El delantero del Manchester City pudo haberse dedicado al golf, sin embargo optó por seguir los pasos de su padre y se ha consolidado como uno de los mejores delanteros a nivel mundial.
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Erling Haaland (25) ha estado mucho tiempo acostumbrado a que gran parte de la atención mediática recaiga sobre él, sus anotaciones y récords. Pero detrás del jugador del Manchester City hay una figura que moldeó una buena parte de su carácter competitivo y su vínculo con el deporte: su padre, Alf-Inge Haaland, exfutbolista profesional.
Y no solo en el fútbol. En su infancia, el noruego vivió un período en el que el mayor anhelo de su padre era verlo con un palo en las manos… pero no en un campo de entrenamiento, sino en el green.
En una entrevista reciente, Haaland reveló cuál era la verdadera pasión deportiva de su padre cuando él era pequeño. «El sueño de mi padre era que fuera golfista. Me obligó a jugar entre los 10 y los 13 años», confesó el delantero, evocando esos años en los que combinaba el balón con las rondas en el campo de golf.
Lo dice sin reproches, casi con una sonrisa: es parte de la historia familiar de los Haaland, un hogar donde el deporte siempre ha ido más allá de una simple afición.
Alf-Inge conoce bien la élite. Fue internacional con Noruega y jugó en la Premier League con Nottingham Forest, Leeds United y Manchester City. Su trayectoria, sin embargo, quedó marcada por una acción que todavía se recuerda: la fuerte entrada de Roy Keane que acabó con su carrera.
Erling Haaland, con la selección de Noruega Europa Press
Esa herida en el deporte también explica por qué el padre de Erling se ha involucrado tanto en la gestión de la carrera de su hijo y en su preparación tanto física como mental. La apuesta por el golf encaja en esa filosofía: disciplina, control emocional, precisión y una competitividad discreta que también se refleja en el césped.
A las sesiones obligatorias de golf para Erling no las consideraba un simple entretenimiento. El noruego ha contado que su padre se tomó muy en serio la idea de que él se convirtiera en profesional.
Los entrenamientos semanales formaban parte de una rutina rigurosa que le enseñó, quizás sin intención, a convivir con la exigencia desde muy temprana edad. Hoy rememora esa etapa como un periodo formativo más: otro ámbito competitivo en el que aprendió a concentrarse, gestionar la frustración y mejorar golpe a golpe.
Con el tiempo, el balón prevaleció sobre el drive. Haaland decidió apostar por el fútbol, y lo hizo con la misma fuerza con la que su padre soñaba verlo triunfar en los campos de golf. Esta diferencia no rompió el vínculo; por el contrario, fortaleció una relación fundada en el respeto mutuo.
Alf-Inge no solo aceptó la elección de su hijo, sino que se transformó en una pieza fundamental de su entorno cercano, participando en las decisiones relacionadas con su club, su entorno y la gestión de su popularidad.
El propio Erling ha mencionado en diversas ocasiones que la presión nunca vino de su familia a través de ultimatums o metas inalcanzables, sino que siempre fue una presión autoimpuesta.
Actualmente, mientras encadena temporadas memorables con el Manchester City, Haaland mantiene vivo ese lazo con su padre. El exfutbolista, quien en su día quiso verlo como golfista, ahora observa cómo su hijo se ha convertido en uno de los delanteros más fuertes del planeta.
Y aquella frase, ya convertida en una anécdota familiar, resume perfectamente la historia: el sueño del padre estaba en el golf, pero el del hijo siempre fue claro. Quería ser el mejor y eligió el fútbol como el escenario para lograrlo.

