Es profesor de investigación aplicada en demencia y vicedecano de innovación en la Norwich Medical School de la Universidad de East Anglia (Reino Unido)
Nacido en Frankfurt (Alemania) en 1976, Michael Hornberger es actualmente profesor de investigación aplicada en demencia y vicedecano de innovación en la Norwich Medical School de la Universidad de East Anglia (Reino Unido). Su trabajo se enfoca en investigaciones pioneras para optimizar el diagnóstico, seguimiento y tratamiento de los síntomas de esta demencia. Aun rozando los cincuenta años, es uno de los especialistas europeos más jóvenes en su campo.
Una de las líneas de estudio más innovadoras de Hornberger se vincula a los videojuegos. El investigador fue uno de los creadores de Sea Hero Quest, un juego móvil diseñado para analizar cómo las personas se orientan en el espacio, una capacidad que suele deteriorarse rápidamente en el alzhéimer. Mientras los usuarios navegan por escenarios virtuales y completan misiones, el juego recopila datos sobre su sentido de la orientación.
El experto sostiene que, aunque el alzhéimer es una enfermedad compleja, su comprensión no debería ser complicada. Bajo este enfoque, acaba de publicar Enredados (Crítica, 2026), un libro que ofrece una guía clara, accesible y rigurosa para entender qué sucede en el cerebro de quien padece esta enfermedad.
Como en las páginas de su libro, el especialista se muestra con El Confidencial muy divulgativo, empleando mensajes claros y precisos. Su meta es la misma: servir como un apoyo para quienes conviven con el alzhéimer, temen desarrollarlo o desean conocer qué pueden hacer para cuidar su cerebro. Hornberger detalla qué factores elevan el riesgo y qué hábitos favorecen la protección cerebral. Además, expone de manera sencilla los avances recientes en diagnóstico y tratamiento, desde biomarcadores hasta análisis sanguíneos, para que cualquier persona pueda orientarse en un área que evoluciona constantemente.
PREGUNTA. ¿Estamos realmente ante una crisis sanitaria global por el alzhéimer?
RESPUESTA. Sí. Se prevé que la prevalencia del alzhéimer aumente en las próximas décadas. En Europa, Norteamérica y Japón ya se observan cifras elevadas. Sin embargo, el mayor incremento se registrará especialmente en el denominado “Sur Global”, que incluye Sudamérica, África y el sudeste asiático, regiones donde las poblaciones comienzan ahora a envejecer. Por eso, las previsiones máximas de aumento de casos se concentran en estos países.
De hecho, ya surgen iniciativas relevantes. Por ejemplo, recientemente se estableció un consorcio africano sobre demencia. Aunque en África la población es aún mayoritariamente joven, cuando envejezca superará ampliamente el número de casos que hoy tienen Europa y Norteamérica.
P. A pesar de estas iniciativas en diversos países y la lucha sostenida en Europa, ¿estamos preparados para afrontar lo que vendrá en las próximas décadas?
R. No del todo. Sin embargo, creo que los gobiernos han comenzado a reconocer este desafío. Similar a lo ocurrido con las enfermedades cardiovasculares en los años 60 y 70, y con el cáncer en las décadas siguientes, ahora es necesario hacer lo mismo con la demencia. Es una patología muy común que demanda una inversión mucho mayor.
Actualmente, la financiación destinada a la investigación en demencia corresponde a solo un tercio de la destinada a la investigación sobre cáncer en cada país. Es imprescindible un cambio importante en este aspecto.
P. ¿De qué manera se puede fomentar ese cambio?
R. Desde varias perspectivas. En primer lugar, los gobiernos deben tomar conciencia del problema y adaptar los sistemas sanitarios y de cuidados sociales.
Por otro lado, la filantropía está cambiando notablemente. Por ejemplo, la Fundación Gates de Bill Gates, que hasta hace pocos años financiaba muy poca investigación sobre demencia, actualmente está aportando recursos significativos.
Además, recae una responsabilidad individual: las personas deben conocer su riesgo de demencia y qué medidas pueden tomar para mitigarlo.
