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- Autor, Alejandro Millán Valencia
- Título del autor, BBC News Mundo
- 21 diciembre 2025Actualizado 22 diciembre 2025
- Tiempo de lectura: 11 min
Zúrich está cubierta de frío. Una brisa plateada acaricia la hierba de los parques y da la bienvenida al invierno; sin embargo, la Sechseläutenplatz, iluminada al mediodía, parece desafiar a la estación. Luis Magallanes, tenor venezolano y miembro del coro de la Ópera de esta ciudad suiza, se ajusta una bufanda gris para proteger su garganta —su instrumento de trabajo— mientras cruza la plaza rumbo a la estación de Stadelhofen.
«El sol en Venezuela tiene una tonalidad mucho más azul», comenta señalando hacia el cielo.
Recientemente concluyó el ensayo de «La fuerza del destino», una ópera de Giuseppe Verdi que relata una historia de amor trágico en medio de la guerra, tocando temas que Luis ha vivido en carne propia: hambre, poder, exilio.
Solo hace siete años, debido a la difícil situación en la que vivía, Luis se vio obligado a dejar su país.
Aunque tenía empleo y salario en Venezuela, apenas le alcanzaba para cubrir la comida diaria.
En ese momento, Luis dudaba si debía renunciar a su sueño de convertirse en cantante lírico como el peruano Juan Diego Flórez, a quien admiraba, y en cambio emigrar a Argentina para trabajar en una carnicería, una de las pocas oportunidades laborales seguras que conocía.
Finalmente optó por intentar mantener vivo su anhelo de cantar. Para ello, comenzó a contactar a figuras reconocidas del mundo musical venezolano que residieran fuera del país y pudieran apoyarlo.
Entre estas contactos estaba la pianista venezolana Gabriela Montero, quien había tocado durante la investidura de Barack Obama en 2009 junto a artistas como Itzhak Perlman y Yo-Yo Ma, y que este año interpretó frente al Papa León XIV y recientemente en la entrega del Nobel de la Paz a María Corina Machado en Oslo.

Fuente de la imagen, Luis Magallanes
Montero le solicitó que grabara un video en medio de la crisis económica venezolana de 2017, y fue entonces cuando se le abrió la primera puerta.
El Sistema
«El sol en Zaraza es mucho más azul», especifica Luis, para señalar su lugar de nacimiento hace 35 años.
Considerando la variedad de la diáspora venezolana global, es habitual precisar el lugar de origen. Ya no basta con decir únicamente «venezolano». Se vuelve necesario ser exacto: Zaraza, en el estado de Guárico, en los Llanos, a unos 330 kilómetros al suroeste de Caracas.
Esa precisión posiblemente ayuda a entender su inclinación musical: en los llanos venezolanos, las casas parecen impregnadas de música. Principalmente con el joropo, un ritmo muy extendido en la región que todos conocen como si fuera parte de su familia. En ese entorno, Luis descubrió desde niño que su destino era uno solo: convertirse en profesor de música.
Con esa meta se inscribió en «El Sistema», la forma coloquial con la que se conoce al Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, un programa fundado en 1975 por el músico José Antonio Abreu, quien tenía un único propósito: ofrecer a los niños acceso gratuito a la educación musical.
«Aprendí a tocar varios instrumentos y desarrollé mi amor por la música clásica gracias a El Sistema», afirma Luis.
No obstante, la verdadera revelación de su vocación llegó en febrero de 2009.
Tenía 19 años y sus estudios para ser docente avanzaban según lo planeado. El 4 de febrero de ese año, después de una mañana de ensayos, Luis llegó a su casa y encendió el televisor: en la pantalla apareció la orquesta Simón Bolívar dirigida por un joven Gustavo Dudamel, acompañada por una voz prodigiosa, la del tenor peruano Juan Diego Flórez.

Fuente de la imagen, Luis Magallanes
«Quedé tan asombrado por la profundidad y el color de esa voz, que aunque nunca lo expresé en voz alta, lo pensé con fuerza: quería ser como él».
A partir de entonces, además de sus horas como profesor de coro y música en El Sistema, comenzó a presentarse como tenor en diversas obras en Caracas, en especial en el teatro Teresa Carreño.
Arepas con mantequilla blanca
El 13 de febrero de 2013, Jorge Giordani, entonces ministro de Finanzas del gobierno de Hugo Chávez, anunció en cadena nacional que el bolívar sufriría una devaluación cercana al 46%.
«Para mí, ese día marcó el comienzo de un deterioro irreversible en Venezuela. Y la crisis aún no ha acabado», opina Luis.
El cantante recuerda que aquella misma tarde, casi como un efecto mágico y perverso, los precios en los supermercados cambiaban desde la mañana hasta la tarde.
Actualmente, recuerda que aquella fue la puerta de entrada a una crisis económica profunda: hiperinflación, escasez de productos básicos y una contracción de la economía cercana al 11%.
Luis vivió esa realidad en carne propia cuando, como profesor de música en El Sistema, su sueldo apenas le permitió comprar 400 gramos de carne.
«Si tuviera que elegir una palabra para describirlo, sería desesperación. Era necesario conciliar el sueño buscando algo para olvidar el hambre», recuerda.

