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- Título del autor, BBC News Mundo
- Fecha de publicación 19 julio 2026, 10:21 GMT
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Si se afirmara que el triunfo de tu equipo favorito en la final de un Mundial es una posibilidad, ¿te llenaría de alegría? ¿O preferirías que te dijeran que es simplemente probable? ¿Y si te asegurara que es muy probable… es mejor eso que “probable”?
En las noticias, es común encontrar términos usados para indicar la probabilidad de que suceda un evento.
Un ataque terrorista que resulta “plausible”, la propagación de una cepa viral “altamente probable” o que el aumento de los tipos de interés sea “casi seguro”…
Pero, ¿realmente se entiende qué nivel de certeza implica “probable”?
A menudo, la respuesta es no.
Esta cuestión captó la atención del epidemiólogo matemático Adam Kucharski, de la London School of Hygiene & Tropical Medicine, especializado en modelar la propagación de enfermedades infecciosas y asesora a gobiernos para anticipar y manejar epidemias.
Durante su trabajo en la gestión de la pandemia de Covid, observó que aunque se difundían datos científicos que deberían facilitar la comprensión pública, los hechos no siempre eran suficientes para convencer.
La incertidumbre puede volverse dañina, “reemplazando una realidad acordada por una disputa interminable”, explicó en su libro Proof, the Uncertain Science of Certainty.
Esa experiencia lo llevó a obsesionarse con el desafío de comunicar probabilidades.
Estas pueden expresarse en porcentajes o a través de palabras, que idealmente deberían coincidir, pero a menudo no es así.
“Un caso emblemático ocurrió en 1951, cuando el equipo de un analista de la CIA, Sherman Kent, elaboró un informe que afirmaba que una agresión militar soviética contra Yugoslavia era seriamente posible ese año”, relató Kucharski al programa More or Less de la BBC*.
Días después, Kent conversó con un alto funcionario del Departamento de Estado, quien le preguntó qué significaba exactamente “seriamente posible”. Kent evaluó la probabilidad en un 65%. El funcionario se sorprendió y dijo que entre los comités de la Casa Blanca lo consideraban mucho menor.
Kent se alarmó y consultó con su equipo, que había redactado decenas de informes, y descubrió que hasta ellos tenían interpretaciones muy distintas para el mismo lenguaje.
De Yugoslavia a Cuba

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Una década más tarde, el presidente estadounidense John F. Kennedy recibió una evaluación sobre una invasión planificada en Cuba. El Estado Mayor Conjunto le comunicó que tenía una “probabilidad razonable” de éxito.
Kennedy interpretó esto como una señal positiva, según explicaría después, y autorizó la operación que terminó siendo un fracaso: la invasión de Bahía de Cochinos.
Posteriormente, quien redactó el concepto de “probabilidad razonable” admitió que en realidad consideraba que las probabilidades eran 3 a 1 en contra del éxito.
Para abordar estas confusiones, Kent publicó en 1964 su ensayo Words of Estimative Probability, difundido por el Center for the Study of Intelligence de la CIA.
Este trabajo incluyó la primera tabla moderna que vinculaba términos con porcentajes.
Las categorías originales que propuso fueron:
- Casi seguro: 93% (±6%)
- Probable: 75% (±12%)
- Posibilidades parejas: 50% (±5%)
- Improbable: 30% (±10%)
- Casi imposible: 7% (±5%)
También señaló que términos vagos como “podría” o “sugerir” resultaban “expresiones que suenan bien, pero que, al analizarlas, carecen casi por completo de significado”.
Desde entonces, se han continuado los esfuerzos para perfeccionar el lenguaje de las dudas a fin de comunicar riesgos importantes y evitar desastres derivados de malentendidos.
Por ejemplo, en Reino Unido, tras la guerra de Irak, impulsada por inteligencia cuestionable, se estableció un “criterio de probabilidad” para las evaluaciones de inteligencia,
“Era como una regla que indicaba: ‘Si usas estas palabras, esta es la probabilidad que implicas’. Así, si algo es ‘muy probable’, estás diciendo que existe entre un 80% y 90% de posibilidad de que suceda […]”, explica Kucharski.

