaba cerca el acto vandálico contra la tumba de Buesa y a Carlos –con esa expresión me lo comunicaba– le enfurecía. En algún ayuntamiento, Bildu no había condenado lo ocurrido y a Carlos le subía la ira.

Pero vayamos al principio.

Carlos Garaikoetxea nació, como muchos nacionalistas vascos, en una familia numerosa de tradición carlista. Esto no es mérito ni demérito. En la Pamplona de 1938, estadísticamente, casi todos eran requetés. Y los de Renovación Española –monárquicos–, que llevaban boina verde, eran llamados con desprecio «requetés inmaduros».

Su relación con el euskera fue una afición tardía y prohibida. Comenzó a aprenderlo cuando muchos que lo dominaban ya lo olvidaban. Un padre escolapio le propinó una fuerte bofetada cuando lo sorprendió con una gramática básica. Carlos se señalaba el moflete como Baroja se señalaba el cuello: un cura le dio un golpe similar cuatro calles más arriba. Los curas navarros son toda una historia.

El escolapio era de Ágreda. Es un milagro que Garaikoetxea alcanzara los 87 años.

Carlos Garaikoetxea nunca tuvo intención de ser político. Hasta que llegaron las cartas fragantes de don Manuel, las cartas tipo gruyere.

Presidió la Cámara de Comercio de Navarra, fue gerente en embutidos Mina –¡qué olor tan bueno!– y desempeñó muchas otras funciones.

Participó activamente en la creación de las ikastolas y en la defensa del euskera, que consideraba clave para la cohesión comunitaria.

Por su gran humanidad y la firmeza de sus convicciones democráticas, nunca tuvo relación con ETA. Ni bajo Franco ni sin él.

Recordaba, me contó, cómo un día en Biarritz, don Manuel Irujo, al ver a un grupo de militantes de ETA, se les acercó, los tomó del hombro y les gritó: «¡Dejad ya la violencia y comenzad a trabajar por vuestro país!».

Garaikoetxea estaba convencido de que la violencia de ETA y la complicidad de Herri Batasuna solo obstaculizaban la utopía del Estado vasco.

Uno de sus grandes desengaños fue con los socialistas navarros, con quienes tanto había manifestado por la autodeterminación.

Los socialistas navarros, me repetía Carlos, apoyaron mayoritariamente la autodeterminación vasca al inicio de la Transición. Después, Gabriel Urralburu dio un giro y pasaron a ser socialistas exclusivamente navarros.

«Bueno, Carlos, ahora estáis a punto de ser compañeros otra vez; estarás contento». Y él se reía, porque prefería la conversación en la discrepancia que la militancia.

Le pregunté por Juan Carlos I, de quien resaltó su amabilidad y lamentó sus segundas partes.

Comentó que Suárez, «encantador y afectuoso», sorprendía a vascos y navarros por su intensidad: «¡Era realmente cariñoso! Y aquí somos diferentes. Más bruscos, más directos. Suárez te abrazaba y no te soltaba por un tiempo».

Existía complicidad. Negociando el estatuto, en jornadas maratonianas de varios días.

Cuando Garaikoetxea dijo que tenía que volver a casa porque no tenía más ropa, Suárez le ofreció sus camisas. Un periodista polémico –actual director de este periódico– lo divulgó. Entonces, El Pensamiento Navarro, diario integrista deseoso de pintar a Suárez como traidor, tituló: «Suárez ofrece a Garaikoetxea su camisa, su avión y el reino de Navarra».

Se atribuye –falsamente– a Baroja la frase: «¿El Pensamiento Navarro? ¡Si son incompatibles!». Y a veces nos lo ganamos.

Por una camisa de Suárez, no sé si habría entregado toda Navarra, pero cuatro o cinco pueblos seguro que sí.

De Leopoldo Calvo-Sotelo, Carlos me relató los momentos difíciles que compartieron en los funerales de víctimas de ETA. Cuando llegaba, tachaban al presidente de traidor, laxo e incompetente. Y entonces el presidente se apoyaba en el brazo del lehendakari. «A él le llamaban cabrón y a mí inútil», me dijo Carlos.

De ambos presidentes de UCD habló bien. A González lo describió como «muy simpático», «algo zalamero», y contó una anécdota un poco turbia.

En una comida, González le comentó a Garaikoetxea que deberían organizar un almuerzo con Carlos Andrés Pérez, presidente de Venezuela, porque sabía cómo luchar contra el terrorismo. Carlos preguntó a un amigo venezolano por qué Pérez era un referente. Porque había practicado terrorismo de Estado. «Verde y con asas», comentó Carlos sobre la X del GAL.

Recientemente, Cebrián afirmó en una entrevista con El País, entre risas, que el GAL ya existía con Suárez y que González simplemente lo organizó mejor.

Carlos me hipnotizaba igual que Irujo lo hipnotizó a él. Ya me escapaban palabras en euskera, como las de mi tatarabuela Celestina.

