Los inhaladores han sido el centro de la polémica sobre emisiones, llegando incluso a compararse con la huella de la aviación, una controversia que consideran injusta, ya que les estigmatiza y pone en riesgo sus vidas
En España, cuando la sostenibilidad ha abandonado el PowerPoint para llegar a la consulta, el principal símbolo del debate no han sido las salas de cirugía ni el uso del aire acondicionado en los hospitales, sino los inhaladores. El tema escaló políticamente en mayo de 2024, cuando la Comisión de Sanidad del Congreso discutió y aprobó una PNL que recomendaba, “siempre que sea clínicamente viable”, priorizar los inhaladores de polvo seco y niebla fina para reducir la huella de carbono del sistema sanitario.
A partir de ese momento, el debate trascendió el ámbito técnico y se difundió con comparaciones de gran impacto que asociaban el uso de estos aparatos con viajes en avión o cientos de kilómetros en coche: se comunicó que un inhalador presurizado puede generar entre 28 y 36 kilos de CO2, frente a aproximadamente 1 kilo de uno de polvo seco, y que su uso mensual equivale a unos 300 kilómetros en coche frente a solo 6; incluso, a nivel nacional, su huella anual en España se comparó con alrededor de 13.000 vuelos Madrid-Londres.
Con Mónica García al mando de Sanidad, la orientación quedó además consolidada en febrero de 2025, cuando el ministerio publicó su guía de “prescripción sostenible de inhaladores”, que apuesta por priorizar alternativas con menor huella de carbono, pero añade un matiz fundamental: no modificar tratamientos efectivos ni comprometer el control de la enfermedad por razones exclusivamente medioambientales.
Justamente en esa tensión, entre la descarbonización del sistema sanitario y la realidad clínica, las asociaciones de pacientes han optado por posicionarse con firmeza.
Cansados de que todo gire en torno a los inhaladores
“Estamos un poco agotados de que cada vez que se aborda la sostenibilidad en sanidad se reduzca todo a hablar de inhaladores”, resume Mariano Pastor, presidente de la Federación Española de Asociaciones de Pacientes Alérgicos y con Enfermedades Respiratorias (Fenaer), en diálogo con El Confidencial.
Según comenta, la controversia comenzó a intensificarse hace aproximadamente tres años, con la aparición de informaciones que destacaban la huella de carbono de estos dispositivos, a menudo acompañadas de comparaciones llamativas que han contribuido a crear una percepción distorsionada. “Se han empleado ejemplos muy impactantes que no siempre cuentan con el contexto adecuado, lo que termina señalando al paciente”, afirma.
En la II Convención Nacional de Pacientes Respiratorios, organizada por Fenaer, se denunció cómo este tipo de mensajes perjudican gravemente a millones de personas que dependen de estos dispositivos. “Muchos pacientes los necesitan para sobrevivir”, se escuchó durante el evento. Para ellos, el núcleo del problema es clínico. Existen diferentes tipos de inhaladores —principalmente presurizados y de polvo seco— y no todos son efectivos para cada paciente.
Pastor explica que “no son intercambiables. Algunos pacientes requieren un modelo específico porque con otros no obtienen el mismo resultado”. En este sentido, desde la federación advierten que introducir modificaciones sin considerar la situación particular del paciente puede acarrear consecuencias.
“La adherencia a la terapia inhalada ya es por sí misma baja. No es comparable a la ingesta de una pastilla”, comenta Pastor. “Si además se cambia a un dispositivo que resulta menos adecuado o más complicado, aumenta el riesgo de mal uso”, agrega.
Esto puede derivar en un peor control de la enfermedad, más crisis y un mayor consumo de recursos sanitarios.
Solo representan un 0,09% de las emisiones
Aunque los inhaladores han monopolizado buena parte de la atención, su peso dentro del total de emisiones es relativamente reducido. En España, su impacto se ha calculado en torno al 0,09% de las emisiones totales, frente a otras fuentes del sistema sanitario que resultan mucho más significativas.
Si bien el foco está orientado hacia ellos, existen otros componentes de la huella climática sanitaria con un peso considerablemente mayor. Por ejemplo, los productos farmacéuticos constituyen la principal fuente del Alcance 3, con un 25%, y otras guías sitúan el impacto global del medicamento entre el 20% y el 30% de las emisiones totales, principalmente por su producción y transporte. A esto se suma la relevancia del transporte en general, con un 20% correspondiente a vehículos externos y otro 10% al transporte de servicios por terceros, mientras que los residuos representan un 16% y el papel apenas un 2%. Sin embargo, pocos temas han acaparado la misma visibilidad pública.
“Parece que se ha enfocado la atención en un segmento muy concreto, cuando existen otras áreas donde actuar con mayor impacto”, comentan desde el círculo de los pacientes.
El criterio clínico y la estigmatización
El mensaje principal de Fenaer es contundente: el criterio médico debe prevalecer. “Lo que defendemos es que prime el criterio clínico y las preferencias del paciente. El factor medioambiental es relevante, pero no puede ser determinante en exclusiva”, concluye Pastor.
Esta postura, en parte, coincide con las recomendaciones del Ministerio de Sanidad, que promueven avanzar hacia alternativas más sostenibles sin comprometer la eficacia del tratamiento.
Más allá del ámbito sanitario, las asociaciones denuncian un efecto colateral: la estigmatización. “Se está transmitiendo una imagen que puede generar en el paciente un sentimiento de culpabilidad por su tratamiento”, explica Pastor. “Y eso no es justo”, agrega. De hecho, la mayoría de los pacientes ni siquiera están al tanto del debate. “El problema surge cuando se realizan cambios y el tratamiento deja de funcionar como antes”, señala.
Desde Fenaer insisten, además, en que en ningún caso niegan el cambio climático ni el impacto ambiental de los inhaladores. En este sentido, recuerdan que los pacientes respiratorios son los primeros interesados en que la calidad del aire sea óptima, dado que su salud depende directamente de ello. Pero recalcan que estos dispositivos son esenciales para su vida y que, pese al protagonismo que han tenido, no figuran entre las fuentes más contaminantes del sistema sanitario.

