El archivo confidencial de José Antonio: relaciones, la misiva oculta de Azaña y el intento de un golpe para establecer una dictadura republicana

Una de las páginas del diario secreto de José Antonio Primo de Rivera. Las claves

El libro “Diario secreto de José Antonio” desvela aspectos íntimos y poco conocidos de la vida de José Antonio Primo de Rivera, incluyendo sus relaciones amorosas y personales.

El diario refleja la complicada relación entre José Antonio, Franco y Azaña, desmintiendo leyendas acerca de su papel en la Guerra Civil y su supuesto apoyo a los golpistas.

Según el diario, José Antonio se unió tardíamente al golpe de Estado de 1936 y llegó a proponer una dictadura republicana con el objetivo de mantener el orden y la República.

El libro incorpora cartas inéditas y anécdotas que evidencian la distancia ideológica y personal entre José Antonio y Franco, así como la manipulación de su figura tras la guerra.

Desde hace días, me tiene absorbido el tema de la entrepierna de Keynes.

Durante los años del instituto, descartaba la imaginación para escapar de la “demanda agregada” y embarcarme en la Isla del Tesoro. Siendo de letras mixtas, decidí que, en contra de la Biología, el viejo John Maynard Keynes carecía de entrepierna.

Keynes era meramente un número, una teoría. Un hombre soporífero capaz de extinguir el entusiasmo de muchos adolescentes con unas pocas palabras. Keynes resultaba contrario a las canciones que queríamos crear.

Esa ha sido mi forma (anti)keynesiana hasta que hallé en un libro esta escena: el viejo Keynes, no tan viejo, en un teatro, junto a una mujer hermosa, explorando febrilmente el camino de la entrepierna.

Los cuarenta años de franquismo, con su censura recelosa de los ombligos, ocasionaron un gran daño. No sé qué ocurre hoy que en España todo comienza y termina en las entrepiernas.

La mujer que acariciaba a Keynes en el teatro, quien le solicitaba una demanda agregada al placer, se llamaba Elizabeth Asquith; más conocida como la princesa Bibesco. Era una mujer inteligente, bella, escritora y afilada como una lanza. Hija de un primer ministro liberal británico y esposa de un aristócrata rumano.

Esa mujer —descubrí al leer este magnífico libro— fue antes amante de José Antonio Primo de Rivera. Y lo relevante: volvió locos tanto a Azaña como a José Antonio —aunque solo tuvo relaciones con José Antonio—, y logró que los dos se hicieran -más o menos- amigos.

Suficiente como para que Azaña enviara una carta secreta a José Antonio en la cárcel de Alicante poco antes de su fusilamiento.

El libro se titula “Diario secreto de José Antonio” (Espasa, 2026) y está firmado por otro José Antonio, Martín Otín, más conocido como Petón. Sabía que Petón llevaba años volcando en un libro definitivo su investigación obsesiva y vital sobre su tocayo, el fundador de Falange.

Hace décadas publicó “El hombre al que Kipling dijo sí”, obra agotada, cuyo precio en Iberlibro superaba los quinientos euros e incluso fue pirateada. Ahora, por veinte euros, reúne tanto lo legendario como lo nuevo hallado.

José Antonio Martín Otín, periodista y escritor.

Me lo contaba Petón ocasionalmente frente a una tortilla líquida en la taberna Pedraza. Lo que no sabía es que —hizo bien en ocultarlo— había encontrado una agenda realmente secreta de José Antonio que, como cerezas, contenía historias fascinantes que nos llevaban, por ejemplo, a la entrepierna de Keynes.

Sin embargo, lo más relevante del diario son las revelaciones de José Antonio, viajando en el túnel del tiempo de este otro José Antonio, sobre el papel de la Falange en el golpe de Estado de julio de 1936, que desencadenó la guerra civil.

Lo más destacado es que José Antonio llamaba “cerdos” a Franco y a los demás generales golpistas por querer usar a los jóvenes de Falange como carne de cañón en el golpe.

