El divulgador científico enfoca en su último libro cómo vivimos el envejecimiento. Lejos de ofrecer promesas futuristas o recetas de autoayuda, propone modificar la percepción sobre la longevidad y desmontar creencias erróneas sobre el envejecimiento
Pere Estupinyà (Tortosa, 1974) es químico, bioquímico y divulgador científico. Trabajó en los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de Estados Unidos, ha ofrecido conferencias en toda España y América Latina y ha participado en numerosos proyectos de comunicación científica. Su carrera como divulgador comenzó en el programa Redes de Eduard Punset. Además, fue beneficiario de la prestigiosa beca Knight Science Journalism Fellow del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), que busca comunicar la ciencia con rigor y mejorar la conexión entre ciencia y sociedad.
Por esta razón, ha dedicado gran parte de su trabajo a esa tarea a través de la publicación de varios libros donde aborda distintos temas de forma accesible: desde el asombro científico general hasta la exploración detallada de la sexualidad. Su más reciente obra, ¿Qué quieres ser de mayor? (Debate, 2026), es un ensayo que aborda el cambio fundamental del paradigma actual: vivimos más años (y con mejor salud), de modo que la cuestión ya no es cuánto, sino cómo queremos vivir esta etapa.
PREGUNTA. En el libro plantea que la verdadera revolución no es solo vivir más, sino hacerlo de modo diferente. ¿Qué aspectos culturales sobre la longevidad considera que aún no se han asimilado?
RESPUESTA. Pienso que todavía falta confianza en la certeza de alcanzar esta longevidad garantizada. Habitualmente pensamos en negativo: que llegará un diagnóstico grave o un accidente. Aunque puede ocurrir, la mayoría disfrutará de esa etapa con una calidad de vida superior a la que se suele imaginar. Conviene actuar como si realmente la fuéramos a vivir.
En generaciones anteriores, como nuestros abuelos, no existía esa confianza. Pensaban: ‘Probablemente no llegaremos, y si lo hacemos, será en mal estado’. No tenían ese optimismo sobre la posibilidad de una longevidad prolongada.
P. Menciona que hoy en día muchas personas alcanzan los sesenta o setenta años con mejor salud, motivación, proyectos y curiosidad de lo que se esperaba. ¿Cuál es la imagen anticuada de la vejez que considera ya obsoleta?
R. La del abuelo pasivo que observa en lugar de participar. Retirarse y jubilarse se confunden a menudo, pero son conceptos diferentes. Retirarse implica apartarse y eso ya no es vigente. Las personas mayores no son una carga, poseen mucho que aportar.
P. Asegura que es más importante extender la salud que la vida. ¿Cree que la sociedad aún se fascina más por vivir mucho que por hacerlo bien?
R. Sí. Esto ocurre porque es más impactante y viral prometer una vida de 110 años. Las longevidades extremas atraen titulares, pero algunos explotan esto para vender. También nos atrae lo que alimenta la fantasía.
Considero que la esperanza reside en disfrutar durante muchos años, claro, pero con salud y bienestar. Esto favorece tanto al individuo como al sistema: si estás saludable, generas menos costos médicos.
El objetivo de la compresión de la morbilidad [concepto gerontológico que busca reducir la duración en la que una persona vive con enfermedades o dependencia al final de su vida] es aumentar los años vividos en salud, aunque el desenlace sea la muerte. Lo ideal es que la cuarta edad sea corta; no se trata de sobrevivir 15 años más a cualquier costo.
P. Comenta terapias que podrían frenar el envejecimiento biológico y otras promesas más radicales de rejuvenecimiento. ¿Dónde ubica hoy la línea entre ciencia fiable y fantasías disfrazadas de ciencia?
R. Creo que la frontera está en la rapidez con que esos avances se implementarán. Imponer límites a la ciencia es complicado, ya que algunas terapias podrían no solo retardar el envejecimiento, sino revertirlo parcialmente. Sin embargo, esto es más lejano de lo que muchos sugieren.
La fantasía radica en creer que estas terapias serán generalizadas en 10 o 15 años. Quizás en 60 o 70 años, no lo sé. Por ahora, está distante, hoy existen muchos riesgos. En cuanto a las terapias de rejuvenecimiento, hay muchos matices; en un extremo están las menos invasivas y más cercanas, y en el otro las biotecnológicas, que son intervenciones más delicadas y futuristas.
P. Una de las ideas centrales del libro es diferenciar entre tercera y cuarta edad. ¿Por qué era imprescindible hacer esta distinción y qué implica dejar de llamar vejez a todo?
R. Se trata de una visión renovada: todos envejecemos, pero lo que antes se llamaba tercera edad es demasiado heterogéneo. Lo que vive alguien de 70 o 75 en buen estado no tiene relación con la situación de alguien de 93 en condiciones más precarias. Definir una cuarta edad, ligada a la dependencia, implica problemáticas específicas que comienzan cada vez más tarde. La tercera edad no es la etapa final, sino la penúltima, con ventajas en bienestar, propósito, tiempo libre y relaciones sociales respecto a lo que antes se consideraba esa etapa.