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Por otro lado, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU notó en los años 90 que cuando afirmaban que el aumento del nivel del mar era “probable”, distintos políticos lo interpretaban de formas disímiles: algunos lo veían como un riesgo bajo y otros como una amenaza inminente.
Por ello, desarrollaron una guía de lenguaje estandarizado que fue perfeccionándose hasta quedar consolidada en 2010 con la Nota de Orientación sobre Incertidumbres.
Dicha escala obliga a los científicos a que si emplean el término “probable” en un informe, el evento debe tener con rigor matemático más de dos tercios de posibilidades de ocurrir, y va desde “prácticamente seguro” con más del 99% de probabilidad, hasta “excepcionalmente improbable”, con menos del 1%.
Pero, dado que el público no cuenta con un manual para interpretar estas palabras, ¿qué se entiende realmente cuando se escuchan?
El hecho de que algo sea posible
Aunque los manuales de enseñanza del español ordenan estas palabras en escalas lógicas (Seguramente —> Probablemente —> Posiblemente —> Difícilmente), el cerebro humano no funciona como un algoritmo.
La probabilidad expresada por el lenguaje se mezcla con nuestras emociones y percepciones.
En la era digital, experimentos basados en las ideas de Sherman Kent se han replicado extensamente en diversos estudios.
Al pedir a miles de personas que asignaran un porcentaje a distintas palabras, surgieron hallazgos reveladores, especialmente respecto a la palabra “posible”.
Mientras que “probable” tiende a asociarse en las mentes con rangos estables entre 60% y 80%, “posible” genera una gran dispersión.
Esta variabilidad se explica desde un punto de vista matemático: cualquier evento con probabilidad mayor que 0% y menor que 100% se considera técnicamente “posible”.
Al no contar con un anclaje específico, su significado varía según lo que cada persona imagine.
De este modo, para algunos, decir “es posible que gane la lotería” —aunque se trate de una probabilidad infinitesimal cercana a 0%— representa una oportunidad viable, mientras que “es posible que vaya a cenar” se interpreta intuitivamente cerca de un 50% de probabilidad.
Desde un punto de vista estadístico, “posible” presenta la mayor desviación estándar, siendo pues el término que peor comunica un valor numérico concreto.
Además, el contexto influye en su interpretación.

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Por ejemplo, si un médico advierte que “es posible que esta operación tenga efectos secundarios”, el cerebro lo traduce como una probabilidad alta, alrededor del 40% a 50%, activando alertas.
Sin embargo, cuando un meteorólogo dice “es posible que caiga un meteorito”, genera tranquilidad. La palabra es idéntica, pero el nivel de catástrofe modifica la percepción mental.
Esto sin considerar la expresión “posibilidad realista”, tendencia habitual en titulares al reportar riesgos.
Kucharski, tras un estudio con un cuestionario en línea que reunió miles de respuestas, constató que esta frase generaba las interpretaciones más divergentes.
Las estimaciones variaron entre 10% y 100%: algunos participantes la entendían como un desenlace bastante probable, otros como simplemente plausible.
Muchos protocolos oficiales definen “posibilidad realista” en un rango del 40% al 50%.
Pero el desacuerdo no concluye ahí.
Niveles de probabilidad
En su cuestionario, Kucharski no solo solicitó asignar porcentajes a frases sino también comparar palabras para comprobar si la percepción era coherente.
Por ejemplo: ¿Qué es más probable, algo muy improbable o algo muy probable? La respuesta parece sencilla.
Pero, ¿qué responderías al elegir entre “algo que podría pasar” o “algo que tal vez pase”?
Los resultados mostraron que los juicios sobre comparaciones como estas son poco consistentes.
Frases como:
- Es poco probable que ocurra.
- Es improbable que ocurra.
Para algunos son sinónimos; para otros, “improbable” es más rotundo.
Pero la cuestión no se limita solo a grados.
Estudios recientes indican que estas expresiones no solo comunican probabilidad, sino que también influyen en cómo pensamos.
Imaginemos dos médicas:
Una dice: “Es posible que el paciente sobreviva”.
Otra afirma: “Es poco probable que el paciente muera”.
Aunque describen la misma probabilidad, el efecto psicológico es distinto: la primera destaca la supervivencia; la segunda, la muerte.
Las investigaciones muestran que esta manera de presentar la información influyen en cómo las personas la interpretan, recuerdan y toman decisiones.

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El vocabulario usado para expresar probabilidades es inherentemente ambiguo, por lo que es vital considerar qué se transmite al emplear estos términos.
Frases o palabras como: cabe la posibilidad, tal vez, quizás, seguro, probable, podría ser, acaso, hay indicios, parece, sin duda, con certeza, y muchas otras, en la vida cotidiana pueden generar desde situaciones casi humorísticas hasta problemas graves.
Cuando se trata de alertar sobre riesgos importantes, es necesario prestar especial atención.
Para Kucharski, una clave consiste en asegurar que quienes comunican riesgos —ya sean científicos, políticos o periodistas— estén conscientes de estos desafíos.
“Lo crucial es garantizar que el mensaje que emite quien hace una estimación sea exactamente el que comprende quien la recibe”.
La segunda clave es más delicada: invitar a quienes calculan riesgos a evitar refugiarse en términos vagos que les permitan justificar fallos en el pronóstico.
“Todos nos beneficiaríamos si estuviéramos obligados a emitir estimaciones que puedan verificarse posteriormente y a cuestionarnos con honestidad si acertamos o no”.
Este era un problema ya motivo de preocupación para Kent en la CIA, quien describió la tendencia a buscar “una expresión que comunique claramente un significado, pero que al mismo tiempo nos absuelva por completo de responsabilidad”.
El uso de frases ambiguas puede conferir autoridad al lenguaje, pero también dificulta la toma de decisiones.
Para Kucharski, la pandemia reafirmó la importancia de la claridad. Hay momentos en que la realidad no admite opiniones y cuestionarla puede poner en riesgo a otros.
¿Y la final de un Mundial? Si alguien afirma que tu equipo “puede” ganar, quizás sea momento de preguntar: ¿“puede” como en un 5%, o “puede” como en un 50%?
* Si deseas escuchar los podcasts del programa More or Less de la BBC, haz clic aquí. Para participar en el quiz de Adam Kucharski, haz clic aquí. Ambos en inglés.