O lo crucial quizás, es que José Antonio no tomó parte —más bien se unió al final— en la preparación de la sublevación y llegó a ofrecer a Portela Valladares en marzo de 1936 —recientemente presidente del Consejo de Ministros— un golpe para conservar la República y el orden, salvándola de la violencia callejera, la quema de iglesias y el incendio de periódicos.

No por convicción democrática o liberadora, por supuesto.

José Antonio Primo de Rivera apoyaba lo que Miguel Maura llamaba “dictadura nacional republicana”; una dictadura sindicalista, integrada por todas las clases sociales, con una justicia social fuertemente redistributiva basada en algunos postulados que hoy podrían identificarse tanto con Vox como con Podemos.

Nunca fue demócrata. José Antonio Primo de Rivera abrazó la “dialéctica de los puños y las pistolas”. Su proyecto estuvo inmerso en la violencia callejera de los años treinta, pero él fue tan antifranquista como Carrillo, aunque desde la posición opuesta.

Agregar estas precisiones le ha generado a Petón la acusación de “blanquear” al falangista, pero él responde con humor, consciente de la ridiculez de la crítica: “En todo caso, rojiblanquear, que soy del Atleti”.

En este libro, lo significativo es que se relata esa historia con decenas de datos, en su mayoría inéditos o desconocidos. Sin embargo, a mí, quienes evitaban la “demanda agregada” de Keynes, lo que más me ha interesado es todo lo que desmiente el mito de las dos Españas.

Ese entramado de relaciones —amistosas, amorosas y algunas sexuales— que persistió en Madrid hasta el 18 de julio de 1936. Las cosas pudieron ser diferentes, pero acabaron en guerra y represión.

Este libro traza el camino desde José Antonio a Azaña, de Lorca a José Antonio, de José Antonio a Durruti. Y así sucesivamente, con el tiempo de las cerezas, colándonos en la rendija de la Historia para comprender, ¡increíble tras tanto tiempo!, que José Antonio Primo de Rivera tuvo poca relación con Franco, que se sumó al golpe en el último momento y que fue ideológica y políticamente sepultado tanto por la derecha como por la izquierda.

Esto no sé si es mejor o peor; simplemente así sucedió.

Ni el franquismo ni el antifranquismo quisieron divulgar que José Antonio Primo de Rivera, posiblemente arrepentido de la violencia de los puños y pistolas, intentó desde la cárcel un gobierno de concentración nacional y un armisticio; ni que suplicó por escrito que no se derramara nunca más sangre entre hermanos.

Con José Antonio, a los niños del franquismo les ocurría lo mismo que a los niños de la Democracia con Keynes. Del monje que enseñaba nacionalcatolicismo al monje que explicaba la demanda agregada. Y ambas cosas eran falsas.

Al franquismo le interesaba ocultar que José Antonio, mujeriego empedernido, tuvo varias amantes, algunas solteras, otras casadas, y que mantuvo relaciones prematrimoniales. El diario es tan íntimo que refleja incluso sus dudas morales derivadas del cristianismo tras una noche con una mujer.

José Antonio era peculiar. Realmente como cualquiera. Contradictorio. Amaba la literatura, pero terminó en la política. Se enamoraba diariamente, aunque fuera formado en una educación tradicional. Y así sucesivamente. Lo fascinante es descubrirlo en sus propias palabras.

Retrato de José Antonio Primo de Rivera, líder de Falange.

Este diario secreto de José Antonio no pretende reescribir la Historia. No busca ensalzar ni desprestigiar al líder de Falange. Es una obra fascinante para recorrer los años treinta a través de las caderas, las entrepiernas y las ideas… lejos de los mitos. Cerca de las emociones que mueven a las personas: el amor, el sexo, los libros, el deporte, la música, la poesía…

Para ilustrar con un ejemplo: lo relevante no es que Portela Valladares recibió, efectivamente, la oferta de José Antonio para dar un golpe manteniendo la República —aunque convertida en dictadura—, sino que la propuesta fue recibida en su habitación del Palace, con bata puesta, su mujer en rulos y una botella de champán en la cubitera.

