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- Título del autor, BBC News Mundo
- 22 febrero 2026
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Al salir del museo dedicado a Mozart en Viena, la atención de Sylvia Milo fue capturada por un detalle inesperado.
«Justo en la pared, a la salida, había una pequeña pintura que después supe era un retrato de la familia Mozart. Observé a una mujer sentada junto a Wolfgang, ambos frente al piano, con sus manos enlazadas sobre las teclas».
Ella estaba segura de que la joven no era Constanze, esposa del renombrado compositor.
«Para mí fue una revelación descubrir que existía otra Mozart. Instantáneamente pensé: ‘¿cuál es su historia?’. Esto me impulsó a investigarla, viajé a distintos lugares, visité los sitios donde vivió y se presentó, y leí la correspondencia familiar».
Lo que descubrió es que Nannerl, como la llamaban en la familia, fue una pianista virtuosa y algo más.

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Milo creció en Polonia, donde estudió música y adquirió habilidades en piano y violín.
A medida que profundizaba en las materias sobre historia de la música clásica, le llamó la atención la escasez de relatos sobre mujeres.
«Me preguntaba: ‘¿Dónde están sus historias? ¿Por qué permanecen desconocidas?'», rememora.
En 2006, con motivo del 250º aniversario del nacimiento de Wolfgang Amadeus Mozart, visitó Viena, donde se organizaron múltiples eventos conmemorativos.
«Viajé como una admiradora de Mozart y exploré la ciudad. Muchos palacios y salones donde tocó aún conservan su esencia, así como el apartamento donde vivió».
Allí se encontraba el museo y la imagen que la fascinó.
La investigación sobre la hermana de Mozart la llevó a crear la obra teatral: «The Other Mozart«, en la que también protagoniza.
«Comencé por leer las biografías de Wolfgang porque no existían en inglés sobre Nannerl».
Luego se adentró en la correspondencia familiar. «Hay cientos de cartas porque mantenían una extensa comunicación».
«Todas esas cartas perduraron gracias a Nannerl, ella las preservó. Posteriormente las entregó a Constanze para que escribiera la primera biografía de Wolfgang».
La familia Mozart
Nannerl y Wolfgang fueron los únicos sobrevivientes de los siete hijos que Leopold Mozart y Anna Maria Pertl tuvieron.
La niña, nacida el 30 de julio de 1751, tuvo por nombre Maria Anna, aunque en familia se le llamó Marianne y recibía el apodo de Nannerl.
Wolfgang vino al mundo el 27 de enero de 1756.

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A los 8 años, su padre le enseñó a tocar el clavecín, y su hermano quedó impresionado al oírla.
«Era una destacada pianista y cuando Wolfgang era un niño, la observaba practicar. Ella fue su primer gran ídolo», cuenta Eva Neumayr, musicóloga y fundadora y presidenta de la Sociedad Maria Anna Mozart, a BBC Mundo.
«De niños, ella superaba a Wolfgang en piano y, en ese aspecto, puede decirse que fue una gran influencia en su infancia».
«Quería ser como ella»
Sophia Alexandra Hall señala en un artículo para Classic FM que «durante la niñez, muchos biógrafos describen a Nannerl como una figura inspiradora en la vida de Mozart».
La periodista cita además un fragmento de la biografía Mozart: A Life, de Maynard Soloman: «A los tres años, Mozart sintió motivación para estudiar música al observar las lecciones que su padre daba a (Nannerl); quería parecerse a ella».

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«Mozart veneraba a su hermana», comenta la Ópera Nacional Inglesa (English National Opera).
Wolfgang comenzó su aprendizaje con base en el cuaderno de su hermana.
Leopold se lo había destinado a ella para que practicara las piezas compuestas por él. Este cuaderno es conocido como «Nannerl Notenbuch«.
De pequeños, inventaron un lenguaje secreto en el que él era rey y ella, reina de un reino imaginario.
Además, según relata Milo, «compusieron música en conjunto, improvisaron; para ellos la música era un juego compartido».
«Ella fue una gran motivación, porque Wolfgang escribió obras para dúo, donde su parte era sencilla y la de ella, más compleja. Esto muestra no solo la admiración sino también el reconocimiento de sus habilidades».
Leopold pronto advirtió que sus hijos eran excepcionales. «Niños prodigios», afirma la especialista.
De un lugar a otro
Leopold brindó una educación completa a sus hijos en el hogar, no sólo en música. Era una persona culta, dominaba varios idiomas, fue violinista en la corte de Salzburgo, docente y compositor.
«Fue un estratega brillante, sabía cuándo y dónde presentar a sus hijos», explica Milo.
Consiguió que los niños tocaran ante la emperatriz María Teresa en la corte imperial de Viena.
Wolfgang tenía cerca de seis años cuando, según una carta de Leopold, «se subió al regazo de la emperatriz».

