La influencia de Alexander Graham Bell en la comunidad sorda tras inventar el teléfono hace 150 años

Retrato de Bell cuando era joven

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    • Título del autor, BBC News Mundo
  • 7 marzo 2026
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Alexander Graham Bell, científico británico-estadounidense, es reconocido mayormente como el creador del teléfono… aunque no fue el único en ese logro. Sin embargo, para gran parte de la comunidad sorda global, su nombre genera un sentimiento muy distinto a la admiración.

Un aspecto fascinante de la historia de los inventos es la frecuencia con la que dos o más individuos trabajaron simultáneamente con un propósito idéntico.

Este es un caso de ello, aunque de forma curiosa, el objetivo inicial no era precisamente el teléfono.

Hacia la década de 1870, la telegrafía eléctrica ya permitía comunicaciones mundiales casi instantáneas; sin embargo, a pesar de este gran avance, presentaba importantes limitaciones: resultaba costosa y solo se podía transmitir un mensaje a la vez.

El reto consistía en desarrollar un método para enviar varios mensajes al mismo tiempo, y el potencial beneficio era significativo.

Bell llegó a Estados Unidos en 1871 y quedó fascinado por el telégrafo y ese reto enfrente.

Más aún, su enamoramiento con una mujer cuyo padre prometió financiar su investigación en telegrafía múltiple —con la esperanza de obtener ganancias que asegurarían el bienestar de su hija— lo motivó todavía más.

A pesar de que Bell no contaba con formación de ingeniero o inventor y poseía escasos conocimientos en electricidad, tenía otras habilidades y un gran deseo por hallar soluciones.

No obstante, existían otros competidores, algunos con mejor preparación y experiencia para ese desafío.

El adversario más relevante era Elisha Gray, inventor profesional que gozaba de respeto en el campo, gracias a que en dos ocasiones ya había propuesto innovaciones para el telégrafo.

Ambos conocían no solo los avances propios, sino también los de otros, incluido Antonio Meucci, inmigrante italiano reconocido en 2002 por el Congreso de EE.UU. como el verdadero creador del teléfono, debido a que su “teletrófono”, demostrado en Nueva York en 1860, merecería ese título disputado.

Sin embargo, en esa época del siglo XIX, Meucci no fue el protagonista de la controversia.

De forma paralela, mientras buscaban soluciones en telegrafía múltiple, Bell y Gray descubrieron que sería posible transmitir mensajes hablados.

Aunque ambos se sintieron atraídos, Gray optó por concentrarse en mejorar el telégrafo, convencido de que allí estaba su oportunidad económica.

Del mismo modo, el futuro suegro de Bell le insistió seguir esa vía, pero no pudo resistir la fascinación por la voz y, el 14 de febrero de 1876, Día de San Valentín, presentó la solicitud para patentar el teléfono.

Dibujo de patente de telegrafía de Alexander Graham Bell, 7 de marzo de 1876

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Sin que él lo supiera, dos horas más tarde Gray presentó en la Oficina de Patentes su propio diseño.

Pero era demasiado tarde.

El 7 de marzo de 1876 Bell obtuvo la patente del teléfono, asegurando los derechos exclusivos sobre su invención.

Su verdadera misión

Aunque la autoría del teléfono sigue siendo polémica, Bell no solo fabricó uno, sino que reconoció su potencial y se dedicó a probarlo, cuando la mayoría veía esos artefactos como “una curiosidad científica” sin “utilidad práctica directa” (The Telegrapher, 1869).

Esa primera versión creada por Bell rápidamente evolucionó y se expandió globalmente.

Actualmente existen cerca de 9.000 millones de teléfonos móviles, dispositivos que, aunque muy distintos al diseño original, continúan fundamentándose en el principio básico establecido por él.

Su nombre quedó indeleble en la historia.

A pesar de esa y otras invenciones posteriores en aviación, navegación y comunicación lumínica, esa no era su verdadera pasión.

Durante toda su vida, Bell sostuvo que su auténtica misión no era inventar máquinas, según escribió a Mabel Hubbard, la mujer que amaba, en 1875, todavía en plena etapa de experimentos que desembocarían en el teléfono.

“Cada día estoy más convencido de una cosa: mi interés por las personas sordas me acompañará siempre… Jamás abandonaré esta labor (de docente) y debes aceptar que, independientemente de los logros que alcance, tu esposo siempre será reconocido como un profesor de sordomudos”.