Las biografías de múltiples personajes se entrelazan con datos inéditos y también con fotos desconocidas, extraídas de colecciones privadas. Siempre con José Antonio en el centro, uno de los políticos que marcó el siglo XX español.

Por eso este relato, el de la agenda de piel de cocodrilo, pequeña como una cajetilla de tabaco, debía comenzar con Elizabeth Bibesco. Petón, como descubrió la agenda, halló una carta que José Antonio envió a Bibesco desde la cárcel en marzo del 36, donde había sido retenido por orden de Azaña.

Gracias a esa carta, que muestra a un José Antonio irónico y jovial, sabemos que Azaña lo encarceló en marzo de 1936 para protegerlo: “Pero tú no estás en España —le dice a Bibesco— y este idiota me encarceló en lugar de llamarme para conversar rápidamente”.

José Antonio y Azaña conversaban. Mantuvieron comunicación hasta el final. Y nadie quiso que se conociera. Esto coincide con el testimonio del embajador estadounidense Bowers, quien dejó por escrito que Azaña le pidió a José Antonio que abandonara España hasta calmar la situación y que, ante su negativa, lo encarceló para salvarlo de la muerte. Algo que supo la familia Primo de Rivera completa.

El diario que sirve de base para el libro comenzó a redactarse el 1 de marzo de 1936, doce días antes de que José Antonio fuera arrestado en Madrid. Luego fue trasladado a Alicante, donde no recuperó la libertad.

Cuando Petón recibió el diario —estaba entre los objetos que Indalecio Prieto devolvió a la familia desde el exilio años después—, estaba incompleto. Faltaban páginas.

¿Qué querían ocultar? También desaparecieron las páginas de los diarios de Azaña correspondientes a los días del fusilamiento de José Antonio. ¿Y si ahí narró don Manuel la carta y una posible intentona para liberarlo?

Esta conexión, estas hipótesis, este afecto desde la más absoluta distancia política, desmentían el mito que Franco construyó de su enemigo Primo de Rivera. Y también dañaba la intención de la izquierda de convertirlo en un anticristo similar a Franco.

De José Antonio Primo de Rivera, en realidad, el franquismo dejó solo el Cara al Sol, los gritos oficiales y los retratos, como dice Petón. Nada de sus pasiones, amantes o vocación literaria; parecía un monje sin vida sexual.

Para empeorar las cosas, Franco y José Antonio compartieron nicho durante décadas. Si existe vida más allá, la exhumación habrá sido un alivio para ambos.

José Antonio Primo de Rivera.

El diario original es breve y se circunscribe a esos días cruciales de marzo, pero Petón lo usa como excusa para plasmar la investigación de toda una vida.

Sabemos que Franco y José Antonio se llevaban mal desde que la Falange alquiló un piso de la mujer de Franco en Asturias como sede del partido y que el militar ordenó romper ese contrato de inmediato.

Después, al conocerse en persona, no existió química entre ellos. Así lo relataba con detalle Serrano Súñer, íntimo de José Antonio y cuñado de Franco.

La adhesión de José Antonio al golpe del 18 de julio se dio a través del general Mola, quien se sublevó bajo la bandera de la República y, con ideas más afines a las de José Antonio, fue censurado por Franco en plena guerra y prohibido de hablar en la radio… hasta que su avión se estrelló. O fue derribado, quién sabe.

Destacamos esta apasionante entrada inédita escrita por José Antonio en prisión el 29 de marzo:

Toda la mañana estuvo llena de rumores. Que si Azaña planeaba entregar el poder a los socialistas tras las elecciones municipales (…) y que para impedirlo se preparaban uno, dos o tres golpes de Estado.

