
Fuente de la imagen, Gaviotas
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- Autor, Sofia Quaglia
- Título del autor, BBC Future
- 1 mayo 2026
- Tiempo de lectura: 13 min
Entre las extensas y remotas llanuras del este de Colombia, conocidas como Los Llanos y ubicadas a aproximadamente un día en coche de Bogotá, se extiende un frondoso bosque artificial de 80 kilómetros cuadrados.
Hace más de 50 años, una pequeña comunidad autosostenible, llamada Gaviotas, desafió las adversidades para prosperar en un terreno adverso, apoyándose en numerosos inventos ingeniosos y visionarios.
Estas innovaciones incluyen desde calentadores solares económicos hasta un columpio infantil que funciona también como bomba de agua; pasando por la silvicultura con especies comestibles y la producción de biocombustibles. Algunas ideas fueron adaptadas de prácticas ancestrales empleadas por las comunidades indígenas de la región, mientras que otras nacieron de la experimentación perseverante con recursos limitados.
Considerados en su origen como poco convencionales o extravagantes, muchos de estos dispositivos han resistido el paso del tiempo. Inicialmente desarrollados para cubrir necesidades específicas locales, han sido replicados con éxito en diversas zonas de Colombia y más allá. Los principios surgidos de estas experiencias han alentado iniciativas similares y han mostrado una forma alternativa de encarar la sostenibilidad.
No obstante, la comunidad misma —con su particular manera de vivir en un entorno desafiante— sigue siendo prácticamente singular.
“No comprendo por qué algo tan sencillo —tan simple como Gaviotas logró en uno de los lugares más inhóspitos del planeta— no se está implementando en otros sitios”, comenta Paolo Lugari, fundador de la comunidad en los años 60.
Mientras Gaviotas continúa ajustándose a un mundo en constante transformación, también despierta preguntas esenciales. ¿De qué manera se sostiene una comunidad sustentable en medio de cambios acelerados? ¿Qué gana y qué pierde la comunidad —y sus valores— a medida que avanza?

Fuente de la imagen, Gaviotas
Fue en 1966 cuando Lugari, un joven italo-colombiano proveniente de una familia política destacada, sobrevoló Los Llanos y quedó atrapado en una visión ferviente: establecer allí una comunidad verde y floreciente. Durante los años siguientes, trabajó en desarrollar este proyecto y convocó a personas cercanas para construir juntos ese asentamiento.
Finalmente, en 1971, adquirió un terreno en el departamento del Vichada, que registró a nombre de una fundación sin ánimo de lucro; así, aquel diverso grupo, compuesto por unas veinte personas, fundó el asentamiento denominado “Gaviotas” en honor a las aves blancas que sobrevolaban la zona mientras edificaban sus hogares.
Desde sus inicios, afrontaron enormes dificultades. El clima de Los Llanos se caracteriza por extremos incontestables: lluvias torrenciales que inundan el terreno y un sol intenso. En los años posteriores a su fundación, la región también fue sacudida por la violencia política, con varios grupos armados en lucha por el control territorial, vinculados al narcotráfico y al cultivo ilegal de coca.
A pesar de ello, Lugari reunió a personas de distintas profesiones. Viajó a Bogotá para incorporar científicos e ingenieros, incentivó a recién graduados e investigadores para que realizaran tesis vinculadas a proyectos sustentables en la sabana y estableció vínculos de trabajo con las comunidades indígenas nómadas y los ‘llaneros’, agricultores locales, quienes encontraron empleo allí. A finales de los 70, la comunidad superaba los 200 habitantes autosuficientes, según testimonios de Lugari.
Convivir en una "justa relación" con el entorno

