Lejos de señalar una deshumanización, el especialista destaca que esto depende de nuestra forma de entender a los animales

Ya sea en la pantalla grande o en el entorno hogar, se repiten ciertas respuestas emocionales: cuando una película o serie logra su cometido, la emoción nos invade y contener las lágrimas se vuelve una tarea difícil. Algunas personas llegan a este estado solo ante escenas específicas, como la muerte en escena de un animal.
Existe una creencia común de que si alguien sufre más por la muerte de un animal que por la de un humano en una película, algo no cuadra en su escala emocional. A veces, este comportamiento se tilda de deshumanización, como si reflejara una desconexión con el dolor humano. Sin embargo, desde la psicología es posible cuestionar esta visión simplista.
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Las emociones no responden a jerarquías morales claras. La forma en la que ciertas escenas nos afectan está más vinculada a mecanismos internos, instintos y conexiones simbólicas que a una supuesta falta de empatía. Sobre este tema habla en uno de sus vídeos el veterinario conocido en redes sociales como Cal Vet (@cal.vet en TikTok).
“¿Alguna vez te cuestionaste por qué la muerte de una mascota duele más que la de una persona durante una película? Sí, tú lo sabes, yo también lo sé, y los productores de Hollywood lo entienden», señala el experto. Millones de espectadores comparten esta experiencia, aunque no siempre se expresa abiertamente.
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El veterinario ofrece ejemplos que evidencian esta realidad: “Dime si no sufriste más por el pastor alemán que por el tío Will en Soy leyenda, o por el gato que por su dueña en Un lugar tranquilo, o si no lloraste más por Hachiko que por su dueño”. Como insiste, no es casual que estas escenas perduren con tanta intensidad emocional.
El instinto de protección
“Antes de que llegue una oleada de antropomorfismos criticando la mente humana, déjame aclarar que lo que experimentas es mucho más común y, quizás, más humano que lo contrario”, afirma el veterinario. La clave, explica, radica en la manera en que percibimos a los animales.
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“La raíz de esta respuesta es mucho más instintiva, hasta científica, de lo que parece”, añade. “Comienza al comprender cómo concebimos a un animal, un ser completamente dependiente, sin maldad ni entendimiento del sufrimiento.” Esta percepción influye de forma profunda en la reacción emocional del espectador.
En este sentido, señala que se trata de “un ser que asociamos con una lealtad absoluta y amor incondicional”. Esta imagen simbólica activa mecanismos específicos: lo que importa no es tanto la escena, sino lo que el cerebro proyecta sobre esa figura.
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El veterinario plantea una comparación: “Seguramente, quienes no son amantes de los animales pensarán que esta reacción es similar a la que se tiene hacia un bebé o un niño, siempre que la adolescencia no haya alterado ese vínculo”. Ahí reside el núcleo del fenómeno, el factor decisivo.
“Todos esos valores activan con fuerza nuestro instinto de protección. Un instinto que la naturaleza nos dio para resguardar lo que considera esencial: la descendencia y la supervivencia de la especie”, detalla. A esto se añade otro aspecto psicológico importante. “La mente, cuando puede, evita el dolor.” En el caso de personajes humanos, el espectador suele encontrar mecanismos para mitigar el impacto emocional: “Si sucede a una persona, podemos justificar que quizás no era buena, que tenía defectos o incluso que lo merecía.”
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No obstante, ese mecanismo no funciona igual con los animales. “Es difícil actuar así respecto a un ser del que solo percibimos apego y ternura, carente de relaciones complejas o ambigüedades.” Según Cal Vet, la ausencia de esta complejidad emocional incrementa la intensidad de la reacción.
“En conclusión, el duelo no se rige por reglas morales, sino por la calidad del vínculo”, explica el veterinario. “Por ello, sentir más dolor por esto que por aquello no debería generar preocupación. Aunque alguien no sea amigo de los perros, esa sensación revela su humanidad.”
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