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- Título del autor, BBC News Mundo
- Informa desde, Enviado especial a la Guaira, Venezuela
- Fecha de publicación 3 julio 2026
- Tiempo de lectura: 7 min
"No hermano, no hermano, ¡no! ¿Por qué me haces esto?", exclama una mujer mientras su esposo la sostiene para evitar que caiga al suelo.
Esa misma escena se repite una y otra vez frente a Los Silos, una enorme construcción de concreto en La Guaira que, a raíz del doble sismo del 24 de junio, ha dejado de ser un depósito portuario para convertirse en una morgue provisional.
Bajo un sol tropical inclemente, decenas de familias aguardan con mezcla de ansiedad y temor, llegadas para confirmar el fallecimiento de sus seres queridos.
Las autoridades han instalado sillas dentro y fuera del edificio, donde se encuentran varias carpas. La espera es extensa, posiblemente demasiado para quienes ya han pasado días atravesando hospitales, refugios y zonas de desastre.
En la fila, el silencio expresa un dolor compartido. Algunos permanecen ensimismados mirando al vacío; otros consultan sus teléfonos, leyendo noticias o contestando mensajes.
A pocos metros, soldados de las Fuerzas Armadas Bolivarianas vigilan el acceso armados con fusiles largos.
"Siento miedo por lo que voy a encontrar allí adentro, pero es la única manera de acabar con esta espera interminable", comenta una mujer justo antes de cruzar la entrada.
Ella lleva casi una semana buscando a su sobrino.
"He revisado todos los lugares: el edificio, los hospitales; he preguntado a todo el mundo… y nadie sabe nada".
Al entrar, lo primero que se percibe es el olor a descomposición.

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El olor y las imágenes
Muchos familiares se tapan la boca con las manos. La mayoría lleva mascarillas de tela que resultan insuficientes. En pocos minutos, varios dejan de reaccionar, adaptándose al hedor horrible.
A corta distancia, en filas, están cientos de cuerpos cubiertos con bolsas plásticas y expuestos al sol y al intenso calor de La Guaira, lo que acelera la putrefacción.
Los cadáveres están dispuestos según la fecha en que fueron encontrados. En un extremo, hay un toldo que ofrece cremación gratuita. En otro sector, un módulo de odontología forense trabaja para identificar cuerpos que han perdido la mayoría de sus rasgos físicos.
Las familias disponen de dos opciones.
Quienes creen identificar a sus seres queridos por la ropa que vestían son dirigidos a un área específica.
El resto —la mayoría— se sienta frente a dos pantallas de televisión.
Allí comienza otra prueba dolorosa.

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Más de 1.000 fotografías de cadáveres se proyectan sin cesar. Los rostros están inflamados, la piel oscurecida y muestran señales de golpes, calor y el paso del tiempo. Varios son irreconocibles.
Las familias buscan detalles para distinguir a sus seres queridos: tatuajes, pulseras, prendas o cualquier objeto personal que identifique la imagen.
Las dos trabajadoras que navegan las imágenes en un iPad retroceden o amplían detalles, como dientes, tatuajes o cicatrices para facilitar la identificación.
Delante de una pantalla, una mujer rompe en llanto al reconocer a su hijo gracias a una manta polvorienta visible en una foto; otra mujer la consuela sin conocerla.
El silencio se quiebra con el sonido de una llamada telefónica.

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"Esto parece una película de terror"
"Tío, estoy aquí tratando de identificar a mi mamá… pero es muy difícil. La mayoría parece carbonizada", susurra un joven.
"Esto parece una película de terror", comenta al salir Liliana González, vecina de Catia La Mar de 60 años, quien pudo reconocer a su sobrino de 37 mediante un tatuaje.
"Buscaba a mi tía… pero mi prima, que es enfermera, me informó que mi sobrino estaba aquí", explica.
"No figuraba en la lista. Tuve que revisar las fotos". Su voz se quiebra.
Después, reflexiona en voz alta: "Es la primera vez que vivo esto. Vi a mi mamá cuando falleció, pero esto… no es comparable".
"Hay cuerpos hinchados, con ojos fuera de lugar, niños… jamás había visto algo así en mi vida", insiste.

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"Nadie los sacó"
Modesta Alemán, de 56 años, viajó desde Carayaca, en el oeste de La Guaira, en busca de su hermana mayor, Matilde.
El edificio donde vivían, en Playa Grande, fue uno de los más dañados de la zona.
"Nos comunicaron que no había sobrevivientes. Que todos habían fallecido", relata.
"Sin embargo, un grupo de voluntarios afirmó que escucharon gritos… gente atrapada en el ascensor pidiendo ayuda. Pero nadie los rescató".
Modesta permanece afuera de la morgue temporal, mientras otros familiares realizan la identificación.
Quizá, comenta, es mejor así.
El proceso de reconocimiento puede tardar varias horas. Cuando un cuerpo es identificado, comienza el trámite para su entrega.
Después de la identificación, se toman las huellas dactilares, si es posible.
Luego, los cuerpos se colocan en urnas. Posteriormente, se inicia el proceso para obtener el acta de defunción, documento esencial para que las funerarias puedan retirar los restos.
Jéssica Soto, de 42 años y habitante del edificio OPP 33B en Caraballeda, está sentada en una silla a la entrada de Los Silos.
Desde hace dos días espera los restos de su hija de 15 años y de su nieta de 3, quienes quedaron atrapadas en su apartamento tras los terremotos. Fueron halladas el martes, casi una semana después de los sismos.
"Te hacen esperar y esperar, hasta que los papeles, los camiones y otras cosas estén listas", comenta a BBC Mundo.
"Ahí están en una urna expuestas al sol desde ayer. No me queda más que esperar y confiar en Dios".

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"Es bueno sentir la mano de alguien"
Tras perder su hogar, Soto se refugió en el club de golf de Tanaguarena. Sus familiares intentaron persuadirla para que no acudiera a identificar los cuerpos.
"Cuando la vi fue lo peor. Mi hija quedó… muy dañada. La reconocí por una camisa, pero su rostro no era el suyo, parecía el de un monstruo".
El número de víctimas fatales en Venezuela ronda ya los 2.600, cifra que las autoridades consideran que seguirá aumentando sustancialmente.
Liliana admite que entró en pánico cuando le comunicaron que tendría que identificar a su sobrino sola.
"Después, dos trabajadores me acompañaron al cadáver al ver mi estado. Me ayudaron a encontrarlo para aliviar mi sufrimiento", relata. "Gracias a Dios, en esos momentos es fundamental tener la mano de alguien a quien aferrarse".
Al observar el cuerpo, cuenta que casi se desmaya. Sintió náuseas.
"Todavía aquí siento ganas de vomitar", confiesa.
Su tía continúa entre los escombros. Teme tener que regresar a la morgue y repetir el proceso en los próximos días.

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