En Berlín, anteriormente símbolo de una Alemania y Europa divididas, el Primer Ministro de Albania, Edi Rama, pronunció un discurso sobre el futuro europeo. Rama instó a Europa a aprovechar un “momento Helmut Kohl”. Euronews informa sobre la intervención realizada en el Comité Alemán de Relaciones Económicas con Europa del Este.
Señoras y señores, cuando uno es invitado a hablar en eventos como este, lo habitual es comenzar con una frase conocida: «Es un gran placer y un honor especial estar con ustedes esta noche.»
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Sin embargo, no lo diré de ese modo. Porque no he venido aquí solo por ser esta una reunión importante. Vine motivado por una combinación poco común de tres factores: la ciudad donde nos reunimos, el momento histórico en el que sucede y el tema que se me solicitó abordar.
Berlín, el lugar donde quizás se concretó la mayor transformación geopolítica de nuestra época. Y no solo por la caída de un muro. Sino porque, tras la caída del muro, emergió un líder que tuvo la valentía de comprender lo que la historia exigía después. Helmut Kohl no percibió la reunificación alemana como un mero reto administrativo. La consideró una necesidad geopolítica. Frente al recelo. Frente al escepticismo. Frente al pensamiento predominante de aquel entonces. Decidió que Alemania debía ser un solo país nuevamente. La historia le dio la razón.
La búsqueda de un nuevo ‘momento Helmut Kohl’
Comienzo con Berlín y Kohl no porque esta audiencia necesite recordar la relevancia de Alemania para Europa, sino porque cada vez más creo que Europa misma se encuentra ante un momento similar. Un instante en que continuar administrando la realidad mediante procedimientos, dudas y prejuicios heredados se vuelve más peligroso que asumir decisiones estratégicas. Un instante que exige, según mi criterio, un nuevo momento Helmut Kohl.
Pues Europa hoy se enfrenta a una cuestión muy parecida a la que Alemania tuvo entonces: si la reunificación es un anhelo que puede postergarse indefinidamente o una necesidad que debe cumplirse finalmente. Y esto me conduce directamente al tema que se me solicitó abordar: el futuro europeo de Albania: reforma, resiliencia e innovación en un entorno geopolítico cambiante.
Konrad Adenauer, uno de los padres fundadores de la Europa moderna, dijo sabiamente en su momento: «La unidad europea fue un sueño de unos pocos. Se convirtió en esperanza para muchos. Hoy es una necesidad para todos nosotros.» Creo que esas palabras jamás han tenido tanta actualidad como ahora, cuando la orden internacional basada en reglas se encuentra bajo una presión extrema.
La guerra ha regresado a Europa. La competencia estratégica es global. La tecnología está transformando no solo economías, sistemas políticos y sociedades a una velocidad nunca vista, sino también la forma en que nos relacionamos y vivimos el día a día. El declive demográfico está modificando regiones completas, y un severo invierno demográfico amenaza con poner en riesgo el futuro de Europa.
La seguridad económica está ligada inseparablemente a la seguridad nacional. La resiliencia política se une irremediablemente a la resiliencia informativa. Y Europa ya no es ese continente de paz y prosperidad perpetuas como se creía hasta hace poco. Europa vuelve a ser una gran potencia que enfrenta retos enormes en uno de los cruces más importantes de su historia.
En este contexto, la indecisión estratégica se convierte en un lujo y la fragmentación es una vulnerabilidad.
El ‘pintor más destacado entre los primeros ministros’
Queridos amigos, todos saben que soy el pintor más destacado entre los primeros ministros. Algunos dirían incluso entre cancilleres. Pero no se necesita ser un gran pintor para comprender que lo que se omite en una composición suele revelar más que lo que se incluye.
Hace algunos meses, el Consejo Europeo aprobó el plan de integración más ambicioso desde Jacques Delors: una Europa, un mercado. Un documento de gran alcance. Necesario. Visionario. Estratégico. Sin embargo, faltaba algo: los Balcanes Occidentales. Una región completamente rodeada por la Unión Europea. Una región situada físicamente en el corazón de Europa. Una región ausente de la visión que Europa tiene de sí misma. Como una mancha vacía en el centro del lienzo.