Más adelante, lamentando sus actos relacionados con el teléfono, le expresó:

“Sería mucho más feliz y me sentiría más honrado si lograra formar un grupo competente de maestros para educar a los sordos… que si obtuviera todos los honores que el telégrafo pudiera conceder”.

Retrato pintado de Eliza Grace Symonds Bell (1809–1897)

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Su vocación fue, de alguna manera, un legado familiar.

Aunque su familia esperaba que siguiera un camino diferente, desde niño estuvo inmerso en un entorno que lo impulsó a ayudar a otros a comunicarse.

Su abuelo y padre eran reconocidos expertos en oratoria, y a través de su madre desarrolló interés por la música: aunque ella tenía una pérdida auditiva casi total, podía escuchar el piano cuando él sostenía la boquilla de su tubo acústico contra el instrumento.

Sin darse cuenta, estaba adquiriendo los fundamentos de la amplificación.

Así se fue moldeando su propósito: ayudar a las personas, como su madre, a articular la palabra.

A los 16 años ya estudiaba la mecánica del habla, y a los 18 empezó a enseñar técnicas de elocución. Tras perder a dos hermanos, sus padres emigraron de Escocia a Canadá en búsqueda de un mejor futuro para su único hijo sobreviviente.

Llegaron en 1870 y al año siguiente Bell se trasladó a Boston, EE.UU., donde comenzó a trabajar en la Boston School for the Deaf.

Fue allí donde conoció a Mabel, la joven que le cautivó, quien había perdido el oído a los cinco años y que, en 1877, se convertiría en su esposa.

En Estados Unidos, su vocación se convirtió en un legado con impacto duradero en la comunidad sorda.

Hablar sin oír

El éxito del teléfono elevó la fama y el prestigio de Bell, quien se volvió una figura altamente respetada.

Reinvirtió sus beneficios en su verdadera pasión: la educación de personas sordas, con un enfoque muy particular.

Desde su perspectiva, la única vía para garantizar la integración social y laboral era enseñarles a hablar.

Esta idea no surgió de forma aislada.

Bell creció inmerso en un ambiente marcado por el análisis de la voz y la experiencia directa con la sordera en su familia.

Su madre perdió la audición con la edad, pero conservó la capacidad de hablar.

Para Bell, eso mostraba que el idioma oral podía brindar cierto nivel de autonomía y poder personal.

Bell estaba convencido de que ayudaba, según la periodista e investigadora Katie Booth, autora de The Invention of Miracles: Language, Power, and Alexander Graham Bell's Quest to End Deafness.

“Creía que el habla podía darle poder a las personas sordas”, dijo a BBC Mundo.

Litografía que muestra a Bell y una niña sentados uno frente al otro, ambos con las manos en la garganta.

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Su método educativo se conoció como oralismo: enseñar a los niños sordos a hablar y a leer los labios, restringiendo o eliminando el uso de la lengua de señas.

El problema era que este método tenía limitaciones importantes.

Según Booth, Bell era excepcionalmente talentoso para enseñar a hablar a algunas personas sordas, pero casi nadie podía replicar sus resultados.

“Era un maestro muy capacitado”, señala la autora. “Pero su sistema era especialmente difícil de enseñar. Hasta sus propios discípulos tenían problemas para aprenderlo”.

Además, producir habla sin haber escuchado sonidos antes es extremadamente complejo.

“Si el sonido nunca ha sido parte de tu entorno, aprender a producirlo puede resultar casi imposible”, aclara.

A pesar de ello, el prestigio de Bell impulsó la expansión del oralismo, movimiento que ya circulaba en la educación internacional y que dominaría la enseñanza para sordos durante décadas.

Sus ideas coincidían además con tendencias culturales más amplias.

Finalizando el siglo XIX, Estados Unidos estaba en plena transformación social.

En un contexto de oleadas migratorias y territorios nuevos que incorporaban poblaciones ya asentadas —como nativos, mexicanos y otras comunidades— se discutía qué significaba realmente “ser estadounidense”.

La respuesta dominante promovía la uniformidad cultural y lingüística, con el inglés como idioma común, donde la lengua de señas era vista como una diferencia que había que corregir.

Al mismo tiempo, ideas como la eugenesia influyeron socialmente, promoviendo la creencia de que la educación y la manipulación del cuerpo y mente podían “mejorar” ciertos grupos, entre ellos las personas sordas.

“La sociedad estadounidense temía enormemente la diferencia”, apunta Booth. “Era una época obsesionada con la normalidad”.

