El último estudio del CNIO sobre cáncer de páncreas representa tanto lo mejor de la investigación científica como lo peor del periodismo de divulgación, cuando se traduce en un despliegue de titulares sensacionalistas
El deseo por buenas noticias en el campo del cáncer es generalizado. Un excelente ejemplo es el trabajo reciente del equipo liderado por el Dr. Mariano Barbacid en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), que establece una nueva vía de avance contra el cáncer de páncreas. Barbacid y su grupo demostraron que una combinación de tres moléculas provoca regresiones profundas y duraderas en ratones de laboratorio.
Uno de estos tres compuestos inhibe la función de KRAS, un gen cuyas mutaciones se encuentran en el origen del 90% de los casos de cáncer pancreático. La relación del Dr. Barbacid con los genes de la familia RAS es estrecha y de larga trayectoria. En 1982, mientras trabajaba en el Instituto Nacional del Cáncer en Estados Unidos, fue uno de los pioneros en demostrar la existencia de genes humanos capaces de desencadenar el cáncer. Este hallazgo transformó para siempre la oncología y abrió la vía para muchos tratamientos usados actualmente por los oncólogos. El oncogén humano aislado por Barbacid en células de cáncer de vejiga fue HRAS, un pariente cercano de KRAS.
No obstante, el protagonismo fundamental de los genes RAS en la génesis de múltiples cánceres no se ha reflejado en avances prácticos. A pesar de los numerosos intentos, los bloqueadores de RAS han chocado con la cruda realidad de los ensayos clínicos. Los tumores aprendían rápidamente a emplear otros genes alternativos que suplían la función de RAS, retomando el crecimiento y diseminación. El logro reciente del equipo encabezado por Barbacid ha sido, precisamente, identificar esas vías de escape y controlarlas con otras dos moléculas.
Aplausos para el Dr. Barbacid, para la Dra. Liaki —primera firmante del estudio— y para todos los integrantes del equipo. Sin embargo, no puede darse la misma felicitación a algunos periodistas y creadores de contenido. Hay trabajos impecables, pero el entorno digital del clic ha saturado con titulares y reels sobre “nuevos tratamientos” y “curas”. Al buscar “Barbacid páncreas” en Instagram, el primer resultado afirma que “Científicos españoles consiguen eliminar completamente el cáncer de páncreas”. Resulta doloroso pensar en pacientes que, al leer eso, creen que ya hay una cura próxima y el riesgo de llegar tarde es inminente.
Realizar ensayos en ratones no equivale a tratar una enfermedad, sino a dar los primeros pasos en la exploración de una hipótesis. Mencionar tratamiento implica que se ha demostrado la eficacia en humanos, que se conocen dosis, efectos secundarios y cómo gestionarlos. Antes de alcanzar ese punto, sólo pueden mencionarse estrategias o pruebas de concepto, jamás «tratamiento». Este matiz, aunque parezca pequeño, modifica la expectativa tanto del lector como, sobre todo, del paciente.
Un ratón de laboratorio es tan distinto a una persona real como una maqueta de avión llena de pasajeros. Todos los ratones empleados en un experimento tienen características genéticas, edades y condiciones ambientales homogéneas. En cambio, la diversidad humana es mucho mayor, especialmente en la enfermedad, donde intervienen estilos de vida, comorbilidades, medicaciones múltiples y variantes genéticas que influyen decisivamente en la respuesta a los fármacos.
Los cánceres naturales también son notablemente distintos de los inducidos en modelos animales. El cáncer humano evoluciona durante meses o años dentro del organismo, adaptándose a condiciones variables entre individuos, incluyendo la respuesta del sistema inmunitario. En los ratones, el tumor ha sido implantado o generado artificialmente en pocas semanas, en modelos genéticamente modificados, muchos de ellos carentes de células inmunitarias para evitar rechazo. Además, las células cancerosas inoculadas son idénticas o muy similares entre sí, mientras que en la realidad un mismo cáncer puede presentar decenas de variaciones genéticas, tanto intra como intertumorales.
Periodo mucho más corto
Cuando se señala que el tratamiento en ratones no generó resistencias, se alude a un lapso significativamente menor (200 días en el estudio del CNIO, ya considerable para este tipo de trabajo) que el tiempo en que suelen manifestarse recaídas en pacientes reales. La ausencia de efectos adversos en ratones significa apenas que no fallecieron por causa de las moléculas administradas y que sus órganos no mostraron daños en la necropsia. Evidentemente, los criterios de seguridad de un fármaco son mucho más exigentes.
El experimento con animales es siempre el punto de partida dentro del largo camino hacia un posible tratamiento. Los resultados tan alentadores publicados por el Dr. Barbacid son valiosos, pero se trata de un modelo experimental de tratamiento, aplicado a un modelo de cáncer, implantado en un modelo de humano. Por esa razón, el embudo de la investigación biomédica es tan severo. De cada 5.000 compuestos probados en ratones, tras un promedio de 8 años de proceso, sólo 5 llegan a ensayos clínicos en humanos y uno apenas alcanza la categoría de “tratamiento” aprobado para su uso en pacientes.
Debe celebrarse el progreso y reconocerse el mérito de los investigadores, pero se debe aplicar en las noticias médicas el mismo rigor que sostiene la ciencia que describen. Reconocer que “Una combinación de moléculas elimina tumores pancreáticos en ratones y abre vías a ensayos en humanos” es un titular menos impactante que “Científicos españoles encuentran la cura para el cáncer más mortal”… sin embargo, en divulgación científica, la verdad implica precisión, una obligación profesional y un compromiso ético.
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