El agravamiento de la crisis entre 2013 y 2017 provocó que alrededor de seis millones de venezolanos abandonaran el país. Luis comprendió que debía marcharse de Zaraza una Navidad, cuando en lugar de las tradicionales hallacas, ensalada de gallina y pan de jamón —que nunca faltaron incluso en períodos de escasez— solo pudo saborear arepas con mantequilla blanca.
Las opciones para salir eran escasas: un amigo en Argentina le había ofrecido empleo en una carnicería.
«Pero no quería dejar de cantar. No quería que mi voz se apagara».
Por ello, decidió dar su mayor paso de fe. A través de Facebook Messenger envió un saludo a la pianista Gabriela Montero. No eran amigos ni se conocían personalmente, pero él sabía que ella había apoyado a varios músicos venezolanos profesionales durante la crisis.
Montero estaba en una gira mundial y se había consolidado en el complejo mundo de la música clásica no solo por su técnica sobresaliente, sino por incorporar improvisación en sus presentaciones, un detalle poco común que el público de todas partes valoraba.
Luis le escribió una vez…
Dos veces…
Tres veces…
«Tardé dos años en responderle», admite Gabriela en una conversación con BBC Mundo a través de Zoom desde Washington, donde se prepara para un concierto.
Recuerda que lo que más le llamó la atención de Luis fue su amabilidad; a pesar de que no recibía respuesta a sus mensajes, nunca adoptó una actitud agresiva, «como me ocurrió en múltiples ocasiones».
Cuando finalmente respondió, Gabriela le pidió un audio para conocer su registro vocal.

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«Dadas las circunstancias, solo tenía una grabación a mano: Un’aura amorosa, un aria del primer acto de la ópera Così fan tutte de Mozart —explica Luis—, y eso fue lo que le envié».
Al otro lado del Atlántico, Gabriela escuchó el mensaje acompañada por su esposo, Sam McElroy, un barítono irlandés reconocido.
«Ambos quedamos encantados. Sam me dijo que la voz de Luis tenía algo que no se puede enseñar», recuerda Gabriela.
De hecho, su esposo fue más allá: «Su voz posee una musicalidad muy natural, como un instrumento bellísimo y conmovedor».
En esencia, que tenía potencial para una carrera como cantante lírico.
Y que definitivamente debía recibir apoyo.
Por eso le solicitaron lo habitual en estos casos: un video donde no solo se le escuchara cantar, sino también se apreciara cómo lo hacía. Con esa grabación en manos, podrían contactar a sus conocidos y buscar la mejor manera de ayudarlo.
«Me respondió: ‘Maestra, deme unos días, que se lo envío’. Yo pensé que sería cuestión de tomar el celular y grabar. Pero durante dos meses no tuvimos noticias suyas», relata la pianista.
De Zaraza a Barcelona
«Maestra, deme unos días, que se lo envío»…
Luis recuerda que en ese instante, a mediados de 2017, dudaba que fuese posible grabar un video para audicionar.
Primero necesitaba un piano. En Zaraza solo había uno, y estaba tan deteriorado que no hubiese sido posible afinarlo para una presentación aceptable. Requería un piano y un espacio adecuado para grabar.
La única opción posible era Caracas. Durante dos meses juntó el dinero para cubrir transporte, alquiler de la sala y lo básico para dos días en la capital.
«Nunca olvidaré cómo mi familia y amigos aportaron algo: un cepillo de dientes, unas arepas. Parecían pequeñas cosas, pero eran todo lo que tenían», dice.
Luego de dos intensos meses, Luis pudo grabar el video. Una vez más, Un’aura amorosa. De nuevo, invocando el espíritu de Mozart.
Con el video en mano, Gabriela y Sam crearon una página de crowdfunding y en menos de dos meses recaudaron 6.000 euros. Lo suficiente para costear el viaje de Luis a España para audicionar en el Centre de Perfeccionament en Valencia.


