Los ayuntamientos de Los Ángeles, San Francisco y Vancouver realizan operaciones policiales, traslados forzados y confinamientos temporales en moteles para ocultar las crisis del fentanilo y la falta de vivienda durante la cobertura mediática de la FIFA.
Más información: Salud o «tres minutos que detienen todo» por lucro: las controversiales pausas de hidratación en el Mundial
El Mundial 2026 celebrado en Norteamérica está rompiendo récords en ingresos, pero también representa una crisis humanitaria que permanece oculta fuera de las cámaras. A pocos metros de los estadios y de las Fan Zones oficiales, los ayuntamientos de las ciudades anfitrionas han puesto en marcha un implacable mecanismo de «limpieza social».
Presionados por la FIFA, que exige en contrato espacios impecables y atractivos para el mercado, patrullas policiales junto con equipos de limpieza desmantelan cada día campamentos de personas sin hogar, expulsándolas hacia zonas periféricas alejadas.
Diversas organizaciones humanitarias y grupos de derechos humanos calculan que más de 10.000 personas sin techo han sido desplazadas, sancionadas o confinadas para evitar que la crisis manche el negocio televisivo global.
Es la cara oculta de este megaevento que ha optado por esconder bajo la alfombra la epidemia del fentanilo y la crisis habitacional en Estados Unidos y Canadá. El fútbol ha tomado las urbes, pero para los más vulnerables significa la pérdida de su único refugio de supervivencia.
Moteles en Los Ángeles y Vehículos Recreativos en Silicon Valley
En el sur de California, el foco de esta política de ocultamiento se sitúa en Inglewood, localidad que aloja el SoFi Stadium.
Las autoridades locales han declarado ante medios internacionales que el problema del sinhogarismo «casi no existe» en su área, respaldándose en censos oficiales con cifras sospechosamente bajas.
No obstante, colectivos como el St. Margaret’s Center evidencian la trampa geopolítica tras esta estadística: Inglewood ha despejado sus avenidas primarias empujando sistemáticamente a la población vulnerable hacia la jurisdicción vecina de Los Ángeles.
Para quienes no lograron desplazarse por sus propios medios, el condado implementó un plan de contención urgente financiado con millones de dólares provenientes de fondos de emergencia.
La táctica consiste en alquilar bloques completos de habitaciones en moteles ubicados en las afueras para alojar contrarreloj a cientos de personas sin hogar. Esta medida higienista y temporal mantiene a estas personas alejadas de la vista de los turistas durante la duración del torneo.
Desafortunadamente, esta iniciativa carece de un plan real de vivienda ni de apoyo social una vez que el torneo finalice y los moteles vuelvan a sus tarifas habituales.
Más al norte, en la zona de la Bahía de San Francisco, la estrategia de limpieza en torno al Levi’s Stadium (Santa Clara) ha afectado una de las realidades más duras de Silicon Valley: las autocaravanas y vehículos recreativos (RVs).
En esta región tecnológicamente próspera, miles de familias trabajadoras sin recursos suficientes residen en sus automóviles debido a los alquileres exorbitantes. En los meses previos al Mundial, campamentos emblemáticos como el de Columbus Park en San José fueron completamente desmantelados.
Las ordenanzas municipales prohibieron abruptamente el estacionamiento de estos vehículos en áreas cercanas a las líneas de tren ligero y corredores que conectan hoteles de lujo con el estadio, expulsando a estas familias hacia polígonos industriales casi desiertos.
Esta vastísima operación de desplazamiento tiene un respaldo legal gracias a una reciente sentencia de la Corte Suprema de Estados Unidos en el caso Grants Pass.
Este dictamen autoriza ahora a los ayuntamientos a multar, citar judicialmente y arrestar a quienes duerman en la vía pública, aunque no haya plazas disponibles en albergues. Lo que se presentó como una medida de seguridad ciudadana se ha convertido en la herramienta clave para la organización del Mundial.
Amparados en esta ley, los cuerpos de seguridad pueden limpiar las zonas turísticas mediante sanciones económicas, garantizando que los visitantes extranjeros no tengan contacto con el colapso social que soporta la Bahía.
Operativos policiales en el epicentro del fentanilo
La estrategia para invisibilizar la crisis no termina en la frontera estadounidense y se replica con la misma frialdad en suelo canadiense.
La sede de Vancouver presenta el contraste más profundo del torneo. Su estadio, BC Place, se encuentra adyacente al Downtown Eastside (DTES), un barrio emblemático por su pobreza extrema, exclusión social y la grave crisis de sobredosis por fentanilo que afecta al país.
Con un censo histórico que supera las 5.200 personas sin hogar en su área metropolitana, las promesas oficiales de que «no se efectuarían desplazamientos forzosos por el Mundial» se han desvanecido en las calles.
Activistas vinculados al proyecto de investigación POWER han registrado un aumento sin precedentes de las conocidas street sweeps (barridos callejeros).
Cada día, equipos de limpieza acompañados por policías recorren las calles cercanas al estadio confiscando tiendas de campaña, sacos de dormir y pertenencias personales.
Esta acción se justifica con la aplicación de ordenanzas de tráfico y el mantenimiento de la higiene pública. Los testimonios de los afectados narran cómo les retiran sus bienes en la madrugada, obligándolos a desplazarse entre bloques en un ciclo interminable.
Uno de los puntos más controvertidos en Vancouver es la denuncia de redes de apoyo vecinal respecto a una práctica silenciosa pero eficaz: la entrega por parte de las autoridades de billetes de autobús de larga distancia junto a pequeñas cantidades de efectivo a los residentes del DTES.
Este programa encubierto, según las ONG, busca motivar la salida de indigentes hacia poblaciones rurales del interior de la Columbia Británica, como Chilliwack o Prince George. De esta forma, se desocupa el barrio antes de que las transmisiones internacionales enfoquen sus cámaras.
Al concluir la Copa del Mundo, el césped natural temporal de los estadios será removido, las zonas VIP desmanteladas y los directivos de la FIFA volverán a Zúrich con miles de millones provenientes de patrocinadores. No obstante, cuando se apaguen los reflectores y las aficiones se retiren, la periferia devolverá lo que el negocio intentó esconder.
Finalizada la festividad, miles de personas sin hogar regresarán a las calles de Los Ángeles, San Francisco y Vancouver, encontrando espacios ahora más hostiles, vigilados y despojados de los escasos recursos comunitarios que poseían.
La denominada «limpieza social» será registrada en la historia como un logro logístico impecable en los informes oficiales del fútbol. Para las comunidades marginadas quedará como el verano en que el capitalismo deportivo los expulsó de sus rincones para que el mundo disfrutara un partido en calma.