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En el blog del museo Time Travel Vienna, que ofrece recorridos interactivos por la historia de la ciudad, se explica que esta presentación fue muy provechosa para los Mozart.
«Por su actuación, Nannerl y Wolfgang recibieron no sólo 100 ducados de oro (450 florines; un caballo costaba unos diez florines, y un carruaje de viaje simples unos 60 florines) como remuneración, sino también dos vestidos gastados de archiduques. Esos lujosos trajes bordados fueron utilizados como vestuario escénico para los niños Mozart».
Leopold y Anna Maria acompañaron a sus hijos en la mayoría de sus giras por las principales ciudades europeas, donde la destreza de los niños dejó una profunda impresión.
La gira, que duró más de tres años, incluyó Alemania, Praga, Bohemia, Francia, Inglaterra, Italia, Suiza y Países Bajos.
Sin embargo, estos viajes en carruajes tirados por caballos eran prolongados y fatigosos.
A pesar de que la familia se relacionaba con la alta sociedad y aparecía retratada elegantemente vestida con pelucas del siglo XVIII, los Mozart eran de clase media con ingresos limitados.
En aquella época, el viaje era costoso e incluso riesgoso.
«Mi pequeña niña»
No obstante, las giras rindieron sus frutos.
En 1763, una nota del Intelligenz-Zettel de Augsburgo destacó que Nannerl, con 11 años, interpretaba «las sonatas y conciertos más difíciles de los grandes maestros, con precisión y facilidad sorprendentes».

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Al llegar a París, el diplomático y periodista alemán Friedrich Melchior Grimm escribió en el periódico Correspondance Littéraire sobre los dos niños prodigios de Leopold.
«Su hija, de once años, toca el clavecín brillantemente; interpreta las piezas más extensas y complejas con una precisión admirable».

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Leopold expresaba claramente su orgullo por sus hijos.
En una carta enviada a un conocido en Salzburgo en 1764, escribió:
«Mi pequeña niña toca las obras más complejas que tenemos… con una precisión asombrosa y una excelencia destacada. En resumen, con solo 12 años, es una de las intérpretes más dotadas de Europa».
Neumayr menciona que Nannerl fue una de las primeras pianistas en ofrecer conciertos públicos a lo largo de Europa, algo poco común en su época.
La interrupción
Sin embargo, al crecer, Leopold tomó la resolución de que la joven debía permanecer en casa, en Salzburgo.
No continuaría participando en giras.
«Por un lado, viajaban con menos gastos al no incluir a la madre ni a la hija», explica Neumayr.
Pero también existía otra razón, de gran peso en aquella época: Leopold no quería perjudicar las posibilidades matrimoniales de su hija.

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En 1770, desde Italia, Wolfgang escribió a su hermana expresando el vacío que sentía:
«Mando besos a Mamá y a Nannerl, mil o mil veces. Ojalá estuvieras en Roma, seguro te encantaría la ciudad».
También le elogió que compusiera tan bien y calificó de hermosa una canción suya; sin embargo, ninguna de esas composiciones se conserva.
Milo señala que Nannerl formó parte de las giras hasta los 18 años.
«Durante aproximadamente ocho años, siendo joven, estuvo en la cima de su trayectoria artística, sin restricciones frente a sus presentaciones. Pero al llegar a la mayoría de edad, esas libertades se volvieron muy limitadas debido a las expectativas matrimoniales», comentó a BBC Mundo.
Posteriormente, su madre se encargó de instruirla en las labores domésticas y en las habilidades para convertirse en una esposa adecuada.
Otra época
Además, resalta Milo, en aquella época no era bien aceptado que una mujer actuara en público.
«La reputación femenina podía quedar totalmente dañada si se presentaba por dinero, ya que recibir pago por un trabajo se consideraba inapropiado entre la alta sociedad».
Si la reputación se arruinaba, la mujer corría el riesgo de contraer matrimonio con alguien de una clase social inferior.