P. Usted lleva años estudiando esta enfermedad. ¿Qué fue lo que más le sorprendió al comenzar su investigación y que aún no se comprende bien a nivel público?
R. Cuando inicié, el panorama era completamente distinto. No se sabía casi nada; ni siquiera se podía medir lo que ocurría en el cerebro de pacientes vivos. Era necesario esperar a que fallecieran para confirmar el diagnóstico mediante autopsia. Eso ha cambiado radicalmente en los últimos años.
Al principio se utilizaban escáneres cerebrales costosos, como PET o resonancias magnéticas, o el análisis del líquido cefalorraquídeo. Hoy en día, estamos avanzando hacia análisis sanguíneos. Esto supone un cambio significativo: ahora no solo es posible diagnosticar el tipo de demencia, sino también identificar a personas antes de que presenten síntomas.
P. Durante largos años se ha discutido mucho sobre las proteínas amiloide y tau. ¿Estamos hoy más cerca de comprender su función precisa o persisten grandes interrogantes?
R. Actualmente se conoce bien la biología de cómo estas proteínas se acumulan en el alzhéimer. Sin embargo, aún no entendemos por qué ambas son necesarias para que surja la enfermedad ni cómo interactúan.
Otra interrogante clave es por qué se concentran en regiones muy específicas del cerebro, habitualmente las relacionadas con la memoria o la orientación.
Quien logre contestar estas cuestiones, probablemente recibirá un Premio Nobel.
P. Los tratamientos actuales se enfocan principalmente en el amiloide, aunque no están obteniendo resultados impresionantes. ¿Estamos abordando el problema adecuadamente?
R. Los tratamientos dirigidos al amiloide han mejorado notablemente. Las terapias más recientes pueden eliminar hasta el 80% del amiloide cerebral con menos efectos secundarios.
Esto permite enlentecer la progresión, pero probablemente no frenar completamente la enfermedad, puesto que aún no se ha abordado la tau.
Existen diversos ensayos clínicos en marcha para tratamientos contra la tau. La mayoría de investigadores considera que en el futuro será necesario combinar terapias dirigidas a amiloide y tau para detener o incluso curar la enfermedad.
P. ¿Cree que en su vida verá un tratamiento realmente efectivo?
R. Sí. Si me hubieran preguntado hace cinco años, habría sido pesimista. Hoy en día soy bastante optimista.
Estimo que en los próximos 5 a 10 años se producirán avances significativos y surgirán tratamientos capaces de frenar drásticamente la enfermedad e incluso detenerla.
Esto también planteará nuevos retos, ya que el alzhéimer podría convertirse en una enfermedad crónica, lo que implicará detectar a los pacientes mucho antes.
P. ¿Cuál considera el principal obstáculo científico para lograr una cura?
R. Son varios. Uno es que el amiloide y la tau son proteínas que cumplen funciones normales en las células. El desafío consiste en atacar únicamente las formas patológicas sin dañar sus funciones normales, lo que explica por qué los tratamientos iniciales tenían numerosos efectos secundarios.
Otro gran reto es identificar a las personas lo más temprano posible. Actualmente somos bastante buenos detectando la enfermedad una vez aparecen los síntomas, pero predecir quién desarrollará alzhéimer sigue siendo mucho más difícil.
P. Prevée grandes avances en la próxima década, pero ¿cómo visualiza el tratamiento del alzhéimer dentro de 20 años?
R. Espero que podamos detectar la enfermedad antes de la aparición de síntomas y tratarla a tiempo. Me gustaría que el manejo fuera similar al de hoy con el colesterol o la hipertensión: realizar una prueba, administrar medicación, modificar hábitos y mantener una vida saludable. Ese sería el ideal.
P. ¿Por qué aún no existe un sistema de cribado para la detección temprana del alzhéimer?
Porque los análisis sanguíneos que permitirán detectar el riesgo todavía están en desarrollo. Además, hay un dilema ético: si se descubre a alguien con alto riesgo pero no existe un tratamiento efectivo, ¿qué se hace con esa información?