El nacionalismo de Garaikoetxea era pragmático, cosmopolita –si no es una contradicción– y marcado por una profunda humanidad.

Era un poco confuso cuando Carlos decía «país» porque su país era uno y el mío otro. Nadie lograba aclararse.

En cambio, coincidíamos en las fronteras del parque de la Medialuna, al otro lado del jardín. Me sentía en una embajada diplomática, en un territorio neutral, porque era un lío el tema de los países y los Estados.

En octubre de 1978, me relató, llegó el momento decisivo. ETA no cesaba de matar y, como presidente del PNV, convocó una gran manifestación contra la violencia terrorista. Se sumaron varios partidos estatales. Fue valiente porque, entonces, muchos en el mundo nacionalista aún reverenciaban a ETA como venerados gudaris antifranquistas.

Garaikoetxea actuó. Jamás quiso beneficiarse de lo que un compañero suyo, ex cura y también dado a las bofetadas, denominó: «unos agitan el árbol y otros recogen las nueces».

La manifestación fue multitudinaria y supuso un problema para el PNV: «¿Sabes? Muchos militantes renunciaron a la afiliación. Años después regresaron diciendo que siempre habían estado por la paz».

En 1983, ya siendo lehendakari –fue del 1980 al 1985– lideró una mesa de diálogo con ETA para poner fin al terrorismo, pero un atentado la canceló.

«Después de tantos años tan difíciles, siempre estando donde debía… ¿Y ahora hay quien me llama cómplice y proterrorista? Me hierve la sangre, me enfurezco. Igual que cuando algunos en la izquierda abertzale no asumen, ni explican lo que ocurrió. Deben dar ese paso cuanto antes, es necesario para todos».

Llegábamos a un tema delicado. Mi mente repetía la misma pregunta: «Carlos, ¿cómo es posible que convivas en una coalición con Bildu? ¡No lo entiendo! No me entra en la cabeza». Y se la planteé. Carlos Garaikoetxea era un hombre con quien hablar sobre cuestiones difíciles era tan natural como hablar del clima.

Sin miedo, sin tensión, en un debate civilizado.

¿Cómo es posible que Eusko Alkartasuna, EA, el partido fundado por Garaikoetxea tras separarse del PNV después de su enfrentamiento con Arzalluz, terminara en Bildu?

¿Cómo es posible que alguien que eligió para la portada de sus memorias una foto abrazando a la viuda del asesinado Martín Barrios acabara en coalición con Bildu?

Miraba a Garaikoetxea, recordaba su figura, y luego veía a Otegi, que secuestró a punta de pistola y nunca pidió perdón; o a Mertxe Aizpurua, portavoz de la coalición en el Congreso, autora de editoriales que celebraban la violencia. No me cabía en la cabeza.

Carlos me explicó que coalición no es sinónimo de integración, que su presencia en esa izquierda abertzale buscaba alejar a ese espacio de la violencia política, intentando atraer a toda esa gente hacia un compromiso firme con la paz y los derechos humanos. Carlos era optimista.

Me comentó –igual que lo había contado en alguna entrevista– que Sortu, la antigua HB, Otegi, se apoderaron de la coalición y de las siglas mediante oscuras maniobras internas. Eso lo alejó de la esfera pública.

Es casi imposible hallar fotos de Otegi junto a Garaikoetxea.

Carlos –esta parte no la dijo expresamente– aspiraba a ser un Dionisio Ridruejo, alguien que lograra convertir definitivamente a la izquierda abertzale a la paz. Pero murió sin lograrlo. Su persuasión nunca se materializó del todo.

Nos encontramos una tarde al final del verano y, al otro lado del jardín, el susurro de los árboles sonaba como una profecía de la decepción que desgastaba al lehendakari.

Le pregunté sobre un futuro que no llegaría a ver. Me habló de un Aberri Eguna en Vilnius: «Cuando viajas, relativizas tus convicciones nacionalistas, pero luego regresas, ves que un idioma o un pueblo pueden desaparecer, y esas convicciones renacen».

–Entonces, ¿cuál es tu última reivindicación? ¿Un sueño alcanzable?

–Me conformo con la continuidad del pueblo vasco y su cultura, con todo el reconocimiento que merece, dentro de una confederación.

Carlos Garaikoetxea murió a los 87 años mirando hacia el parque de la Media Luna, un lugar al que muchos pamploneses desearían mirar al momento de partir. Con sus arcos de ladrillo cubiertos de musgo, el agua moviéndose en los estanques y el viento enredado en la barandilla verde que da a la ciudad.

Habría escuchado por última vez el sonido del salmonete temblando en la caña de pescar, sentido el rocío de una mañana en la Mesa de los Tres Reyes, respirado como en la moto rumbo a Larraina, imaginado las notas de un réquiem tocado por la Sinfónica de Euskadi, palpado los callos de sus manos de niño pelotari, acariciado la sonrisa de Sagrario, pensado en sus hijos y nietos; y finalmente, habría mirado por la ventana soñando con lo que siempre anheló: un país, ¡cualquiera sea!, en paz.

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