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- Título del autor, Corresponsal de BBC Mundo en México
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México, con 17 apariciones, figura entre los cinco países con más participaciones en Mundiales de fútbol, aunque es el único entre ellos que aún no ha obtenido el título.
Dicho de otra manera, igualmente compleja: México se encuentra entre las 10 naciones con más Mundiales disputados, pero es la única que no ha alcanzado una semifinal.
Además, México ha disputado 60 encuentros en Copas del Mundo, logrando solamente 17 victorias. Ha anotado 62 goles y recibido 101, una diferencia negativa más marcada que la de Estados Unidos, su tradicional rival que supuestamente está por debajo de su nivel.
En sus primeras tres apariciones –1930, 1950 y 1954– México perdió todos los encuentros. Su primer punto, y también el último de ese Mundial, fue contra Gales en 1958, tras un empate 1-1. La última vez que avanzaron a cuartos de final fue en 1986.
Estos datos objetivos no logran aminorar la pasión de los mexicanos, quienes este jueves serán los primeros en hospedar tres Copas Mundiales.
Sin duda alguna, México es un país con identidad futbolística muy arraigada.
El sábado, decenas de miles tomaron la Avenida Reforma para recrear la llamada “ola más grande del mundo”, acompañada de cánticos como “somos el mejor país”, “vamos a ganar” y el clásico “sí se puede”.
Como expresa el mexicano Juan Villoro en su reciente libro “Héroes numerados”: “Ningún país ha entregado tanta emoción a cambio de tan pocos resultados”.
¿Cuál es, entonces, la situación actual del fútbol mexicano?

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El problema de los de «pantalón largo»
Partiendo de la base de que están vinculados, primero conviene analizar el fútbol de clubes antes de abordar el desempeño de la selección, el “Tri”.
Quien indague acerca de las limitaciones y particularidades del fútbol mexicano, recibirá respuestas parecidas: los obstáculos fundamentales son las instituciones.
El fútbol es en todas partes un negocio marcado por monopolios, normas de mercado poco transparentes y corporativismos. Sin embargo, en México, según expertos consultados, el fenómeno alcanza un nivel distinto.
Roberto Gómez Junco, exfutbolista y periodista, expresa: “El problema central del fútbol mexicano sigue residiendo en los de pantalón largo, es decir, en los dirigentes”.
Marion Reimers, también periodista deportiva, destaca: “El fútbol local se desvinculó con rapidez del modelo societario o accionarial que prevalece en numerosos países”.
Así, predomina la propiedad empresarial de los equipos, que se gestionan con fines económicos más que identitarios. No son entidades autónomas como en Inglaterra, sino filiales o divisiones de corporaciones gigantescas.
Además, fondos públicos estatales inyectan recursos; en este caso, la política influye también en la administración futbolística.
Reimers refiere un caso posiblemente exclusivo del fútbol mexicano: los equipos cambian su sede con la misma frecuencia que sus patrocinadores, algo típico en ligas deportivas estadounidenses.
Por ejemplo, el Monarcas de Morelia pasó a llamarse Mazatlán FC; cambió de nombre, escudo, colores y localización, dejando a los seguidores morelianos sin equipo.
No es un caso aislado: Toros de Neza llegó a ser Atlante, mudándose a Querétaro, luego a Cancún y regresando a Ciudad de México. Jaguares de Chiapas se transformó en FC Juárez, desplazándose del extremo sur al extremo norte del país.

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En el más reciente Mundial de Clubes, torneo organizado por la FIFA que enfrenta a campeones regionales, el León —campeón de la Concachampions en 2023— fue descartado porque Pachuca —ganador del mismo torneo en 2024— pertenece al mismo propietario.
Para evitar conflictos de intereses y manipulación deportiva, FIFA y UEFA prohíben que una sola persona o empresa tenga dos equipos compitiendo en la misma competición.
Aunque se han hecho intentos de cambio, la copropiedad sigue siendo característica en el fútbol mexicano: actualmente, cuatro compañías controlan ocho de los 18 equipos de primera división.
Televisa, la mayor productora en español de contenidos audiovisuales, llegó a poseer simultáneamente tres equipos: América, Necaxa y San Luis. Asimismo, tenía los derechos de transmisión y es dueña del Estadio Azteca.
En 1986, ante la renuncia de Colombia a organizar el Mundial, un acuerdo entre empresarios de Televisa, FIFA y la Federación Mexicana de Fútbol (FMF) permitió que México fuera sede por segunda vez. Este episodio, lleno de entramados de poder, inspiró una película reciente de Netflix protagonizada por Diego Luna.
Este hecho innegable puede resultar doloroso para muchos mexicanos: el fútbol mexicano se desarrolló, en parte, como un negocio de Televisa, lo cual influyó en la competitividad del deporte.
El América, el club con más títulos en la historia, fue adquirido por Televisa —entonces Telesistema Mexicano— en 1959; desde ese momento, se consolidó como el más relevante, guiado por una empresa mediática que funcionaba, al mismo tiempo, como un cómplice del régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI), dominante durante siete décadas.