De hecho, fue en esta era cuando ‘normal’ dejó de ser un término estadístico para aplicarse a personas.

El oralismo encajó perfectamente en este clima: pretendía que las personas sordas se acercaran al modelo de comunicación de la mayoría oyente.

Pero la historia es mucho más compleja.

“Nada lo excusa”

Incluso en la época de Bell, existían voces contrarias a su enfoque. Educadores y líderes sordos defendían el uso de la lengua de señas y alertaban que su supresión causaba daños profundos.

“Es cierto que Bell fue un hombre de su tiempo”, señala Booth. “Pero también es cierto que en ese tiempo ya había personas sordas diciéndole claramente que su método no funcionaba y dañaba a la gente”.

Por ejemplo, en 1869, el director de la American School for the Deaf en Hartford escribía: “Dios ha dado un lenguaje para el ojo. Para el sordomudo, esa es su lengua natural y la única natural”.

Ilustración del Colegio Nacional de Sordomudos de Estados Unidos de un alfabeto de señas en esta gran tarjeta litográfica emitida en Washington, DC, alrededor de 1875.

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El conflicto era profundo.

Para quienes defendían el manualismo, la lengua de señas era un idioma completo, no una herramienta secundaria. Para los proponentes del oralismo, el habla representaba la forma “normal” o “universal” de comunicación humana.

Finalizada esa discusión, el oralismo se impuso en gran parte del mundo occidental, especialmente tras el Congreso de Milán en 1880, donde educadores oyentes declararon oficialmente la preferencia por la enseñanza basada en el lenguaje oral.

Las consecuencias fueron profundas y duraderas. Booth las ha visto reflejadas en la vida de su familia.

Su abuelo nació sordo en una familia oyente sin conocimiento de la lengua de señas. Creció sin un idioma que le permitiera entender o expresarse, relata la autora.

Vivió una infancia en silencio, sin la herramienta básica para interactuar con su entorno.

Cuando fue enviado a la escuela, tampoco aprendió lengua de señas: fue forzado a intentar hablar.

“No tenía una base sobre la cual construir”, explica Booth. “Y terminó sus estudios sin un idioma para comunicarse”.

Este fenómeno se conoce como privación lingüística. Cuando un niño no tiene acceso temprano a ningún idioma, ciertas habilidades cognitivas pueden resultarle afectadas de manera permanente.

“En el mundo oyente es extremadamente raro”, dice Booth. “Pero en la comunidad sorda fue común durante décadas”.

La historia de su abuela fue distinta, pero no necesariamente mejor.

Ella creció en una familia sorda, aprendió lengua de señas desde niña, pero era castigada en la escuela por usarla.

“No sólo les negaban el acceso al lenguaje”, señala Booth. “Los hacían sentir que su forma natural de comunicarse era vergonzosa o inferior”.

Generaciones de estudiantes sordos vivieron una u otra de estas experiencias.

Foto de una profesora con un niño, leyendo un libro

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Bell, según Booth, tenía ciertas complejidades intelectuales y mostró flexibilidad inicial. Pero con el tiempo se distanció más de la comunidad sorda y de sus críticas.

“Había sordos tratando de cambiar su opinión”, relata. “Tenía evidencias, incluso en su propia escuela, de que el sistema fallaba. Sin embargo, continuó adelante”.

Añade: “Debemos admitir que ignoró intencionadamente el conocimiento de la cultura sorda y contribuyó a un movimiento que terminó oprimiéndola”.

La visión predominante sobre la sordera cambió casi un siglo después.

Durante largo tiempo se consideró una discapacidad médica a corregir.

Pero en los 60, el lingüista William Stokoe demostró que la lengua de señas tenía una gramática compleja y completa. Era, en toda regla, un idioma.

Al confirmar esto con evidencia científica, su trabajo transformó el estudio de la sordera y promovió un cambio profundo de perspectiva.

Las personas sordas comenzaron a ser vistas y a verse a sí mismas no como pacientes a rehabilitar, sino como una minoría lingüística y cultural con lengua e identidad propia.

Hoy, la llamada cultura sorda se reconoce como una comunidad con sus propias tradiciones, valores y formas de comunicación.

Este cambio ha obligado también a reevaluar el legado de Bell.

Su contribución científica y tecnológica sigue siendo destacada. Pero muchas personas consideran que las secuelas de sus ideas educativas dejaron un impacto muy profundo que no debe minimizarse.

Como señala Booth: entender el contexto histórico es fundamental, pero no suficiente para eximirlo.

“Nada lo excusa”.

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