El exfutbolista del Real Madrid evita destinos exóticos para sus vacaciones y regresa al lugar donde creció.
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Desde hace tiempo, Iker Casillas halló un refugio ideal para escapar del bullicio, los focos y la presión mediática. No está en Madrid, ni en la costa, ni en ningún enclave exclusivo.
Su lugar preferido es Navalacruz, un pequeño municipio de la provincia de Ávila, ubicado en plena sierra, con aproximadamente 200 habitantes y una forma de vida que contrasta con el ritmo frenético del fútbol profesional.
En ese pueblo, el exportero del Real Madrid y la selección española se integra como uno más: camina por sus calles, comparte largas sobremesas y mantiene un vínculo profundo con las celebraciones y tradiciones que han marcado la historia local durante generaciones.
Navalacruz está rodeado de montañas, praderas y senderos que invitan al paseo y a la calma, con un clima de montaña que ofrece noches frescas incluso en verano. Para Casillas, habituado a concentraciones, viajes continuos y el bullicio de las grandes ciudades, este cambio de entorno es un auténtico descanso.
Sustituye los estadios abarrotados por el silencio de la naturaleza y el ruido de los gritos por el murmullo de sus vecinos, quienes lo reconocen como el «chico del pueblo» que alcanzó la cima. Venir en verano implica retomar costumbres sencillas: desayunos pausados, paseos por la plaza y visitas a familiares y amigos de siempre.
Iker Casillas, el 8 de enero de 2026. europa press
En Navalacruz, las vaquillas no son simplemente una festividad taurina, sino un ritual ancestral vinculado a las celebraciones tradicionales y al calendario festivo local.
La conocida Vaquilla forma parte de un conjunto de personajes y eventos que tienen sus raíces en la cultura rural serrana: jóvenes del pueblo se encargan de darle vida a esta figura, que recorre las calles simulando embestidas entre risas, carreras y algunos sustos controlados.
El ambiente es el habitual de las fiestas clásicas: vecinos asomados a los balcones, niños mezclándose con mayores y la plaza que se convierte en el epicentro del evento.
El punto culminante llega cuando la Vaquilla es «toreada» simbólicamente en un acto que combina humor, tradición y ese componente ritual antiguo que en los pueblos de la sierra siempre persiste.
Para Casillas, criado entre estas costumbres, regresar a Navalacruz durante el verano y en días de fiesta es reencontrarse con ese conjunto de vaquillas, música y verbenas que definen el calendario local más que cualquier encuentro de Champions.
En lugar de focos, hay farolillos; en vez de cámaras, móviles de los vecinos que lo ven como uno más; y sobre todo, un sentimiento de pertenencia que no se compra con títulos o contratos. Es el entorno ideal para que la leyenda del fútbol se convierta simplemente en Iker, el vecino que retorna a su pueblo natal.
Otro símbolo de ese vínculo es el bar que lleva su nombre en Navalacruz, que se ha transformado en una especie de santuario informal dedicado al portero.
Las paredes exhiben sus logros mediante fotografías, camisetas y recuerdos, pero el ambiente sigue siendo el de cualquier bar rural: tapas sencillas, tertulias futboleras y partidas de cartas que se prolongan hasta la noche. Para los vecinos es motivo de orgullo y un reflejo de que la fama no ha cambiado su relación con «el chico de Navalacruz».
Para Casillas es un recordatorio constante de que, a pesar de los títulos obtenidos, siempre tiene un lugar donde volver, un bar donde apoyarse en la barra y un verano que huele a montaña, vaquillas y vida rural.