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«Si obtenía la beca, tendría dos años para estudiar y abrirme camino en distintas óperas europeas», detalla Luis.
El 4 de mayo de 2018, abordó un avión en el aeropuerto de Maiquetía.
«Solo al despegar me di cuenta de que posiblemente estaba dejando mi país para siempre. Y ese sentimiento se reflejaba en mis piernas».
El caso irlandés
Según diversas investigaciones, una de ellas publicada en la revista Newsweek, los venezolanos perdieron en promedio 11 kilos de peso en 2017 debido a la escasez de alimentos.
Gabriela recuerda la impresión que le causó cuando se encontraron en un abrazo en el aeropuerto de Barcelona.
«Lucía demacrado. Parecía un fantasma», rememora la pianista.
La idea era prepararse para la audición en Valencia. Al día siguiente, Gabriela organizó una cena a la que invitó a varios amigos para que conocieran a la voz que los había sorprendido en el video. Durante la comida, Luis se levantó, visiblemente afectado, y pidió permiso para retirarse.
«Me superó todo: la culpa de estar rodeado de tanta comida mientras mi familia moría de hambre en Venezuela. No podía disfrutarlo. Me fui a llorar a un cuarto».
Con ese peso de culpa y la esperanza de un futuro distinto, el 12 de mayo de 2018, Luis acudió a la audición.
No fue seleccionado.
«Era muy complicado. A pesar del talento de Luis, la principal herramienta de un cantante lírico es su cuerpo, y él había llegado muy afectado por la crisis», sintetiza Gabriela.
Luis se cubre el rostro al rememorar ese episodio.
«Sentí que le había fallado al mundo entero y no sabía cómo continuar».

Fuente de la imagen, Luis Magallanes
Entonces apareció Sam. «Papá Sam», como lo llama Luis. Él formó parte de un programa de becas de la escuela de música en Irlanda, similar al de Valencia: dos años, una oportunidad para el futuro.
«Logré ganar la beca, pero me negaron la visa para estudiar», relata Luis.
Era agosto y el curso iniciaría en septiembre. Así como Luis había hecho un acto improbable al escribirle a la pianista venezolana más reconocida para pedir apoyo, Sam hizo lo propio: contactó al ministro de Justicia irlandés, Charlie Flanagan, a quien no conocía, y le expuso la historia de Luis.
«Resulta que el ministro recordaba a Sam cantando en la ópera», cuenta Gabriela, «así que decidió ayudar a Luis con la visa».
Zúrich
El hogar de Luis tiene aroma a hogar. Una construcción tranquila de Zaraza. Es un departamento pequeño en la zona de Wetzikon, al oeste de Zúrich. Al llegar, se percibe olor a pollo asado, arepas fritas y ensalada de repollo —con poca mayonesa, tal como se prepara en Venezuela— que Dayana, su esposa, acaba de cocinar.
«El día que salí de Venezuela, con el poco dinero que tenía para alimentarme, le compré un teléfono porque sabía que, sin él, no podría comunicarme con ella ni lograr nada», explica Luis.
Después de dos años en Dublín, una de las directoras artísticas de la Opernhaus de Zúrich lo escuchó cantar y le ofreció un puesto fijo en el coro de la ópera.
Se trasladó a la ciudad suiza en 2020. Dayana lo siguió pocos meses después de salir de Venezuela, aunque tuvo que vivir en España durante cuatro años por problemas con la visa. Solo cuando obtuvo empleo y residencia legal en Suiza pudieron reunirse y casarse.
«Ella es fundamental para mí porque cuando mi voz desaparece, por cualquiera que sea la razón, ella aparece. Sabe exactamente cuándo hacerlo».
Sentados a la mesa, ambos expresan gratitud: a sus familias, amigos, a Gabriela y a Sam.
«Pero no dejamos de sentir cierta culpa por vivir en este lugar tan hermoso, con empleo, mientras nuestras familias sufren», confiesa Dayana entre lágrimas.

Fuente de la imagen, Jorge Pérez / BBC Mundo
El año anterior, Luis realizó una gira desempeñando varios papeles en óperas durante el verano en Italia. También ha tenido algunas presentaciones como solista en la Opernhaus de Zúrich, además de sus roles en el coro.
«Soy tenor agudo y muchas obras están compuestas para este tipo de voz. Eso me lo dio la música de mis llanos».
Por supuesto, carece de palabras para agradecer a Gabriela, a Sam, a su familia en Zaraza, y a sus amigos en Europa.
De ellos obtiene la fuerza que siente cada vez que canta. Parece construir hogares con su voz, al igual que la música de los llanos edificó su pueblo natal.
«Mi voz me salvó», concluye.

