Una familia entrega sus terrenos para crear un huerto comunitario de autoservicio que beneficie a los 560 habitantes del pueblo

La plantación ha comenzado, aunque no será hasta dentro de cuatro años cuando se obtengan las primeras cosechas

Huerto. (Imagen Ilustrativa/Pixabay)

Durante mucho tiempo, fue simplemente un terreno más, heredado y silencioso, ligado a memorias infantiles y paseos familiares. No quedaba nadie que habitara allí, ni quien lo cuidara o se interesara por él. Hasta que un día, la familia Éprinchard planteó una cuestión: ¿qué sentido tiene conservar esta tierra si no puede beneficiar a nadie más? La respuesta se tradujo en una promesa. Donar el terreno, pero con un fin comunitario.

“La primera condición es establecer un huerto con variedades específicas de árboles frutales, y la segunda condición, sin duda la más relevante, es que toda la comunidad pueda beneficiarse de él, que sea compartido por todos”, explicó Michel Éprinchard en el medio francés Franceinfo. La comunidad favorecida es Clussais-la-Pommeraie (oeste de Francia), una localidad con 560 habitantes.

Además, “para el municipio, esto implica un significativo compromiso financiero”, advertía desde el inicio. La propuesta llegó hasta el alcalde, Étienne Fouché, y poco después al ayuntamiento. La decisión no fue inmediata, pero sí clara. El municipio aceptó la donación mediante resolución y asumió el desafío de convertir el terreno en un huerto comunitario de acceso libre, con una inversión cercana a los 10.000 euros.

“Hay manzanos, perales y ciruelos”, enumeró el alcalde. Sin embargo, el proyecto requiere un proceso prolongado: “Ahora los dejaremos crecer, vigilaremos las enfermedades, cuidaremos el suelo, y luego la gente vendrá a recoger sus propias manzanas para hacer mermelada o comerlas en rebanadas”. El huerto también se convertirá en un lugar para pasar el día: “Habrá una zona de relajación, y espero que la comunidad respete este espacio”, comentó el alcalde mientras observaba el avance de las plantaciones.

Ese día no se hablaba de cifras ni plazos, sino de raíces. Algunas manos eran pequeñas. Los niños del pueblo también participaron. “¡Es estupendo! Los niños plantaron algunos árboles, lo cual es maravilloso”, contó una vecina. “Aquí tenemos muchos árboles frutales”, añadió.

Miedo a heredar: 28.224 personas rechazan sus herencias en el primer semestre mientras aumentan las donaciones en vida.

El huerto crece

Hoy, el terreno ya no es el mismo. Cerca de cincuenta árboles frutales están alineados donde antes solo había un campo vacío. En un año serán casi cien, acompañados de flores, árboles en flor y un seto campestre que protege y da estructura al sitio.

El entusiasmo es contagioso. “Es un placer poder compartir esto con todos los vecinos del pueblo”, indicó uno de los residentes. Otro se imagina escenas cotidianas todavía lejanas: “Es agradable poder hacer mermelada de vez en cuando y tener fruta directamente del árbol”. Claro está, el huerto requiere tiempo. Serán necesarios alrededor de cuatro años antes de que lleguen las primeras cosechas. Pero nadie muestra impaciencia. El proyecto ya cumple su función: unir, motivar y devolver a la tierra un uso común.

“Es una donación al municipio de nuestra infancia”, resumió la familia Éprinchard. Como reconocimiento, una placa con su nombre se colocará en la entrada del huerto. Mientras tanto, el campo permanece, creciendo en silencio. Y con cada árbol plantado, la historia avanza, lenta pero segura, hacia el momento en que alguien arranque una manzana del árbol y recuerde que todo comenzó con una promesa.

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