Europa se está retratando a sí misma con una imagen que cada vez se asemeja más a «El Grito» de Edvard Munch. Algo especialmente curioso dado que ese espacio vacío corresponde a uno de los corredores estratégicos más antiguos de Europa.
Hace más de dos mil años, los romanos construyeron la Via Egnatia. Conectaba oriente y occidente. Mercados con mercados. Personas con personas. Poder con poder. Los romanos entendían algo que a veces olvidamos: la conectividad no es solo infraestructura. La conectividad es poder. Y un sistema solo es tan fuerte como su eslabón más débil.
Europa necesita a Albania
Dos mil años después, Europa discute corredores energéticos, digitales, de movilidad militar, cadenas de suministro estratégicas y soberanía tecnológica. Pero la región por la que muchos de esos corredores fluyen naturalmente se mantiene fuera de esa arquitectura.
Los corredores energéticos que Europa requiere atraviesan nuestro territorio. Las redes digitales que Europa busca necesitan nuestra tierra. Los minerales críticos que Europa ha redescubierto como estratégicos están bajo nuestro suelo. China entiende esto. Rusia lo entiende sin dudas. Europa también lo sabe, pero a veces olvida considerarlo cuando formula sus planes.
¿Y saben qué? La Via Egnatia cruzaba el continente justo donde hoy se encuentra Albania. Albania ha abierto sus treinta y tres capítulos de negociación más rápido que cualquier otro país candidato en la historia de la ampliación. Estamos avanzando con una determinación férrea. Nuestro objetivo es claro.
Concluir las negociaciones para 2027 y convertirnos en miembros plenos de la Unión Europea antes de que finalice esta década. Y permítanme ser también claro: para Albania, el acceso no es solo entrar en un club, ni recibir fondos, ni adquirir ornamentos institucionales.
Se trata de transformar nuestro Estado, nuestras instituciones y nuestra mentalidad. Es completar la transformación democrática más profunda en la historia nacional. He sido una de las primeras voces en nuestra región que apoya los beneficios sustanciales de la integración gradual. Pero la integración gradual no debe convertirse en un retraso eterno ni en una sala de espera interminable.
¿Es la reunificación de Europa una ‘necesidad verdaderamente estratégica’?
Porque si la reunificación de Europa es genuinamente una necesidad estratégica, los Balcanes Occidentales no pueden permanecer atrapados entre las evaluaciones objetivas de la Comisión y las ansiedades subjetivas de los Estados miembros. Esa contradicción es cada vez más insostenible. La solución no es ni complicada ni costosa. Integrarnos ya en la arquitectura estratégica europea. Darnos voz antes que veto. Facilitar nuestra participación antes que nombrar comisionados. Otorgar responsabilidades antes que adornos institucionales. Incorporarnos a la Unión de la Energía. A la Unión Digital. A los marcos comunes de seguridad. A los instrumentos financieros compartidos. A las cadenas comunes de suministro.
Porque Europa no puede hablar seriamente de autonomía estratégica mientras mantiene un vacío estratégico en su centro.
Helmut Kohl no preguntó si la reunificación era perfecta desde el punto de vista administrativo. Preguntó si la división perpetua era aceptable desde una perspectiva estratégica. Esa es una cuestión mucho más profunda. Quizá la pregunta que Europa debería plantearse hoy.
‘La historia rara vez avanza porque la burocracia esté lista’
La historia casi nunca avanza porque la burocracia esté preparada. Avanza porque los líderes deciden que debe hacerlo. Y Europa no puede permitirse perder tiempo en debates bizantinos sobre detalles irrelevantes mientras los muros de Constantinopla ya tiemblan por la tormenta en ciernes. Señoras y señores, el futuro europeo no se definirá solo por la geopolitica. También será definido por la innovación.
Y la próxima gran contienda entre naciones no girará principalmente en torno a territorios. Se librará a partir de la inteligencia: inteligencia artificial, infraestructuras digitales, investigación científica, soberanía tecnológica, capacidad para innovar más rápido que los competidores. La inteligencia artificial no es solo otra revolución tecnológica; se está convirtiendo rápidamente en la base sobre la que descansarán el poder económico, las capacidades militares, el liderazgo científico y la resiliencia democrática.