Fuente de la imagen, Gaviotas
Para establecer una vida funcional en este entorno hostil, los habitantes de Gaviotas, entre ellos varios ingenieros jóvenes, crearon soluciones ecológicas económicas y estrechamente adaptadas a las características locales.
Varias ideas, como las viviendas comunales tradicionales y casas con techos tejidos con gruesas hojas de palma moriche, diseñadas para soportar lluvia y sol, derivan de la sabiduría del pueblo indígena guahibo, que habitó estos llanos nómadicamente antes de la llegada de Gaviotas.
Los guahibos transmitieron técnicas para tejer redes y hamacas con nervaduras de moriche, extraer aceite nutritivo del fruto y fabricar canoas ahuecando troncos.
Para obtener electricidad, Gaviotas explotó la intensa radiación solar. En cuanto a la captación de agua potable, desarrollaron bombas de agua de varios tipos, incluyendo una capaz de alcanzar 40 metros de profundidad, que se integró ingeniosamente con un columpio infantil para optimizar el uso durante el juego de los niños.
Asimismo, ingenieros locales diseñaron aerogeneradores ligeros específicamente aptos para captar las suaves y esporádicas ráfagas de viento que caracterizan estos llanos, tras 57 ensayos con distintos prototipos.
“La sensación era de seguridad y calidez, muy parecida a la vida en comunidad: existía un fuerte sentido de pertenencia y el conocimiento de cada persona alrededor”, relata Natalia Gutiérrez, nacida en Gaviotas en 1996. Su madre fue maestra y su padre ingeniero hidráulico. “Disfruté plenamente la infancia al aire libre, persiguiendo ranas”, añade.

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En la actualidad, Gutiérrez estudia en una universidad canadiense y cursa un año de intercambio en Italia; pese a ello, mantiene contacto estrecho con la comunidad y guarda cariño por su paso allí.
“El recorrido era breve: de casa a la oficina de mi madre, luego al comedor comunitario, y de ahí al río”, describe Gutiérrez, quien asistió a una escuela pequeña, dirigida por su madre, con aproximadamente otros diez estudiantes.
Recuerda haber cursado el currículo nacional estándar —incluyendo matemáticas, biología y arte—, además de clases particulares de Gaviotas sobre plantación de árboles y purificación y embotellado de agua.
En la planta embotelladora, el agua se almacenaba en recipientes diseñados para encajar entre sí, facilitando apilamiento, almacenamiento e incluso juego, actuando como bloques tipo Lego improvisados.
El enfoque de desarrollo local de Gaviotas es un claro ejemplo del llamado “movimiento de tecnología apropiada”, según Chelsea Schelly, profesora de estudios ambientales en la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU.).
“Ninguna tecnología puede ajustarse igual a todas las personas y lugares; por ello, es fundamental crear tecnologías adaptadas a cada entorno y sus particularidades”, afirma Schelly, quien ha estudiado comunidades sustentables y ecoaldeas en Estados Unidos similares a Gaviotas.
“Vivir de forma armoniosa con el sitio donde uno habita es una lección universal, que debería incorporarse en el diseño, sin importar qué se esté creando”, añade.

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Como sucede en todo experimento, también existieron inventos que no prosperaron, como un refrigerador solar que no funcionó correctamente, y molinos de yuca accionados con pedales, planeados para las familias locales.
Los lugareños de Los Llanos rechazaron estos molinos debido a que la molienda tradicionalmente era tarea femenina, mientras que pedalear era visto como una actividad masculina.
Aun así, según el libro “Un pueblo para reinventar el mundo” de Alan Weisman (1998), incluso estos fallos aportaron aprendizajes valiosos.
“Aprendí a tomar en serio cualquier idea en Gaviotas, por improbable que fuera. Incluso aquellas que fallaban a menudo conducían a algo exitoso”, escribe Weisman.
Muchos de los inventos de Gaviotas se han difundido fuera de esta comunidad independiente. Lugari asegura que se han instalado más de 5,000 aerogeneradores tropicales y 12,000 bombas de agua diseñadas por Gaviotas en la región y en otras partes de Colombia.
Miles de dispositivos esféricos solares para calentar agua, equipados con paneles capaces de capturar energía incluso en días nublados, se encuentran en el complejo Ciudad Tunal, con 5,500 viviendas asequibles en Bogotá. Otros 30,000 ejemplares se han puesto en uso en distintas partes del mundo, desde residencias de expresidentes colombianos hasta África, según Lugari.
Esta transferencia tecnológica a regiones con condiciones climáticas similares se considera una medida del éxito de Gaviotas, apunta Schelly.
“Nada de lo que desarrolla Gaviotas está patentado”, explica Lugari, una decisión compartida con muchas ecoaldeas que apuestan por la innovación de código abierto para fomentar su reproducción.
“Así que la gente puede copiarnos cuantas veces quiera, afortunadamente. Y si alguien intentase patentar nuestros proyectos para detenerlos, la creatividad de Gaviotas, que es su sello distintivo, generará nuevos cambios y creará algo distinto”, concluye.
Combustible de pino y un ecosistema comestible