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“El fútbol mexicano está diseñado para lograr éxito económico y fracaso deportivo”, analiza Villoro.
La Liga MX, hasta este año parte de la FMF —otra excepción mexicana— reporta ingresos anuales entre 600 y 700 millones de dólares. Esto representa la mitad de lo que gana la liga brasileña, la más grande de América Latina, y el doble de la argentina.
Tan influenciado por el negocio está el fútbol mexicano que, desde 2020 y en plena pandemia, la Liga MX eliminó el sistema de ascenso y descenso. Es decir, el equipo que finaliza último en la tabla no desciende automáticamente a segunda división, ni el campeón de la segunda accede ascenso directo.
Quien desee estar en primera división debe pagar, algo solo común en ligas con estructuras comerciales como las de China, India y Estados Unidos.
“¿Qué identidad se puede tener en un torneo sin meritocracia y sin reglas claras?”, cuestiona Reimers.
“Realmente, es todo un milagro que México siga siendo un país futbolero”, concluye.

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Más que un deporte
Otra característica del fútbol mexicano —no necesariamente un problema— es su pertenencia a la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe (Concacaf), que se considera menos competitiva y atractiva que la UEFA europea y la Conmebol sudamericana.
Esto quizás ha generado cierta percepción inflada de algunos, y de alguna forma ha facilitado que la selección masculina acceda a muchos Mundiales sin oposición sustancial. Sin embargo, también ha obligado a la selección femenina a enfrentarse a Estados Unidos, la gran potencia regional.
“El fútbol femenino ha crecido considerablemente. Es una de las ligas con mayor audiencia global, y eso ha sido gracias más a la falta de interés de los dueños que a su apoyo”, apunta Reimers.
Los mexicanos no han encontrado excusa en el corporativismo o en los malos resultados para dejar de apoyar al fútbol.
Por ejemplo, el partido contra Argentina en Qatar 2022, que México perdió 2-0 dejando al equipo al borde de la eliminación, se convirtió en el evento televisivo más visto en México, con 40,5 millones de espectadores, según Nielsen.

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La FMF informa que cada encuentro de la Liga MX es presenciado en promedio por 22.000 aficionados, cifra comparable a la asistencia media en estadios argentinos y brasileños, con 27.000 y 23.000 respectivamente.
En televisión, cada partido es seguido por alrededor de un millón en Argentina, 3,5 millones en Brasil y 1,5 millones en México.
Juan Pablo Villalobos, escritor y seguidor habitual, opina: “No creo que seamos mediocres. Somos medianos, y eso está bien, considerando nuestras carencias, problemas y limitaciones”.
Agrega: “La selección nos representa casi a la perfección: en momentos puntuales brilla, se supera ante grandes, pero siempre ha faltado algo: a veces suerte, otras, determinación o una dosis extra de calidad”.
Ese “algo” que falta no puede atribuirse a los seguidores.
Villoro afirma que “el verdadero deporte no está en la cancha, sino en las gradas, donde el público invierte más esfuerzo que los propios jugadores”.
Los mexicanos sienten un gran orgullo por su nación y no pierden oportunidad para expresarlo.

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Gómez Junco advierte sobre un posible riesgo: “México ha sido tradicionalmente un país que conoce la derrota, y el fútbol funciona como una válvula de escape, un mecanismo de evasión. Cuando a la gente le va mal en el trabajo y carece de seguridad, se le vende la ilusión de que su equipo puede ser campeón mundial”.
Reimers añade que ni la corrupción ni el corporativismo parecen razones para que ella o cualquier mexicano deje de interesarse por el fútbol, el llamado “deporte más hermoso del mundo”.
“El fútbol no es la FIFA, ni la FIFA es el fútbol; no les pertenece. Es una actividad humana sujeta a interpretación y cambio. Es un espacio al que podemos acceder desde cualquier narrativa que elijamos”, afirma.
El fútbol mexicano quizás carezca de logros deportivos, pero va mucho más allá de un simple deporte.
El vasto legado cultural mexicano, siempre amenazado por la influencia del vecino del norte, potencia económica más poderosa del planeta, ha creado una tradición nacionalista profunda que se expresa cada vez que puede.
No es que cuando los mexicanos dicen que van a ganar el Mundial crean que sucederá así; es que el orgullo por su país no se mide con goles ni trofeos.

