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- Autor, James Gallagher
- Título del autor, Presentador de Inside Health de BBC Radio 4
- 22 minutos
- Tiempo de lectura: 8 min
Siento que estoy contaminado.
Me encuentro en un laboratorio examinando mi sangre bajo el microscopio. En lugar de encontrar glóbulos rojos intactos, algunos presentan manchas negras. Soy uno de los primeros en el mundo en observar la contaminación del aire acumulándose dentro del cuerpo.
Menos de una hora antes, estaba parado junto a una avenida con cuatro carriles de intenso tráfico en el centro de Londres. Aquella calle emanaba el típico aire denso y una sensación arenosa en la boca.
Acepté permanecer allí 10 minutos inhalando aire contaminado como parte de un experimento para entender cómo la polución del aire afecta el organismo y perjudica la salud.
En Reino Unido, se estima que la mala calidad del aire causa la muerte de unas 30.000 personas cada año, además de afectar a los fetos y agravar problemas que van desde el asma hasta la demencia.
Gran parte de la contaminación que respiraba provenía del tráfico: se liberaba invisiblemente a través de los tubos de escape, pero también por el desgaste de neumáticos y frenos.
El profesor Jonathan Grigg, de la Universidad Queen Mary de Londres, denomina a este lugar su «cámara de exposición».
Entre el ruido de motores y sirenas, el experto explica que la mayoría piensa erróneamente que el aire contaminado se filtra por la nariz o boca y luego es expulsado por los pulmones.
«Lo que investigamos es si las partículas más pequeñas no solo se quedan en los pulmones, sino que también ingresan al torrente sanguíneo y se distribuyen por el cuerpo», detalla Grigg.

Fuente de la imagen, Tom Bonnett
Tras nuestra exposición al aire londinense, regresamos al laboratorio, donde me punzan el dedo para extraer una muestra de sangre para su análisis.
Al observar al microscopio, se distinguen fácilmente las células rojas en forma de disco encargadas de transportar oxígeno por el cuerpo.
Me toma unos momentos visualizarlas, pero pronto la contaminación se manifiesta: pequeños puntos negros se adhieren a los glóbulos rojos.
Son fragmentos de carbono y otras sustancias químicas, similares a diminutos trozos de carbón, resultado de la combustión incompleta de combustible. Se conocen como PM 2.5, dado que su diámetro es menor a 2.5 micrómetros.
Ver esta contaminación en la sangre no es sorpresa, pues es el motivo del experimento, pero me invade la sensación de estar contaminado, sucio, marcado por ella.

Fuente de la imagen, Tom Bonnett
La investigadora Norrice Liu ha examinado más de una docena de muestras de sangre de voluntarios en el marco de un estudio.
En promedio, entre uno y tres mil glóbulos rojos contienen un fragmento de contaminación que ha sido transportado por la sangre.
Aunque parezca poco, considerando los cinco litros de sangre en un adulto, los investigadores calculan que alrededor de 80 millones de glóbulos rojos podrían estar transportando contaminación por todo el cuerpo.
«Es inquietante verlo, ¿no?», comenta Liu.
«Cada vez que paso por una calle con tráfico, pienso en la cantidad de estas partículas que circulan en mí… Siento que no quiero permanecer mucho tiempo en la calle», añade.
Sólo estuve parado diez minutos junto a una avenida con tráfico intenso, sin una situación extrema. Probablemente tu sangre presente características similares.

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¿Hacia dónde se dirige la suciedad?
El equipo de la Universidad Queen Mary de Londres ha demostrado que los niveles de contaminación en sangre disminuyen aproximadamente dos horas después de respirar aire limpio.
Grigg se mostró bastante sorprendido al observar contaminación visible en la sangre, aunque sostiene que la cuestión principal es adónde termina.
«No se exhala», aclara; «una parte puede filtrarse por los riñones y ser eliminada por la orina».
Sin embargo, la opción más probable es que las partículas viajen por el revestimiento de los vasos sanguíneos y se depositen en varios órganos.
Esta investigación comienza a revelar por qué la contaminación está relacionada con tantos problemas de salud más allá de los pulmones, afectando incluso al cerebro y a fetos en desarrollo.

