Cuando un médico suplicaba atender a Renee Nicole Good en sus últimos instantes de vida, asesinada brutalmente al igual que el enfermero Alex Pretti, un agente armado le respondió: “I don’t care” (no me importa). Pero sí que nos importa
Los clásicos se vuelven tales por la profundidad estética de sus creaciones y la verdad que comunican. Esto ocurre con John Ford. El renombrado director de westerns ofrece fuertes reflexiones morales en casi todas sus obras. En Prisionero del odio (1936), el asesino de Lincoln, John Wilkes Booth (Francis McDonald), al huir, hiere su pierna y busca ayuda médica. El Dr. Mudd (Warner Baxter) lo atiende sin saber quién es. Aunque no participaba en el crimen, es sentenciado a cadena perpetua en un juicio con escasas garantías jurídicas. Misión de audaces (1959) sucede durante la Guerra de Secesión. El Dr. Kendall (William Holden), dedicado al cuidado de los soldados heridos, es detenido por el riguroso coronel Marlowe (John Wayne) por asistir el parto de una mujer negra mientras acompaña a la tropa.
¿Qué debe prevalecer, proteger la salud del paciente que se tiene enfrente o respetar normas circunstanciales y convenientes? Desde sus orígenes, la medicina actúa comprometida con el cuidado de la salud. Ese es su valor esencial: tiene valor propio, independiente de otros factores; es un fin por sí mismo. Por otro lado, los valores instrumentales carecen de valor intrínseco. Son medios para alcanzar otros fines. Las reglas que limitan la atención sanitaria son medios de conveniencia, como ahorrar costos o mantener el orden social.
En una carta publicada en el New England Journal of Medicine el 29 de enero de 2026, titulada “We Do Care” –que se traduce como “sí que nos importa”– Bernard E. Trappey relata que cuando un médico rogaba poder atender a Renee Nicole Good en sus últimas horas, víctima de un asesinato brutal como el enfermero Alex Pretti, un agente armado le respondió: “I don’t care” (no me importa). Pero sí que nos importa.
Médico radicado en Minnesota, epicentro de las restricciones médicas contra inmigrantes ilegales, Bernard E. Trappey advierte que “nos hallamos en un momento sumamente delicado”, pues con el aumento del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) ha desaparecido un gran número de pacientes, lo que equivale a una oportunidad perdida: para intervenir, diagnosticar, iniciar o modificar tratamientos o revertir el avance de enfermedades crónicas”. Añade que los pacientes viven atemorizados: “Cuando los contactamos para saber su situación, nos informan que temen salir de casa, conducir o tomar transporte público”.
Ofrece múltiples ejemplos, ya que las políticas del ICE impactan a todos: ancianos, enfermos mentales, niños y gestantes: “Hemos presenciado con horror cómo agentes federales arrastran a una mujer embarazada en medio de la nieve y entendemos por qué muchas prefieren evitar la atención prenatal. Sin embargo, sabemos las consecuencias de la falta de atención prenatal. Algunas mujeres llegan a hospitales con un seguimiento insuficiente debido al temor de ser detenidas por ICE. Ellas y sus bebés corren riesgos; algunas llegan en condiciones críticas”.
Edmund D. Pellegrino describió las virtudes propias de la medicina que permiten ejercerla con excelencia. Señaló la valentía como la última. El profesional sanitario debe exponerse a riesgos físicos durante emergencias y a represalias políticas en ciertos contextos. Pellegrino afirma que un buen médico debe ser el defensor del paciente en un sistema que puede ser implacable. Esta responsabilidad está establecida en las normas profesionales desde sus inicios, aunque la cuestión no es solo cumplir reglas, sino comprender cuál es el propósito fundamental de esta profesión: cuidar la salud de los pacientes, que, aunque resulte duro y complejo, debe ser siempre la prioridad. En nuestro país, este principio se vivió intensamente durante el COVID. Asimismo, se experimenta diariamente en centros que atienden a personas en riesgo de exclusión e inmigrantes “sin papeles”.
Es más fácil ejercer la medicina inmerso en la rutina y la inercia, evitando confrontar la realidad. Sin embargo, como expone Bernard E. Trappey, no se trata de conceptos abstractos presentados en los medios; son vidas humanas, familias y comunidades que sufren con hechos concretos. Aunque los profesionales no sean superhéroes capaces de cambiar todo, sus acciones tienen impacto real. Lo demostraron los sanitarios de Minnesota y también muchos profesionales en España hace 13 años, cuando entró en vigor el Real Decreto 16/2012 sobre medidas urgentes para proteger la sostenibilidad del Sistema Nacional de Salud. Dicho decreto prohibía la atención primaria a inmigrantes “sin papeles”. Varios profesionales decidieron asistir a estas personas porque su vocación no distingue entre legales e ilegales, sino entre sanos y enfermos. Su conciencia les llevó a desafiar una norma que consideraban injusta, arriesgándose. En parte gracias a ellos, la norma se flexibilizó y se pudo brindar atención a los “sin papeles”.
¿Qué prima, cuidar la salud de quien está frente a uno, o respetar normas circunstanciales y convenientes? No son superhéroes, pero tampoco se debe actuar como meros mercenarios de sistemas que desnaturalizan la profesión. El arte, como muchas veces, confronta con la autenticidad, representada en médicos vocacionales como los fordianos Dr. Mudd y Dr. Kendall, para quienes sus pacientes siempre fueron lo primero.