Con la llegada de nuevos medicamentos, probablemente estaremos mucho más cerca de resolver este problema.
P. En su libro aborda riesgos y estilo de vida. ¿Hasta qué punto podemos influir en el riesgo de desarrollar alzhéimer?
R. El impacto del estilo de vida está muy subestimado. La evidencia científica muestra que hasta el 50% del riesgo de demencia puede reducirse mediante ajustes en los hábitos de vida. No es necesario cambiarlo todo. Mejorar dos o tres factores clave puede tener un impacto considerable.
En el futuro, probablemente se combine medicación con modificaciones del estilo de vida.
P. ¿Qué cambios recomendaría para disminuir el riesgo?
R. El principal es controlar los factores cardiovasculares.
En Inglaterra se dice que “lo que es bueno para el corazón es bueno para el cerebro”. El cerebro requiere un sistema cardiovascular saludable.
Esto implica realizar actividad física, mantener una dieta saludable, evitar fumar y consumir alcohol con moderación.
Otro factor crucial es el sueño. Durante el sueño, el cerebro elimina proteínas como el amiloide y la tau. Dormir mal o tener un sueño fragmentado incrementa el riesgo.
P. ¿Cuál es el mayor mito sobre el alzhéimer que le gustaría desmentir?
R. El mito más extendido es que el alzhéimer es parte del envejecimiento normal, y eso no es cierto, es una enfermedad. En Europa esta idea está desapareciendo, pero en otras regiones aún existen personas que creen que es un proceso natural del envejecimiento o incluso que tiene causas sobrenaturales.
P. En su libro explica que la enfermedad está ligada a cambios específicos en el cerebro. Si tuviera que resumirlo para alguien sin formación científica, ¿qué ocurre exactamente en el cerebro cuando aparece el alzhéimer?
R. Diría que dos proteínas comienzan a acumularse en el cerebro. Cuando se acumulan en exceso, se vuelven tóxicas para las neuronas, provocando su muerte.
Nombres propios más allá de Alzheimer
P. Más allá de Alois Alzheimer, aparecen otros nombres que han tenido una gran influencia en el descubrimiento de la enfermedad, como el de Oskar Fischer, un científico casi olvidado. ¿La historia de la ciencia fue justa con él?
R. No, la historia de la ciencia no fue justa con Oskar Fischer. Realizó contribuciones cruciales en el estudio de la enfermedad, casi al mismo tiempo que Alois Alzheimer, pero su trabajo quedó relegado y no recibió el reconocimiento que merecía.
Esto se debió en parte a que Alzheimer contaba con el apoyo de Emil Kraepelin, un psiquiatra muy influyente que impulsó que la enfermedad llevara su nombre. Por ello, algunos en la comunidad científica opinan que debería denominarse enfermedad de Alzheimer-Fischer para reconocer también la labor de Fischer.
Paradójicamente, Alzheimer tampoco fue especialmente conocido en vida por este hallazgo: en sus obituarios ni siquiera se menciona este caso, sino otros trabajos realizados por él.
P. Otro nombre destacado es Auguste Deter, la primera paciente descrita por Alois Alzheimer. ¿Por qué su caso sigue siendo relevante más de un siglo después?
R. Porque su caso fue también muy peculiar. A diferencia de la mayoría de pacientes que Alzheimer atendía, personas mayores en su mayoría, Deter era relativamente joven cuando empezó a mostrar síntomas, lo que llamó especialmente la atención del médico y motivó un estudio detallado.
Con el tiempo, los científicos pudieron analizar nuevamente el tejido cerebral de Auguste Deter, que se conserva. En la década de 2010 se realizaron estudios en Alemania que revelaron que tenía una mutación genética muy rara que explicaba la aparición temprana de la enfermedad. Por eso su caso sigue siendo importante hoy: no solo fue el primer diagnóstico formal, sino que también permitió comprender la existencia de formas genéticas y poco comunes de alzhéimer que pueden manifestarse mucho antes de lo habitual.

