Una revisión ha evaluado datos de 17 ensayos clínicos con más de 20.000 participantes en los que se probaron medicamentos contra el amiloide para tratar la enfermedad, como lecanemab o donanemab, en fases relativamente tempranas
Durante años, la investigación sobre el alzhéimer se ha centrado en una idea predominante: que eliminando las placas de beta-amiloide en el cerebro se podría frenar o incluso detener el avance de la enfermedad. Esta teoría ha orientado miles de millones en inversiones, motivado el desarrollo de una nueva generación de fármacos y ha sido la base de algunas decisiones regulatorias muy debatidas en la última década. Actualmente, esa postura vuelve a ser cuestionada.
Una revisión sistemática de la Colaboración Cochrane —considerada el referente más riguroso en medicina basada en la evidencia— concluye que los medicamentos antiamiloide no generan efectos clínicos significativos en pacientes con deterioro cognitivo leve o demencia leve por alzhéimer, aunque sí logran eliminar el amiloide cerebral.
La conocida “hipótesis del amiloide” ha sido el eje principal en el desarrollo de tratamientos durante décadas. Bajo esta premisa, grandes compañías farmacéuticas han promovido anticuerpos monoclonales diseñados para eliminar dichas placas, incluyendo aducanumab, lecanemab y donanemab.
Algunos de estos medicamentos han llegado al mercado en medio de fuertes polémicas. En 2021, la FDA aprobó aducanumab a pesar de la oposición de una parte de su comité asesor, que cuestionaba su eficacia clínica. Más recientemente, lecanemab y donanemab han sido autorizados en diversos países, con decisiones variables: algunas agencias respaldan su uso, mientras que otras rechazan financiar su aplicación al considerar que el beneficio es demasiado limitado para justificar su costo.
El entusiasmo inicial se basaba en resultados que indicaban reducciones en el deterioro cognitivo de aproximadamente entre 25% y 35%. Sin embargo, numerosos expertos han señalado que estas diferencias, aunque estadísticamente significativas, podrían no traducirse en mejoras evidentes para los pacientes.
Beneficio marginal o inexistente
La reciente revisión de Cochrane examina 17 ensayos clínicos con más de 20.000 pacientes y concluye que, tras 18 meses de tratamiento, los efectos sobre la cognición y la severidad de la demencia son “nulos o insignificantes”, por debajo de los umbrales considerados clínicamente relevantes.
Además, los investigadores detectaron que estos tratamientos incrementan el riesgo de efectos secundarios cerebrales, como inflamación (edema) y microhemorragias identificadas mediante técnicas de neuroimagen.
El mensaje principal es contundente: la eliminación del amiloide no se traduce en mejoras reales en la calidad de vida de los pacientes.
Escaso beneficio y riesgos asociados
Parte de la comunidad científica comparte esta interpretación. Jordi Pérez-Tur, investigador del CSIC en el Institut de Biomedicina de València, explica al Science Media Centre (SMC) que las mejoras observadas en los ensayos son muy limitadas.
“Los pacientes tratados experimentan una mejora muy leve (menos de 1 punto, cuando se considera necesaria una diferencia de al menos 2 a 4 puntos)”, indica. Agrega que esto “difícilmente implica mejoras significativas en la vida diaria ni en la capacidad de mantener la autonomía”.
El investigador también destaca el problema del coste: “Si no se demuestra un efecto clínico relevante, ¿tiene sentido continuar utilizando estos fármacos?”, cuestiona, haciendo referencia a tratamientos que pueden superar los 25.000 euros al año.
En la misma línea, la neuróloga australiana Amy Brodtmann, de la Universidad de Monash, señala —según declaraciones al SMC Australia— que los efectos de estas terapias son “mínimos o insignificantes” y conllevan un mayor riesgo de efectos adversos como inflamación y hemorragias cerebrales.
Ausencia de consenso total
No obstante, no todos los expertos coinciden en la interpretación de los resultados.
Algunos critican que se haya mezclado en la revisión fármacos antiguos que fallaron en ensayos con otros más recientes que sí mostraron efectos positivos, aunque modestos.
Tara Spires-Jones, de la Universidad de Edimburgo, opina que esta metodología “debilita” las conclusiones. En declaraciones al Science Media Centre del Reino Unido, destaca que dos de estos anticuerpos —lecanemab y donanemab— “lograron desacelerar la progresión de la enfermedad” y han recibido aprobación en varios países.
No obstante, incluso estas opiniones reconocen las limitaciones: los medicamentos “no son perfectos, conllevan riesgos de efectos adversos serios y solo ralentizan ligeramente la evolución del alzhéimer”, advierte Spires-Jones.
Una defensa más explícita proviene del ámbito clínico. Xavier Morató, del Ace Alzheimer Center Barcelona, sostiene que existe una “alta correlación” entre la eliminación de placas de amiloide y la evolución clínica, y que tratamientos como lecanemab o donanemab pueden frenar el deterioro cognitivo en un rango de 27% a 35%, según declaraciones recogidas por SMC España.
¿Fracasa la hipótesis del amiloide?
Más allá de las diferencias, la revisión retoma una pregunta fundamental: si la eliminación del amiloide no produce mejoras significativas en los pacientes, ¿es realmente este el objetivo terapéutico correcto?
Los autores del estudio apuntan a un cambio de dirección en la investigación, sugiriendo que los futuros estudios deberían enfocarse en otros mecanismos implicados en la enfermedad, como la inflamación o la proteína tau.
Sin embargo, el campo sigue dividido. Como señala Brodtmann, la idea de abandonar el enfoque sobre el amiloide será “controvertida” en una comunidad científica donde esta hipótesis todavía cuenta con numerosos seguidores.
Un futuro incierto
En un escenario de enorme necesidad —el alzhéimer continúa sin contar con tratamientos curativos—, los anticuerpos antiamiloide representan tanto un progreso como una fuente de frustración.
Han demostrado que es factible modificar procesos biológicos clave del alzhéimer, pero, al menos por el momento, este avance no se refleja en beneficios concretos para los pacientes.
La cuestión que permanece abierta es si estos medicamentos constituyen un primer paso hacia terapias más efectivas o el cierre de una línea de investigación que ha predominado durante décadas.