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Los Mozart, en su búsqueda por el bienestar de sus hijos, aspiraban a «lo más alto en la escala social».
«El padre anhelaba para Wolfgang la posición más elevada y si la reputación de Nannerl se veía dañada, también se afectaría la de su hermano, pues en esa época la familia era un conjunto».
«Por esta razón, era fundamental que Nannerl mantuviera una conducta impecable para atraer al esposo adecuado, que la sustentara económicamente, a la vez que ayudaba a Wolfgang en sus objetivos».
Tras el fallecimiento de su esposa en 1778, Leopold temía que, si él moría, Wolfgang careciera de recursos para sostener a su hermana y que ella tuviese que trabajar en casas ajenas, por ejemplo, como institutriz, perdiendo la posibilidad de formar su propia familia.
Pero no fue el final
El fin de las giras para Nannerl no significó el abandono total de la música.
Esto se comprueba en numerosas cartas que los miembros de la familia enviaban cuando residían en distintas ciudades.
El tomo II de «The letters of Mozart and his family«, compilado, traducido y editado por Emily Anderson, brinda acceso a la intimidad familiar.

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Por ejemplo, en 1777, Nannerl agradece a su hermano por enviarle «el primer movimiento y el Andante» de una sonata, confirmando que ya los tocó, que el Andante requiere «gran concentración» y que espera recibir el «Rondo».
En otra carta, Leopold comenta a su esposa y a su hijo (que buscaban oportunidades para Wolfgang) que Nannerl era «sumamente diligente» y muy cuidadosa con los asuntos de la casa.
En 1778 también relata que «dos caballeros de Wallerstein» visitaron para escuchar tocar a Nannerl.
Se trataba de Anton Janitsch, músico de la corte en Wallerstein, Alemania, y del chelista Joseph Reicha.
«Su propósito principal era intentar deducir su estilo interpretativo y así hacerse una idea del tuyo».
Además, estaban «especialmente interesados en escuchar» una composición de Wolfgang.
Nannerl interpretó la sonata de Mannheim, escrita por su hermano en esa época, ejecutándola «con excelencia y toda la expresión requerida». Quedaron impresionados tanto con su interpretación como con la obra.
La profesora
La hermana de Mozart también ejerció como profesora particular.
«Lo cual era poco común a finales del siglo XVIII, cuando casi no existían maestras de piano. De hecho, ella fue la primera en Salzburgo», señala Neumayr.
En 1784, a los 33 años, Nannerl se casó con un magistrado y se trasladó a la pequeña localidad de Sankt Gilgen.
Johann Baptist Franz Freiherr había enviudado dos veces y tenía cinco hijos, a quienes Nannerl ayudó a criar. Juntos tuvieron tres hijos.
La comunicación con Wolfgang siguió vigente, él le enviaba sus composiciones para que las interpretara y valoraba su opinión, incluso le dedicó algunas piezas.

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«Fue una relación cercana y afectuosa, sin signos de celos. Al contrario, hubo mucho cariño y apoyo, pues eran como una unidad», comenta Milo.
Tras la muerte de su esposo, Nannerl abandonó Sankt Gilgen y reanudó su carrera como profesora de piano.
Incluso, ya como baronesa, realizó algunas presentaciones como solista.
«Un espacio para ella y su piano»
Según la investigación de Milo, le impresionó la fortaleza de Nannerl y la sabiduría con la que enfrentó su vida.
«No se quebró», afirma. «Quizás eso sea lo más relevante porque pienso que muchas personas se habrían quebrado y amargado».
«Es probable que se sintiera profundamente frustrada al no poder continuar con su estilo de vida anterior y al verse limitada en lo que podía o no hacer».
A pesar de sus deberes como esposa y madre, Nannerl continuó dedicando tiempo a la música.
«Disponemos de cartas en las que su padre le pregunta cómo puede practicar tres horas diarias en lugar de hacer caminatas más prolongadas por salud».
«Pero ella sabía que esas tres horas eran vitales para su equilibrio mental».
Milo visitó la casa donde vivió Nannerl con su esposo e hijos.
«Hay un cuarto pequeño donde estaba el fortepiano que le regaló su padre como obsequio de bodas».
«No era un salón amplio para que varios escucharan. Era un espacio íntimo para ella y su piano. Tocaba para sí misma, para su yo artístico».
«Quizás eso fue lo que la sostuvo, siguió practicando su arte».