Fuente de la imagen, Gaviotas
En los años 80, tras múltiples intentos fallidos de cultivar diferentes plantas, los pobladores de Gaviotas comenzaron a sembrar pino caribeño, siguiendo una sugerencia dada a Lugari durante un viaje a Venezuela.
Con subsidios del gobierno colombiano y japonés, plantaron ocho millones de plántulas de pino, inoculando las raíces con hongos específicos para mejorar su arraigo. Los pinos esbeltos brindaron progresivamente sombra y humedad, facilitando el crecimiento de otras especies y cultivos; esto abrió el camino a una agricultura sustentable: más de 250 variedades de plantas comenzaron a crecer en un suelo recuperado tras décadas de agresiva lixiviación causada por lluvias intensas, que lo habían acidificado, y alrededor de sesenta especies de mamíferos —como ciervos, capibaras y tapires— reconstruyeron el ecosistema.
Actualmente, cerca del 30% de los alimentos consumidos en la comunidad provienen del bosque, según Lugari. Cultivan limones, naranjas, lichis, tamarindos, café, plátanos, guayabas, entre otros.
“Es un bosque comestible. Su principal ventaja es que las especies presentes son perennes; permanecen durante todo el año y nos proveen alimento de árboles, plantas y arbustos”, explica Lugari.
“Existe un refrán que lo resume perfectamente: ‘Planta una vez y cosecha para siempre’”.
Los científicos y botánicos de Gaviotas comenzaron a extraer resina del pino para procesarla en una biofábrica a vapor. Actualmente, producen químicos derivados de la resina, como la trementina, usada como desinfectante y para crear fragancias, y la colofonia, utilizada en pinturas, barnices y ciertos cosméticos.
Los habitantes emplean biocombustible elaborado con aceite de pino caribeño cultivado en Gaviotas, mezclado con aceite de palma, para alimentar tractores y motocicletas que recorren el bosque artificial, exportando también al resto del país. (Estudios indican que el aceite de pino y otros biocombustibles son alternativas más limpias frente a combustibles fósiles, aunque generan emisiones).
“Reinventando el mundo”

