Residencia histórica de Juan Carlos I en el palacio de San Sebastián, construido en el siglo XIX con un singular falso túnel

Entre jardines abiertos al mar y salones con aire victoriano, este edificio condensa más de un siglo de veranos reales, política y evolución urbana frente al Cantábrico

Foto: El palacio de Miramar (iStock)

Algunos edificios parecen destinados a ser postales, mientras que otros surgen para convertirse en escenario. El Palacio de Miramar, en San Sebastián, cumple ambas funciones simultáneamente. Un capricho inglés situado frente al Cantábrico que, además de dominar con una elegancia casi insolente la bahía de La Concha, fue el espacio donde Juan Carlos I pasó gran parte de su juventud.

Resulta curioso que este palacio no debería encontrarse allí. Su silueta, con tejados inclinados y estilo victoriano, se asemeja más a una colina verde en las afueras de Londres que a un promontorio vasco castigado por el salitre. Sin embargo, está presente desde 1893, cuando la reina María Cristina consideró que la corte necesitaba un refugio de verano que respondiera a sus expectativas y encargó el diseño al arquitecto inglés Ralph Selden Wornum. La construcción fue realizada por José Goicoa, quien debió adaptar aquel proyecto británico al terreno de Donostia.

Antes de que Mallorca se relacionara con las vacaciones reales, San Sebastián ya era la capital estival de la monarquía. Isabel II estableció la costumbre de bañarse en el Cantábrico por indicación médica, aunque fue María Cristina quien consolidó esta tradición. Tras enviudar de Alfonso XII, trasladó la corte a la ciudad durante los meses de verano, modificando para siempre el perfil turístico de la urbe.

El palacio se erigió sobre una finca con historia. En ese lugar existieron un santuario, un hospital para peregrinos y un monasterio. Después llegaron los veraneos aristocráticos, los paseos por los jardines y las veladas junto al mar. La obra incluso requirió la creación de un falso túnel para que el tranvía y la carretera no interrumpieran la continuidad del terreno. Sobre ese túnel se extienden en la actualidad unos jardines que funcionan como balcón privilegiado hacia la bahía, con la isla de Santa Clara en el centro de la vista.

Miramar no fue únicamente una residencia: era el escenario de una época. La Belle Époque donostiarra contó aquí con uno de sus símbolos más emblemáticos.

El edificio resistió la caída de Alfonso XIII, la Segunda República y la Guerra Civil. Cambió de propietarios, fue expropiado, devuelto y finalmente vendido. Sin embargo, durante los años cincuenta protagonizó una etapa vinculada directamente con la historia reciente de España.

Residencia de la monarquía española

En sus estancias se estableció un internado exclusivo diseñado para la educación del entonces príncipe Juan Carlos. El objetivo era que completara su bachillerato en España, en un ambiente controlado y discreto. Aquél palacio con vistas impresionantes a La Concha se convirtió, durante un periodo, en algo así como un colegio privado de la monarquía.

Allí cursó estudios el futuro rey junto a su hermano y a hijos de familias destacadas de la época. Entre pupitres y paseos por los jardines, el joven que luego sería proclamado rey de España vivió una etapa menos visible de su vida, lejos del foco mediático pero cerca del murmullo del mar.

En 1972 el Ayuntamiento de San Sebastián adquirió el palacio, que pasó a llamarse Palacio Municipal de Miramar. Desde entonces, el edificio ha sido adaptado para fines culturales y académicos. Alberga cursos de verano, congresos y eventos, manteniendo en sus salones nobles —el Salón Blanco, el de Música, la Biblioteca— parte de su atmósfera original.

Los jardines, abiertos en horarios específicos, se han integrado en la vida diaria de la ciudad. Turistas y donostiarras se sientan en el césped o en los bancos para disfrutar de una de las panorámicas más emblemáticas del norte de España. Al fondo, la isla de Santa Clara; a un lado, Ondarreta; al otro, La Concha. Cuando la marea baja, el paseo se extiende hasta la roca que separa ambas playas, como si el paisaje quisiera recordar que aquí la historia siempre ha tenido algo de teatralidad.

Hoy día Miramar es un espacio abierto y accesible, pero conserva esa impresión de escenario donde han ocurrido eventos significativos. Fue palacio real, internado del futuro monarca y símbolo de una ciudad que aprendió a transformar el verano en relato. Es una memoria erigida en piedra frente al mar.

Algunos edificios parecen destinados a ser postales, mientras que otros surgen para convertirse en escenario. El Palacio de Miramar, en San Sebastián, cumple ambas funciones simultáneamente. Un capricho inglés situado frente al Cantábrico que, además de dominar con una elegancia casi insolente la bahía de La Concha, fue el espacio donde Juan Carlos I pasó gran parte de su juventud.

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