“Es como retroceder en el tiempo, como si nada hubiera cambiado”, confiesa el hombre

No existe carretera ni electricidad. Solo se escucha el murmullo del agua, cada vez más tenue, y el silencio de las casas abandonadas. Los perros siguen a Federico en fila, fieles como sombras, aunque falta uno, un pastor desaparecido hace varias semanas. “Quizás un jabalí, quizás una trampa”, comenta sin elevar el tono de voz. Aída, su perra, volvió herida, cojeando, con una herida en la pata que aún está siendo tratada por el veterinario.
“Tengo el agua inscrita en la escritura y me la han cortado”, dice desde el fresco de su cocina con estufa de leña. Alguien desvió el agua que legítimamente le corresponde. “Están desperdiciando agua sin control y al menos cuentan con tres piscinas por aquí”, añade con resignación. Ahora debe subir las lecheras colina arriba, como se hacía hace un siglo. “Es como retroceder en el tiempo, como si nada hubiera cambiado”, reflexiona mientras avanza lentamente entre piedras y raíces.
El sol se siente extraño esta tarde. Una luz rojiza, típica del atardecer, aunque son solo las tres. El humo de los incendios que rodean Asturias tiñe el cielo. “La gente son terroristas. No tienen cerebro”, sentencia en el canal de YouTube de hilux_aventura. Federico no teme al fuego en su bosque. El monte autóctono es húmedo y resistente. Pero el monte bajo arde en todas partes, llevándose consigo lo poco que quedaba.

Un pueblo fantasma
“No se oyen pájaros”, observa, señalando los higos que caen maduros al suelo. “No hay lagartos, no se ve una culebra aunque sea de lejos, ni un lución. Y tampoco saltamontes”. Ha observado cómo el bosque muere lentamente, tal como mueren las cosas cuando nadie las vigila. “Hace treinta o cuarenta años encontraba varios muertos. Todos estaban bien, nutridos, y muertos. ¿De qué morían? No lo sé”, comenta mientras se agacha a recoger un higo caído.
La subida hacia la casa superior es empinada. Federico trepa entre ortigas y maleza con agilidad. “No te compares conmigo”, bromea. “Yo paso por cualquier lado, tú no”. La vivienda está derruida, cubierta por la vegetación. Fue la casa de Francisco y Encarnación, y después de Tere, aquella mujer de Luanco. Las paredes de piedra se mantienen milagrosamente, pero el techo se ha desplomado. Dentro, la cocina a leña está intacta, con un horno de piedra que horneó pan para varias generaciones. “Yo conocí todo en pie”, suspira, tocando con la mano la piedra todavía caliente del horno.

Cicatrices de guerra
Luego relata la historia de los primeros residentes. “Eran comunistas. Cuando la guerra bajó uno de aquí, vino la Guardia Civil y Falange, y disparaban sin cesar”. Uno logró escapar aquel día. Lo mataron un año después, tras ser torturado. “Hubiera sido mejor matarlo ese día”, dice con la voz entrecortada. “La guerra fue una jeringa, muy mala, muy mala”.
De regreso en su casa, sentado en la penumbra fresca, Federico bebe agua de un vaso de loza. Últimamente piensa en la reencarnación, en si existe algo después de la muerte. “Creo que sí hay un más allá, no sé qué habrá, pero creo”. Y añade: “Lo importante es comportarse bien para lo que venga después”. Ha prometido ir a Madrid en octubre. No ha vuelto desde 1962. “Juro y perjuro que iré. No rompo mi promesa, no”.

Afuera, las vacas pastan en el prado. Los perros descansan a la sombra. La fuente sigue manando, aunque cada vez con menos fuerza. Federico llenará sus lecheras mañana, pasado, y todos los días que le queden. “Al fin y al cabo, aquí estamos cuatro días. La vida es muy corta”. Pero mientras haya agua en la fuente y energías en sus piernas, no se irá. Es el último guardián de un mundo que desaparece, la última memoria viva de un bosque que casi nadie recuerda ya.