La soberanía requiere escala
Por primera vez desde la Revolución Industrial, el liderazgo tecnológico no solo definirá quién se enriquece, sino quién mantiene su soberanía. Europa comprende esto. Por eso habla cada vez más de soberanía tecnológica. Pero la soberanía exige escala. Y la escala demanda integración. Ningún continente puede aspirar seriamente a liderar la revolución IA mientras excluye voluntariamente a millones de ciudadanos, miles de ingenieros, territorios estratégicos y talentos sin explotar de su ecosistema innovador. Europa no puede ganar la carrera del siglo XXI con una mano atada.
Por su parte, Albania está llevando adelante una de las transformaciones digitales más ambiciosas de Europa. Estamos rediseñando la administración pública en torno a la tecnología. El 95% de los servicios públicos están digitalizados. La reducción de la burocracia se ha convertido en una prioridad absoluta. Implementamos la inteligencia artificial en la administración no porque sea una moda, sino porque la innovación es el camino más corto entre la periferia y el centro.
Un Albania más verde, digital y moderno beneficia no solo a Albania, sino a toda Europa. Porque la competitividad europea dependerá cada vez más de la movilización de todo su talento, geografía y potencial. Y los Balcanes Occidentales no son solo candidatos, sino contribuyentes al futuro competitivo de Europa. Cuanto antes Europa comience a ver la ampliación no como una concesión, sino como una inversión, más fuerte será.
Esto me lleva a uno de los mayores retos que enfrenta Europa, menos visible que las amenazas militares o las crisis económicas, pero igual de peligroso: la erosión de la democracia.
Durante décadas se asumió que más información derivaría en ciudadanos mejor informados. Esa suposición resultó errónea. Hoy las mentiras circulan mucho más rápido que los hechos.
‘La indignación se propaga más rápido que las evidencias’
La indignación se difunde con mayor rapidez que la verdad. Los algoritmos favorecen el enojo más que la realidad. Las turbas digitales pueden volverse más influyentes que las instituciones democráticas. Las realidades completas pueden fabricarse antes que los hechos logren asentarse. Y quizá la mayor paradoja de nuestra era es que confundimos la libertad de expresión con la libertad de alcance.
No son lo mismo. La libertad de expresión es un pilar de la democracia. La libertad de alcance representa un poder tecnológico sin precedentes que ninguna democracia ha enfrentado hasta ahora. Históricamente, todos los sistemas propagandísticos han seguido el mismo principio: sofocar la libertad genuina de expresión al tiempo que maximizan el alcance de sus mentiras. Los instrumentos cambiaron, pero el mecanismo sigue igual. Hoy la tecnología ha industrializado el alcance.
Una mentira ya no necesita un ministerio. Una falsedad ya no precisa de un periódico. La manipulación no requiere un canal estatal. Un algoritmo puede cumplir en minutos lo que antes demandaba años. Antes, los sistemas autoritarios restringían la libertad de expresión para monopolizar el alcance; hoy las democracias protegen el alcance ilimitado en nombre de la libertad de expresión. Pero no son iguales. La libertad de expresión protege a los ciudadanos de la censura. La libertad de alcance da un poder sin precedentes a quienes manipulan la percepción.
Por ello, nos enfrentamos a una incómoda pregunta: ¿cuánto tiempo más podrán las sociedades democráticas tratar este fenómeno como una simple extensión de la libertad de expresión? Porque cuando la manipulación coordinada, las redes de bots, la amplificación algorítmica y la desinformación masiva moldean la percepción pública, influyen en elecciones, desestabilizan instituciones y distorsionan la realidad, no se trata solo de expresión: hablamos de poder, de seguridad, de soberanía.
Europa está invirtiendo cientos de miles de millones de euros en capacidades militares, sistemas de defensa aérea, ciberseguridad, protección de infraestructuras críticas y autonomía estratégica. Todo ello es vital. Pero ¿qué valor tendrán esos escudos si nuestras sociedades permanecen indefensas ante la manipulación sistemática de las mentes humanas? ¿Qué valor tendrá la resiliencia militar si la resiliencia democrática colapsa? ¿Qué valor tendrá la seguridad territorial si los ciudadanos pierden gradualmente la capacidad de discernir hechos de falsedades?
