Pep Guardiola expresa su frustración y detalla varios cambios en su estrategia

«Vox nos confunde. También al PP. Por eso gana ventaja cuando actúa»

La presidenta del PP extremeño, María Guardiola, durante su discurso de investidura.

Las limitaciones en el conocimiento respecto a la complejidad del entorno nos obligan a simplificar el significado de acciones y decisiones. Esta simplificación tiene un aspecto positivo: condensa en pocas y claras motivaciones las razones más plausibles y generales de lo que intentamos explicar. Sin embargo, impide examinar el fenómeno en toda su extensión. Además, las causas atribuidas a las acciones que buscamos entender están influenciadas por los valores y prejuicios predominantes en una sociedad, que a su vez define ciertos lugares comunes. El modo en que se observa a Vox impide interpretar completamente su intención. Aunque no se descarta que en Vox procedan, como casi todos, de manera improvisada.

Vox representa un fenómeno poco común en los tiempos actuales: la derecha enfrentándose a la derecha. Esto ya se había visto en la izquierda. Vox nos desconcierta. Igual ocurre con el PP. Por eso aprovecha la ventaja cuando se mueve. Podemos se alineó con el PSOE debido a dos hechos coincidentes: Sánchez estaba dispuesto a todo con tal de acceder al poder [le bastaron 84 escaños], incluyendo absorber toda la retórica rupturista de Podemos y, además, logró controlar completamente su partido. Es decir, el PSOE dejó de existir en su versión habitual, su facción sistémica desapareció. Cuando Iglesias percibió que al frente del PSOE había un líder tan ambicioso y astuto como dócil y susceptible de corrupción, Podemos y Bildu se concentraron en proveer contenidos. Actúan como think tank y vanguardia de confrontación y agitación para Sánchez.

Sánchez sabía que Iglesias contribuiría a la caída de Rajoy. De Vox se deduce que nunca, ni por acción directa ni por omisión, permitiría que Sánchez renovara la Presidencia si pudiera evitarlo. Sin embargo, es capaz de crear un camino lleno de obstáculos y confusión hacia una posible alternancia. Eso puede terminar neutralizándola. Abascal ha logrado un objetivo: desgastar a Guardiola, quien, entre lágrimas, asimila su dependencia de Vox pese al 43% de los votos -¡43%!-, y medita sus cambios de estrategia. Guardiola ya ha mostrado múltiples facetas.

Lo que Abascal disputa con Feijóo es la percepción de dependencia. Vox depende más del PP que al revés, pero parece lo contrario porque Vox ha instalado en el electorado de derecha la idea de que, mientras el PP busca el poder institucional, Vox persigue un cambio real. Y juega con otra ventaja: al PP le preocupa lo que piense el mainstream, la izquierda y sus votantes; en cambio, a Vox solo le importa la opinión de los votantes de derecha y rechaza el antisanchismo de salón. No es cierto que más Vox signifique más Sánchez; pero sí lo es que un Vox menos dispuesto a pactar y más orientado a desafiar a Feijóo y sustituir al PP a medio plazo puede resultar en más Sánchez por acción indirecta.

Feijóo no erró al presentar sus condiciones para que prosperara cualquier negociación con Vox; tampoco al intentar establecer un decálogo marco para todas las autonomías. Sin embargo, cometió un desliz que Abascal aprovechó con astucia. Sugirió o presupuso que Vox se situaba fuera del marco constitucional. Vox recogió el desafío planteado por Feijóo: si Génova marca el marco negociador, entonces Extremadura, Aragón y Castilla y León van juntos. De paso, despoja a Guardiola de un elemento distintivo: que personalizó su campaña y presumió de actuar por su cuenta. Abascal busca en Feijóo lo que no encontrará y sí vio en Iglesias: un títere ansioso e inescrupuloso.

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