Patxi López, portavoz del PSOE, permanece callado en el Congreso tras las controversias por presuntas irregularidades en las primarias del partido en 2017.
Se han divulgado mensajes que vinculan a Koldo García con la manipulación de votos a favor de Pedro Sánchez durante ese proceso.
La oposición utiliza la sesión de control para denunciar recientes escándalos que afectan al Ejecutivo, mientras el ambiente en el Parlamento se encuentra agitado por interrupciones y gritos.
La respuesta oficial del Gobierno ante estos escándalos se centra en la gestión posterior a las crisis, sin abordar la prevención de los problemas.
Aquí tenemos a Patxi López, justo debajo, unos pocos metros en vertical desde la Tribuna de Prensa. A Patxi podría haberlo incluido Tusquets en esa colección titulada «La sonrisa vertical». Porque a Patxi no se le reconoce lo suficiente. Siempre sonríe, siempre tiene un comentario gracioso. Es una sonrisa absolutamente vertical, que nace en Moncloa y se refleja en él.
Hoy era un día para acompañarlo, para comprender, como enseñaban las monjas en el colegio, el valor de una sonrisa en momentos difíciles. A Patxi le han robado, le han robado frente a todo el país y él lo sabe.
Patxi no ha optado por acudir a una comisaría ni a un tribunal. Ha guardado silencio con resiliencia. Prefirió permanecer en su escaño, cumplir con sus votantes y sacrificar su honra para proteger la del país.
Pocas horas antes de esta sesión de control, donde nos adentramos, este medio publicó los mensajes intercambiados por Koldo con su esposa durante las primarias de 2017. En esos textos se relata el fraude. Koldo le pide a su entonces pareja que introduzca votos de «cuatro rumanos» –a favor de Sánchez– para adulterar el resultado. Ella confirma que la maniobra tuvo éxito.
En aquel 2017, Sánchez se enfrentó tanto a Susana Díaz como a Patxi.
Pero Patxi, con sus apuntes en cuartillas y sus caramelos, se presentó puntual, como un miércoles cualquiera, en su cita con el escaño. Aquel Patxi de 2017, tan irónico como ahora, humillaba a Sánchez preguntándole, Pedro, si tenía claro qué es una nación. La sonrisa vertical tuvo su impacto: Sánchez aún no lo sabe y ahora tampoco sabe Patxi.
Resulta imposible no creer en el espíritu. Sánchez no está presente. En su asiento, por precaución, en caso de que Puigdemont requiera algo, hay un pinganillo. Y una caja negra. La caja negra de los Smint de María Jesús Montero. Sánchez está sólo en espíritu y, aún así, Patxi calla.
El Ulises de Portugalete posee la fortaleza de guardar silencio para proteger al Estado.
De vez en cuando observa el móvil, otras veces mira al techo, donde estuvieron los disparos de Tejero, y en ocasiones, con menos intensidad que en otras ocasiones, dirige la vista hacia la bancada del PP, que habla de robo y atraco.
Cuando Sánchez no está, la sesión se transforma en un purgatorio para los desorientados. Una expresión semejante a la de Patxi tenían los ministros de Sumar, que ya no saben si representan a Yolanda Díaz o a Rufián. Un diputado del PP pregunta a la vicepresidenta por los conflictos internos que relató Jorge Semprún, mientras Mónica García busca algo en su mochila.
Se le caen objetos a la ministra de Sanidad como si fueran sus escaños en las encuestas. Hasta que, cuando parece que va a aparecer el piolet, saca un bálsamo labial.
Observamos a los ministros de Sumar. A Mónica García, Ernest Urtasun, Pablo Bustinduy, Sira Rego. Y de reojo a Gabriel Rufián, discípulo destacado de Ortega, arquitecto de España, que viste como en Falcon Crest. Permanecen con la mirada fascinada de poetas, casi siempre en silencio, esperando que alguna causa contra la extrema derecha les permita sentirse orgullosos –y aplaudir– a su propio Gobierno.
La oposición enumera los escándalos. Con poco ingenio y mucho lugar común, para ser sinceros. Que si primarias manipuladas, que si el jefe de la Policía dimitido por una presunta agresión sexual, que si Koldo, que si Ábalos, que si Santos, que si el fiscal general…
¡Ellos, Sumar, que llegaron con la promesa de regenerar la política! ¡La sonrisa vertical, Patxi, que publicó títulos como «Las 120 jornadas de Sodoma»!
Luego interviene Belarra, quien califica de «ser despreciable» al propietario de Mercadona; y transita del análisis grotesco al lúcido describiendo con precisión la vida actual en España para la clase media-baja y media: los alquileres, el aumento del costo de vida, los salarios bajos…
Y un remate contundente: «Vox crece, pero son ustedes quienes alimentan el fango donde prospera la extrema derecha». Más razón que un santo.
Una de las degradaciones éticas más notables es la contestación a los escándalos que figura en el discurso de Moncloa. ¡Reaccionamos de forma ejemplar! ¡Estamos gobernando casi ocho años, estas cosas ocurren, pero cuando lo hacen, respondemos muy bien!
Esa es, juramos, la contestación. Ocurrió lo de Santos. Lo cesaron. Ocurrió lo de Ábalos. Lo destituyeron. Sucedió lo de Koldo. Lo apartaron. Sucedió lo del fiscal. Cumplieron con la resolución. Y ahora… ocurrió lo del jefe de Policía. Lo han forzado a dimitir.
Como si el tiempo fuera la única causa, un suceso inevitable, el paso de las magdalenas en Proust. Lo mismo ocurre con el colapso de las infraestructuras. No importa el colapso, sino cómo se responde a él. Porque este Gobierno responde. Si gobierna o no, es incierto, pero tiene respuesta para todo.
Sobre Vox, poco puede decirse, manteniéndose en su línea, dificultándole cada vez más las cosas a Feijóo y facilitándoselas a Sánchez. Hoy, su líder Pepa Millán afirmó –también juramos que es cierto–: «El salvaje oeste son los barrios de Barcelona donde no hay ningún español». Al final, sin quererlo, terminarán prohibiendo la entrada de Trump en España.
En el PP, en el escenario más sencillo de la legislatura, el de las arenas movedizas, siguen sin darse cuenta, al parecer, que sus alianzas con Vox provocan el crecimiento de Abascal y el descenso de Feijóo. Este miércoles, Pedro Sánchez no estuvo porque viajó a la India. Y el PP sí asistió, pero se marchó a Turquía.
La mayoría de sus diputados golpean los escaños, impiden la continuidad de la sesión, gritan, unidos con Vox, ¡dimisión, dimisión! –dimisiones necesarias– primero a Marlaska y luego a Puente. Confundiendo, embriagados de populismo, la jungla con la democracia parlamentaria.

