El filme, inspirado en la popular novela romántica de Alice Kellen, se rodó en variadas localizaciones de Euskadi, donde la costa vasca cobra el papel de un personaje más dentro de la película
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El cine ha descubierto un valioso recurso en las adaptaciones literarias, relatos que pasan de las páginas al cine y reimpulsan las ventas de sus autores. Este es el caso de Todo lo que nunca fuimos (2026), una película basada en la conocida novela romántica de Alice Kellen, que se posicionó como uno de los títulos más buscados por los lectores en la reciente Feria del Libro de Madrid. La bilogía Deja que ocurra, integrada por Todo lo que nunca fuimos y Todo lo que somos juntos, ha vendido más de un millón de ejemplares y ha sido traducida a más de diez idiomas, como búlgaro, italiano, francés y alemán.
Dirigida por Jorge Alonso, la película sigue a Leah (Margarida Corceiro), una joven de 19 años devastada por la muerte de sus padres en un accidente vial. Convertida en una sombra de su antiguo ser, su existencia toma un nuevo rumbo cuando su hermano mayor, Oliver, acepta un empleo en Berlín y deja su cuidado en manos de Axel (Maxi Iglesias), su amigo más cercano. Juntos vivirán un proceso de sanación emocional que los unirá más de lo previsto, en una trama donde el amor emerge entre las heridas de la tragedia.
La costa vasca como protagonista esencial
Para representar la historia de Leah y Axel, el equipo de Todo lo que nunca fuimos seleccionó algunos de los lugares más destacables del litoral guipuzcoano. El resultado es una cinta en la que el Cantábrico, los acantilados de flysch y la cultura del surf se integran orgánicamente en la trama, mientras las olas y las escenas sobre la tabla refuerzan una identidad visual profundamente vinculada al mar.
Entre los escenarios con mayor presencia estuvo Zumaia, reconocida por sus impresionantes acantilados de flysch, una formación geológica singular que exhibe capas de roca frente al mar. La playa de Itzurun y las áreas del Geoparque de la Costa Vasca ganaron fama mundial tras servir como locación para varias escenas de Juego de tronos, representando la isla de Rocadragón.
Zumaia y Zarautz como escenarios principales
También adquirió relevancia Zarautz, cuya playa de más de dos kilómetros es considerada una de las principales capitales del surf en España. Las tomas grabadas en su icónico paseo marítimo, con vistas al islote de Mollarri y al perfil de Getaria al fondo, sacan provecho de la estrecha conexión de la localidad con el mar y aportan a la historia una atmósfera más luminosa y relajada.
La producción también incluyó San Sebastián, grabando escenas en varios puntos emblemáticos de la ciudad, como la bahía de La Concha, el Peine del Viento de Eduardo Chillida y el monte Igueldo. La elegancia de sus paseos marítimos y las vistas al Cantábrico completan la identidad visual de esta película en la que el mar mantiene un papel predominante .
La filmación se extendió también a Madrid, donde se rodaron principalmente escenas de interiores necesarias para el desarrollo de la trama. Frente al movimiento urbano, los paisajes de Gipuzkoa aportan serenidad y belleza natural que acompañan el recorrido personal de Leah y Axel: una historia marcada por el amor, la pérdida y las segundas oportunidades.
El cine ha hallado un recurso valioso en las adaptaciones literarias, relatos que pasan de las páginas al cine y reimpulsan las ventas de sus autores. Este es el caso de Todo lo que nunca fuimos (2026), una película basada en la conocida novela romántica de Alice Kellen, que se posicionó como uno de los títulos más buscados por los lectores en la reciente Feria del Libro de Madrid. La bilogía Deja que ocurra, integrada por Todo lo que nunca fuimos y Todo lo que somos juntos, ha vendido más de un millón de ejemplares y ha sido traducida a más de diez idiomas, como búlgaro, italiano, francés y alemán.