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“Hemos visitado muchas comunidades en varios lugares, pero ninguna con la maravilla que representa Gaviotas”, comparte Gonzalo Bernal Leongómez, administrador de Gaviotas durante las décadas de 1980 y 1990.
Después de años soñando con crear una comunidad sustentable y ecológica, vio un reportaje sobre Gaviotas y decidió mudarse allí, junto a su esposa Cecilia Parodi y su hija, en 1978. Permanecieron en el lugar por más de diez años.
“Era un entorno sumamente dinámico. Recuerdo unos 150 proyectos interesantes desarrollados por estudiantes, ingenieros y especialistas forestales”, rememora Bernal Leongómez.
“Claro que la mayoría de esas ideas fueron un 1% de inspiración y un 99% de esfuerzo. Es necesario esforzarse, fallar y volver a intentar; vivir la experiencia”, añade.
Actualmente, el poblado alberga en torno a 50 familias, y cuatro residentes reciben pensiones por sus años de dedicación al bienestar comunitario, informa Lugari.
¿Será replicado alguna vez Gaviotas?
A lo largo de los años, cientos de científicos, artistas, arquitectos e ingenieros pasaron por el poblado, dejando su huella. Igualmente, visitantes de América Latina y otros continentes acudieron para aprender y colaborar en la réplica de sus inventos.
A finales de los setenta, el Banco Mundial otorgó fondos al gobierno colombiano para crear una comunidad similar llamada Tropicalia, ubicada en lo profundo de Los Llanos, pero el presupuesto fue insuficiente.
Otras iniciativas para copiar el modelo de Gaviotas han fracasado por problemas logísticos o quedaron sólo en ideas sin avanzar.
“Para reproducir estas iniciativas se necesita un método específico. No basta una mera lista de principios, sino entender cómo se implementa la labor sobre el terreno”, señala Pliny Fisk III, cofundador del Center for Maximum Potential Building Systems en Texas (EE.UU.), quien no participa en Gaviotas.
Fisk dedica su trabajo a estudiar ecoaldeas y comunidades globales como parte de proyectos de investigación y se pregunta recurrentemente: “¿Cómo replicar el modelo de Gaviotas? Hace falta una técnica concreta”.
Resalta similitudes entre Gaviotas y otras comunidades sostenibles como Auroville, “Ciudad del Amanecer” en India, y Curitiba en Brasil. Sin embargo, para que Gaviotas sea realmente replicable, debería sistematizar sus inventos y formalizar sus métodos, lo que podría hacer menos flexibles sus enfoques y reducir la adaptación a condiciones locales.

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Los miembros comunitarios aseguran que mucho ha cambiado respecto a sus comienzos.
Actualmente no disponen de escuela propia, y los niños asisten a centros educativos en aldeas cercanas.
Dentro de Gaviotas, los niños aprenden a través de un método parecido a “llevar al niño al trabajo”, según Lugari; además, seis coordinadores imparten educación informal en áreas como silvicultura, agricultura, energías renovables y biocombustibles.
El hospital comunitario cerró poco después de inaugurarse, debido a la dificultad para conseguir personal que cumpliera los requisitos estatales. Actualmente, la mitad del equipo de la fábrica proviene de comunidades indígenas cercanas, quienes trabajan semanalmente en la extracción de resina y reforestación para luego volver a sus hogares durante el fin de semana.
Natalia Gutiérrez, quien rememora con cariño su infancia en la comunidad, salió de Gaviotas a los 9 años para mudarse a Villavicencio, a ocho horas en automóvil, y asistir a la escuela tradicional aquí.
Sus padres querían que recibiera educación más global y contacto con el mundo exterior, con la esperanza de que luego valorara la atmósfera íntima de Gaviotas tras haber vivido fuera.
El padre de Natalia también dejó Gaviotas por un tiempo, regresando a otra región de Los Llanos luego del secuestro y asesinato de su padre en su finca; ahora ha vuelto a Gaviotas, junto con la madre de Natalia, 45 años después de haberse asentado inicialmente.
Natalia confiesa que su corazón sigue en Gaviotas y cursa un MBA en sostenibilidad en Canadá, con planes de dividir su vida entre Canadá y Colombia.
“Las comunidades evolucionan constantemente; no existe inmovilidad. Esto es cierto en general, pero puede ser más visible en comunidades intencionadas que buscan desarrollarse alineadas con sus valores, en lugar de quedar a merced del mercado”, comenta Schelly.
Gutiérrez sostiene que el legado de Gaviotas trasciende la aldea: “Algunos se fueron, otros permanecen; pero los valores de Gaviotas acompañarán a quienes crecieron allí”, afirma.
“Espacios como este no pueden desaparecer”, añade Teresa Valencia, madre de Natalia.
Lugari, con 81 años, vive actualmente en Bogotá, donde dirige la Fundación Gaviotas y se desplaza en un vehículo que utiliza combustibles derivados de resina. Tiene planificado quién asumirá el liderazgo y representación de la comunidad cuando él ya no esté, aunque prefiere reservar detalles.
Él comenta que su epitafio dirá algo parecido a: “Perdónenme por no poder levantarme para saludarlos, pero aquí sigo, soñando con dar vida duradera a Gaviotas”.

