Ciertas dinámicas que surgen de la frustración o de la idea de que el animal debe aprender lo que no está bien son contraproducentes, ya que generan inseguridad y miedo

Educar a un perro no es una tarea automática ni una simple lista de órdenes memorizadas. Es un proceso prolongado, con múltiples matices, que requiere más que solo constancia. Necesita paciencia para respetar el ritmo del animal, empatía para comprender que no experimenta el mundo igual que los humanos y una reflexión sincera sobre la manera en que nos relacionamos con él.
Durante mucho tiempo, la educación canina ha oscilado entre soluciones rápidas y métodos milagrosos: enfoques que aseguran resultados inmediatos, obediencia total y comportamientos “ideales” en pocas semanas. Sin embargo, la convivencia con un perro no busca la perfección, sino el vínculo afectivo.
Aunque esta conexión suele ser profunda, la confianza que el animal deposita en su dueño puede verse afectada por ciertas dinámicas que a menudo pasan inadvertidas. “¿Sabías que algunas conductas que realizas sin darte cuenta pueden minar la confianza de tu perro en ti?”, afirma Carlos Míllara, educador canino y fundador de CANMIGOS, expertos en ansiedad por separación en perros.

Estas actitudes se repiten con frecuencia, ya sea porque se consideran inocuas, por falta de conocimiento o porque se cree que son eficaces para educar al perro. No obstante, Míllara destaca que tales prácticas pueden tener un impacto negativo sobre el animal, provocándole pérdida de confianza y episodios de ansiedad.
“Eso deteriora vuestra relación”
El creador de CANMIGOS, en uno de sus vídeos en TikTok, menciona algunas de estas conductas: “Gritarle, darle un manotazo en el hocico, encerrarlo en una habitación como castigo”. Estas reacciones suelen originarse por la frustración humana o la creencia de que el perro debe entender su error; sin embargo, la percepción del animal es completamente distinta.
“Se piensa que se está enseñando algo, pero, en realidad, el perro no comprende la razón”, explica Míllara. El problema no es solo la acción puntual, sino el aprendizaje emocional que se crea alrededor. “Lo único que interioriza es que eres impredecible y que, al equivocarse, le puede pasar algo negativo”. Este mensaje, reiterado con el tiempo, no corrige conductas, sino que “daña vuestra relación”.
Según Míllara, las consecuencias pueden ser significativas: “Eso provoca miedo, no aprendizaje”. Un perro que actúa movido por miedo responderá en ocasiones, pero lo hará desde la inseguridad, no desde la confianza. Esta inseguridad se convierte en el terreno propicio para desarrollar problemas de ansiedad, estrés y comportamientos indeseados que, paradójicamente, suelen agravarse con el castigo.
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La solución implica reorientar la educación: no enfocarse tanto en lo que el perro hace mal, sino en lo que puede hacer bien. “Enseñarle mediante refuerzo positivo cuál es el comportamiento adecuado y, sobre todo, trabajar en la prevención, entender las causas de su conducta y ofrecer alternativas”. De este modo, no solo se enseña sobre la conducta, sino sobre el origen que puede señalar: aburrimiento, miedo, falta de estimulación, inseguridad o mala gestión emocional por parte del propietario…
Míllara recuerda un principio esencial frecuentemente olvidado: “Los perros aprenden por asociación, no por castigo”. No vinculan una acción pasada con un castigo posterior, sino que asocian emociones con personas y contextos. Por eso, la clave no está en intimidar, sino en guiar. “Para que un perro confíe en ti, tu labor no es asustarlo, sino liderarlo”.