Europa necesita un ‘escudo para la era de los algoritmos’
El próximo gran desafío para la seguridad quizá no sea un ejército cruzando fronteras, sino una avalancha de falsedades lo suficientemente potente como para quebrantar la arquitectura misma de la vida democrática. Y a diferencia de ataques convencionales, el objetivo no es ocupar territorio, sino ocupar la percepción, debilitar la confianza, dividir a las sociedades, paralizar la toma de decisiones democráticas y hacer que los ciudadanos duden de todo salvo de su propio grupo.
Europa no necesita solo un escudo contra misiles; también requiere uno para la era de los algoritmos. Y si tuviera que elegir por dónde comenzar, empezaría ahí. Hace pocas semanas mi país experimentó un ejemplo vívido: un proyecto turístico en la costa albanesa se convirtió repentinamente en el centro de una tormenta digital internacional. Se presentó como un hecho indiscutible una catástrofe ambiental. La corrupción se declaró probada sin ninguna evidencia. Las conspiraciones crecían por horas. Las acusaciones se transformaron en titulares, los titulares en verdades, las verdades en dogmas. Y quien pedía pruebas era sospechoso.
Menciono esto no porque el proyecto en sí importe solo a Europa —que sí lo hace— sino porque revela algo aún más importante. La indignación generó millones de impresiones antes que se expusieran los hechos. Las narrativas recorrieron el mundo antes que los procedimientos documentados pudieran atravesar una sola sala. Esto ya no es un fenómeno albanés. Es un fenómeno europeo. Americano. Democrático. Y si las democracias no defienden la diferencia entre hechos y ficción, entre escrutinio e histeria, entre crítica y linchamiento digital, perderán, más pronto que tarde, algo mucho más valioso que cualquier argumento político: la confianza.
‘Cuando la confianza desaparece, las instituciones se debilitan’
Y cuando la confianza desaparece, las instituciones pierden fuerza. Al debilitarse las instituciones, la política tradicional pierde legitimidad. A medida que legitima disminuye, prosperan los demagogos. El centro se debilita. Los márgenes crecen. La política se convierte en una competencia de escaladas en lugar de una búsqueda de soluciones. La democracia no suele colapsar porque la gente deje de votar. Sucede cuando los ciudadanos dejan de creer que la verdad existe independientemente de su afiliación tribal.
Así es como los sistemas democráticos se vacían desde adentro. No a través de tanques. Ni golpes de estado. Sino con el reemplazo gradual de la realidad por tribus enfrentadas de realidades alternativas. Por eso el futuro de Europa depende no solo de la fuerza militar, la competitividad económica o la innovación tecnológica, sino también de nuestra capacidad para defender la realidad misma. Defender la evidencia. Defender la razón. Defender la disciplina difícil, pero indispensable, de los hechos.
‘Europa hoy necesita coraje. El coraje de Adenauer. El coraje de Kohl’
Señoras y señores, Europa hoy requiere coraje. El coraje de Adenauer. El coraje de Kohl. El coraje para reunificar. El coraje para innovar. El coraje para reconocer que la ampliación no es caridad, sino estrategia. Y el coraje para proteger la democracia no solo de quienes la atacan desde fuera, sino también de la lenta corrosión que puede debilitarla desde adentro. Albania está lista. Lista para reformar. Lista para innovar. Lista para contribuir. Lista para asumir su parte de responsabilidad.
Pero la verdadera cuestión no es si Albania está lista, sino si Europa está preparada. Preparada para culminar la obra inacabada de su propia historia. Preparada para reunir su geografía con su imaginación estratégica. Preparada para actuar por necesidad y no por demora. Porque la historia rara vez espera a que los procedimientos sean perfectos. Espera a que el liderazgo reconozca el momento y actúe en consecuencia. Y aquí, en Berlín, donde Alemania encontró una vez el valor para reunir pacíficamente lo que la historia había dividido con fuerza, la pregunta para Europa se vuelve clara: ¿está Europa lista para su próximo momento Helmut Kohl?