Fuente de la imagen, Tom Bonnett
Se han detectado depósitos de carbono negro derivados de la contaminación en el cuerpo humano, incluso en placentas analizadas externamente tras el parto.
«No existe razón para que prefieran un órgano sobre otro, por lo que probablemente se distribuyen por todo el organismo», sostiene Liu.
Además, otros contaminantes atmosféricos, como los óxidos de nitrógeno, son gases invisibles al microscopio, pero se sabe que generan daños.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) indica que el 99% de la población mundial respira aire contaminado, lo que genera siete millones de muertes anuales. Un informe del Real Colegio de Médicos calcula 30.000 muertes anuales en Reino Unido por esta causa.
Stephen Holgate, líder de ese informe, aseguró que no hay dudas de que la contaminación perjudica la salud —»es evidente, no hay debate»— y la prueba más clara viene de zonas donde se ha reducido la polución y se han observado beneficios.
Aunque hoy la contaminación es «en gran medida invisible», a diferencia de la niebla tóxica del pasado, la mayoría no percibe que la respira y «no comprende del todo que la polución diaria daña», afirma.

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Las sospechas
La contaminación atmosférica se ha vinculado con daños en múltiples etapas de la vida y en distintos órganos.
Existen diversas maneras en que el aire contaminado puede afectar el organismo, pero la inflamación se señala como el mecanismo principal.
La inflamación es la reacción natural ante lesiones o infecciones, pero también puede dañar los vasos sanguíneos, elevando el riesgo de infartos y accidentes cerebrovasculares.
Se ha demostrado que la inflamación pulmonar activa células cancerígenas latentes, que luego se transforman en tumores mortales. Se calcula que uno de cada diez casos de cáncer de pulmón en Reino Unido está relacionado con la contaminación atmosférica.
Incluso durante el embarazo, se piensa que la contaminación ambiental modifica el funcionamiento del ADN del feto en períodos críticos del desarrollo.
«Existe una etapa muy sensible en la que la contaminación puede causar daños, sin duda lo hace: pulmón y corazón pequeños, además de algunos problemas en el desarrollo cerebral», explica Holgate.
En otras etapas, los componentes contaminantes parecen «acelerar» el proceso de la demencia, favoreciendo la formación de placas proteicas tóxicas en el cerebro, añade el experto.

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¿Qué se puede hacer al respecto?
Existen recomendaciones para reducir la exposición a la contaminación, como optar por calles secundarias menos transitadas o mantenerse alejado del borde de la carretera, para aumentar la distancia con el tráfico.
Los especialistas remarcan que esto es especialmente relevante para bebés en cochecitos, ya que se encuentran a la altura del escape de los vehículos.
El estudio de Grigg evidenció que una mascarilla FFP2 ajustada disminuye la contaminación en sangre, aunque aclara que «no se recomienda que todos usen mascarilla».
Sin embargo, el investigador añade que personas con vulnerabilidades clínicas, como pacientes en recuperación de un infarto o con enfermedades respiratorias crónicas, podrían beneficiarse del uso de tapabocas en zonas contaminadas.
El problema actual de la contaminación es que la polución generada por otros afecta a todos, y no es fácil trasladarse a un lugar menos contaminado si la vivienda está en una calle con tráfico intenso.
Las modificaciones en los automóviles —no solo el aumento de vehículos eléctricos, sino también nuevas regulaciones en motores diésel y de gasolina— están mejorando paulatinamente la calidad del aire.
«Estoy seguro de que a medida que comprendamos mejor los mecanismos por los que se producen estos daños, podremos presionar a los responsables políticos para reducir la exposición, porque esa es la solución definitiva», concluye Grigg.
Inside Health fue producido por Tom Bonnett