Que todos querían contar con la Falange, solo como fuerza de choque, esos muy cerdos. Y que el golpe ya no era político ni necesitaba dirección política, sino que sería realizado por el Ejército. ¿Creerán que un golpe de Estado es tarea musical? ¿Qué entenderán por política?

Ahora ofrecen a la Falange el papel de salir a la calle para apoyar y aclamar a los vencedores… Nos avisaron varias veces de que sería la noche siguiente y que lo primero sería rescatarnos.

Por supuesto, no dejamos de acostarnos, ni tampoco tomamos precauciones que habrían sido prudentes contra la degollina que nos esperaba encerrados como pájaros si el golpe fracasaba y el “pueblo” venía a impartir justicia.

Finalmente, a última hora, nos comunicaron que todo se aplazaba para mejor ocasión. Creo que esos días se hablaba a gritos del golpe por toda Madrid, sin prudencia alguna, como durante el 10 de agosto. Nuevamente, la máscara de la heroicidad estaba presente en las calles.

Unos días antes había escrito: “¡Todavía! Siguen pensando que esta es una tropa alquilada al servicio de la derecha y de los generales”.

Podemos concluir que la Falange se sumó al combate, al golpe de Mola y Sanjurjo, casi tan tarde como Franco, y lo hizo porque el “albondigón” del Movimiento —así lo llamó Mercedes Fórmica— era más cercano que la república.

Franco estuvo muy preocupado al crear el partido único —fusionando elementos tan distintos como carlismo, monarquía y falangismo— porque sabía que esa mezcla podía estallar. Similar a lo que pasó en la República con la mezcla de socialismo, comunismo, nacionalismo e Izquierda Republicana.

Pero a Franco no le estalló porque fue más duro, cruel y coordinado en la represión de la disidencia. Casi llega a eliminar a Hedilla, el falangista amigo de José Antonio que se rebeló contra el partido único y fue encarcelado.

Tal vez lo hizo con conocimiento de otra revelación de este diario: Franco, para justificar su fusión, hizo creer a todos que los jóvenes que combatían a su lado en el frente habían unido sus sindicatos antes de la guerra.

Pero José Antonio escribió en su diario que esa reunión, que él lideró, fracasó, no hubo sindicato único, quedó para más adelante y no prosperó, en parte por las diferencias ideológicas.

La tesis de Franco de que los jóvenes seguidores que tenía habían decidido unirse antes que él, por mandato dictatorial, era una mentira, como casi todo lo que dijo sobre José Antonio.

José Antonio Primo de Rivera.

Así llegamos a la víspera del 20 de noviembre, el día del fusilamiento. Un militante del partido de Azaña, el doctor Vega, médico personal del presidente republicano, acudió a la cárcel con un sobre sin remitente, entregado por un superior, un tal Amós Salvador, para José Antonio.

Cuando el doctor Vega le entregó la carta a José Antonio —relata Petón a partir de una entrevista al mensajero—, éste dijo: “No esperaba menos de él. Lo agradezco de corazón. Cumplo con el compromiso, aunque me gustaría quedarme este papel”.

José Antonio encendió una cerilla y convirtió el papel en cenizas.

Años después, este doctor asistió en el lecho de muerte al hombre que le entregó la carta para el fundador de Falange. Y Amós Salvador le dijo: “¿Recuerdas aquella carta? Era de Azaña”.

Sin embargo, las páginas del diario de Azaña, robadas por los servicios secretos y censuradas durante el franquismo, fueron mutiladas en los días del fusilamiento.

Muchos en la izquierda y derecha opinan que, si José Antonio no hubiera sido ejecutado, habría sido difícil que Franco gobernara cuarenta años a su antojo.

Lo más surrealista, concluye Petón, es que los fusileros no tuvieran la reacción de liberar a José Antonio en el bando franquista, durante la guerra, para generar un gran conflicto y disolver ese Movimiento único que tanto los aplastó.

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