Estrategias de un especialista en envejecimiento para enfrentar la soledad y el deterioro en una población creciente

Para 2030, la OMS prevé que una de cada seis personas tendrá al menos 60 años

Foto: Un grupo de personas juega al dominó en Miami. (Reuters/Eva Marie Uzcategui) EC EXCLUSIVO

El envejecimiento de la población es una tendencia conocida desde hace tiempo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), para el año 2030 uno de cada seis habitantes del planeta tendrá 60 años o más, lo que equivale a 1.400 millones de personas mayores. Sin embargo, esto no es todo; la institución dirigida por Tedros Adhanom indica que la velocidad del envejecimiento poblacional es notablemente superior que en épocas previas.

Al centrarse en la población de más de 65 años, que a enero de 2022 representaba más del 19% de la sociedad española, uno de los desafíos relacionados es la soledad. De hecho, diversas investigaciones científicas señalan que la soledad y el aislamiento social constituyen problemas crecientes de salud pública, con uno de cada tres individuos experimentando en algún momento cierta sensación de soledad.

Por ello, ¿cómo influye la soledad en el proceso de envejecimiento de una sociedad que cada vez cuenta con una población más longeva? El especialista en envejecimiento de la Universidad de Rosario (Colombia), Luis Carlos Venegas Sanabria, destaca que lo primordial es considerar que muchas personas atraviesan esta etapa solas.

“Creo que la sociedad actual debe comenzar a idear redes amplias de relaciones sociales, no limitándose únicamente a la familia, sino incluyendo amigos o personas con afinidades comunes”, aconseja este experto en geriatría. En otras palabras, es necesario fomentar estos vínculos no solamente durante la tercera edad, sino desde etapas anteriores.

‘Cohousing’ para personas mayores

Como ilustración, comenta que en diferentes regiones del mundo se promueven los cohousing, un modelo en el que personas que alcanzan una etapa determinada de su vida desean mantener una convivencia social, por lo que comparten el alquiler de un espacio donde residir. En múltiples ocasiones, estas viviendas se encuentran dentro de senior living, un sistema asistencial adaptado a sus requerimientos.

“Opino que este es el camino a seguir y que, efectivamente, se avanzará hacia él, especialmente porque la sociedad no solo envejece, sino que además es habitual que las familias tengan pocos hijos, o incluso ninguno. En consecuencia, será cada vez más necesario contar con redes sociales amplias, no limitadas exclusivamente al círculo familiar”, profundiza.

No solo la soledad es un factor relevante, sino también el aislamiento social. Aunque puedan parecer conceptos similares, este docente subraya sus diferencias. Según Venegas, el aislamiento se refiere a la limitación que experimenta una persona para participar en actividades, ya sea por falta de oportunidades, ausencia de una red social fuerte o debido a condiciones físicas o cognitivas; mientras que la soledad denota una sensación subjetiva de estar solo, independientemente de la existencia o no de un acompañamiento familiar o social consolidado.

En cualquier caso, ambas condiciones impactan negativamente en la cognición. “Existe una relación bidireccional: la sensación de soledad puede facilitar la aparición de problemas cognitivos, pero asimismo, si se presentan dificultades cognitivas, estas pueden llevar al aislamiento y a incrementar la sensación de soledad”, explica.

En 2025 se llevó a cabo un estudio con la participación de 13.782 mujeres y 6.406 hombres, destinado a analizar la relación entre ambos conceptos y el envejecimiento saludable. Los resultados indicaron que en las mujeres, la combinación de aislamiento social y soledad se vinculaba con una probabilidad “significativamente menor” de un envejecimiento saludable. Por ello, los autores enfatizaron la relevancia del apoyo social para mantener la salud en las personas mayores, más allá del control tradicional de factores de riesgo.

Estos datos coinciden con las afirmaciones de Venegas, quien recalca que la soledad puede acelerar el deterioro físico y cognitivo durante el envejecimiento “de manera indiscutible”.

“Cuando una persona se siente sola, es probable que abandone determinadas actividades sociales, lo que puede desencadenar algún trastorno afectivo, como la depresión. Además, si no solo está sola, sino que tampoco participa en actividades sociales, se intensifican los procesos de envejecimiento”, añade, enfatizando que somos una especie social, donde muchas interacciones diarias ocurren en grupos o núcleos sociales.

Si una persona mayor no tiene acceso a estos grupos, sufrirá un deterioro, una menor participación y menor interacción, lo que puede acelerar ciertos procesos de empeoramiento. Del mismo modo, si se fortalecen los vínculos sociales, es posible revertir algunos de esos cambios.

Estudio reciente con implicación española

Recientemente, Venegas ha publicado un estudio en Aging & Mental Health con fuerte presencia española. Aunque sea el autor principal, la investigación contó con la colaboración de expertos de la Universidad de Valencia y la Universidad de Navarra. El propósito era evaluar la vinculación entre la soledad y la evolución de la memoria.

Para ello, excluyeron personas con demencia, partiendo de la premisa de que la memoria disminuye inevitablemente con la edad. “La rapidez o intensidad de esa disminución es lo que determina si el deterioro es normal o anormal”, resume el investigador.

La conclusión principal fue que quienes reportan una alta sensación de soledad comienzan con un nivel de memoria inferior al resto. Conforme pasa el tiempo, no se detectaron diferencias en la tasa de declive, pues ambos grupos mostraron un descenso similar.

“La diferencia radica en que, aunque ambos disminuyan por igual, las personas con alta soledad partían desde un punto más bajo. Por ello, al finalizar el seguimiento, su memoria estaba evidentemente peor”, sintetiza sobre este estudio, donde se evaluaron más de 10.000 personas durante seis años.

Este hallazgo ha llevado a pensar que, aunque la soledad es una variable crucial en las personas mayores y requiere evaluación, se debe abordar desde edades mucho más tempranas. En el estudio solo participaron mayores de 65 años, pero Venegas sostiene “indiscutiblemente” que es un aspecto que debe trabajarse antes, ya que probablemente el daño a las funciones cognitivas provocado por la soledad ya se ha instaurado al llegar a la tercera edad.

“Como profesionales de la salud, es necesario prestar atención a la soledad en personas de todas las edades y, en especial, quienes trabajamos con adultos mayores, debemos realizar una evaluación específica”, concluye.

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