P. ¿En qué medida cree que el principal enemigo de una vida longeva no es tanto el desgaste biológico como el autoedadismo?
R. Es un punto crucial. El edadismo tiene diversas manifestaciones: social, laboral o institucional. Pero insisto en el autoedadismo, que es la autopercepción.
Muchas personas de 70 años actualmente tienen salud similar a la de otras generaciones, pero antes se veían ya como viejos, sin un papel social relevante y con la idea de molestar lo menos posible. Cambiar esa percepción de incapacidad es fundamental; aunque ha habido avances, aún queda por mejorar.
P. Considerando que el bienestar tiende a aumentar tras cierta edad, ¿cómo modificar la narrativa que suele enfocar el envejecimiento en pérdidas y no en posibilidades?
R. Cambiando la forma de entender la vejez y reconociendo su potencial. Existe un mensaje importante para que las personas mayores disfruten una vida activa y feliz, así como para que tengan un rol social activo. En la obra se destaca el voluntariado senior: cuando alguien aún tiene tiempo y capacidad, hacer actividades no solo beneficia a otros, sino también a sí mismo al integrarse en un grupo.
«Las personas mayores de hoy están más empoderadas, saben lo que desean y no se dejan llevar tanto por modas»
P. Se percibe que no busca transmitir un optimismo ingenuo. ¿Cómo defender una visión esperanzadora de la madurez sin desconocer enfermedad, dependencia o desigualdad?
R. Siempre habrá etapas difíciles en la vida, aunque las estadísticas indican que estas no suelen coincidir con la madurez. Otra cuestión es la cuarta edad, con otras implicaciones. Hay varias razones para abordarlo positivamente, aunque este libro no es un manual de autoayuda y en contextos adversos resulta más complejo.
P. No evade un tema delicado: el posible conflicto intergeneracional. ¿Cómo se sostiene el pacto de solidaridad entre generaciones sin caer en estereotipos del joven precario que culpa al jubilado, o del senior privilegiado que rechaza revisar beneficios heredados?
R. Se está dando una deconstrucción social del fenómeno. No percibo que la población general experimente este conflicto de modo tan intenso como puede parecer en los medios. Todos los jóvenes tienen abuelos y viceversa. Puede que algunos jóvenes expresen malestar y demanden un reparto más equitativo. Quizás sea necesario algún ajuste, pero no creo que el conflicto sea tan profundo.
P. ¿Le inquieta que el discurso del envejecimiento activo se convierta en una obligación moral o presión por envejecer perfectamente?
R. No me preocupa, porque las personas mayores actuales están más empoderadas, saben qué desean hacer y no se dejan influir tanto por modas o presiones como otras generaciones. Actúan según sus preferencias.
Considero que esto es positivo. En cuanto a la presión estética, podría tener efectos negativos como pérdida de confianza o autopercepción negativa en comparación con otros. Pero el envejecimiento activo en contraparte es totalmente beneficioso.
P. Si pudiera desmontar un solo mito sobre hacerse mayor en España, ¿cuál sería?
En España, por razones culturales, la familia tiene un papel más relevante que en otros países, como Estados Unidos. Uno de los cambios en este aspecto es que el rol principal en el cuidado de nietos ha cambiado. Tradicionalmente, las abuelas se limitaban a ese rol; ahora desempeñan mucho más debido a una generación que ha impulsado un cambio de perspectiva.
P. Tras investigar y escribir este libro, ¿qué idea sobre su propio futuro modificó más?
R. Descubrí proyectos profesionales para los que pensaba que mi momento había pasado. Esto no solo se relaciona con el futuro, sino con una forma distinta de aprovechar el presente. La presión del tiempo funciona con la idea de edad prospectiva: cuánto tiempo bueno se espera por delante.
En mi caso, escribir este libro multiplicó esa percepción. Puede que no se confirme, pero ahora esa impresión me ayuda a redefinir mi plan de vida, no solo pensando en actividades a los 70 años, sino en cómo encarar lo que ya hago profesionalmente.
También detecté que uno de mis puntos débiles era el aspecto financiero. Como autónomo, es necesario organizarse mejor, tanto a nivel psicológico como de salud. Considero que en esos ámbitos tenía hábitos sólidos, pero en finanzas había margen de mejora. Estoy trabajando en ello.
P. ¿Qué desea ser de mayor ahora, tras escribir ¿Qué quieres ser de mayor?
R. Depende del momento. A veces pienso en retomar la música y otras en ser intelectual y regresar al ámbito académico. Me gusta divulgar, pero también aprender. He intentado dos veces hacer un doctorado y lo abandoné. Ahora pienso: ‘quién sabe’.

