Investigadora denuncia siete años de acoso por parte de la ‘mafia’ del CNIO: «He temido por mi seguridad personal»

El calvario de Ana Hernández, que en 2018 destapó un supuesto desfalco millonario y terminó siendo acosada físicamente dentro y fuera del centro, mientras el Ministerio de Pedro Duque y Diana Morant guardaba silencio: «Es inmoral desperdiciar dinero público destinado a la ciencia»

Ana Isabel Hernández, química orgánica e investigadora del CNIO, que denunció en 2018 posibles corruptelas y fue acosada durante años.

Cuando en 2018 comenzó a alertar sobre presunta corrupción en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), relacionándola con el entonces gerente cesado Juan Arroyo, la investigadora Ana I. Hernández empezó a toparse con «hombres extraños del Este» que la vigilaban en el aparcamiento de esta institución española líder en la lucha contra el cáncer.

Descubrió, por ejemplo, que la empresa proveedora fue fundada en el domicilio del ex gerente, y poco después halló su coche, que se cerraba solo, abierto, con el asiento reclinado hacia atrás.

Trató de convencerse de que era fruto de su imaginación, pero pronto notó que un Mitsubishi negro la seguía incluso en sus días libres. Cuando uno de esos hombres del párking entró con ella en un ascensor, mirándola fijamente, decidió actuar. Denunció ante la Policía.

Las persecuciones cesaron, pero meses más tarde un director vinculado a Arroyo la aguardó agazapado tras una columna en el párking… Al ver que otro investigador acompañaba a Hernández para protegerla, salió huyendo.

Ella relató esto en 2021 durante una asamblea de trabajadores y ahora, con la Fiscalía Anticorrupción investigando la denuncia del ex director de Operaciones, que afirma que en torno a Arroyo se desviaron 25 millones de euros de fondos contra el cáncer, prefiere no hablar del asunto: «Mi familia ha sufrido muchísimo estos siete años, me han hecho la vida imposible, intentaron todo para perjudicarme, pero no busco ser una víctima». Solo admite que «sí, he sentido miedo por mi seguridad al denunciar lo que observaba».

¿Cuándo llega al CNIO y cuándo salta la presunta corrupción?Llegué al CNIO en 2006 y empecé con esto en 2018. En 2017 salió una norma que dejaba fuera a 100 compañeros con contratos temporales. Tenía contactos en política, porque había sido concejala en mi pueblo, y ofrecí esa red a CCOO, el sindicato mayoritario. Me pidieron esperar a los despidos y luego representarían nuestros intereses. Arriesgué mi puesto, fui al Congreso y logramos detener los despidos. Se convocaron elecciones sindicales y gané. La gente estaba agotada.Y entonces…Para lograr la estabilidad de más compañeros necesitábamos fondos, así que comencé a revisar los presupuestos para entender en qué se gastaban. Y hallé lo que encontré.¿No había rumores al respecto?Para mí, no. Vi contratos justo en el límite fiscal de 49.900 euros. Todos correspondían a mantenimiento. Otros siempre adjudicados a las mismas empresas, vinculadas a cargos de Gerencia del CNIO.¿Le causó sorpresa?Me pareció inmoral. Era dinero destinado a la ciencia. Luchábamos por contratos para investigación. Recopilé todos los datos públicos sobre gastos de mantenimiento del edificio, que consumía una cuarta parte del presupuesto general, y llevé la información al Ministerio.¿Les acusaba formalmente?No: solo pedí que se efectuara una investigación. Cualquiera podía ver, en fuentes públicas, numerosas licitaciones sospechosas, sin relación científica. Había mucho gasto en obras sin que viéramos obras reales. Gastaban grandes sumas en dos ferreterías. Al comparar con otros centros similares, la diferencia en gastos era notable.¿Se lo comunicaron internamente?Se lo conté a María Blasco y sé que pidió documentación, pero ni siquiera ella tenía acceso a qué se había realmente ejecutado. Sé que contactó con el Ministerio para que se realizara una investigación.Y usted acudió al Ministerio.El 4 de septiembre de 2018 me reuní con el secretario general de Ciencia, el número dos de Pedro Duque, Rafael Rodrigo. Vio la documentación y me aconsejó no usar mis contactos políticos. Me levanté y me fui; luego escribí al ministro esa misma tarde y envié dos correos más. Nunca tuve respuesta. Entonces, como presidenta del comité de empresa, pedí cita con Raquel Yotti, directora del Instituto Carlos III, al que estamos adscritos.Tampoco ella respondió.Esa reunión, el 20 de diciembre de 2018, fue sorprendente. Tengo pruebas y las presenté en un juzgado. Fui acompañada por una compañera. Te leo lo que nos dijo [lo tenía guardado en su móvil]: «Ustedes también deben protegerse […]. Porque al final, ni el secretario general [de Ciencia], ni yo, ni nadie, va a tener problemas […]. Deben cuidarse, porque aquí hay personas que han trabajado toda su vida en la Administración y conocen muy bien las leyes y sus vericuetos. Lo que no puede pasar es que esto les cause problemas».O sea, no denuncien porque podrían enfrentar consecuencias.No lo sé, defínalo usted. Después de esto, pedimos apoyo a los partidos políticos. Les entregamos la misma información a todos. Nos reunimos tres veces con Podemos, que solo ofrecía protestas mediáticas. No queríamos dañar la imagen del centro, por eso no he salido hasta ahora. Finalmente, Vox fue el único que decidió avanzar e interpuso una querella en 2020. Se archivó provisionalmente este año.Pero su calvario empezó antes.Sí. Desde que denuncié comenzaron a pasar cosas extrañas a mi alrededor, que ahora prefiero no detallar: terminé denunciando a la Policía Nacional. Pedí protección como denunciante de corrupción, pero entonces solo existía la directiva europea, aún no incorporada en España, y el caso se trató como acoso. Todos los subordinados de Arroyo testificaron en mi contra, incluida la actual presidenta del comité de empresa.Quisieron hundirme.Me desacreditaron, intentaron anularme y taparlo todo desacreditándome. Incluso tuve que cambiar de funciones en el centro.Pero siguió luchando.Perdí las elecciones sindicales, pero continué indagando: soy así, es dinero público y no debe malgastarse. Tras las denuncias en 2018, los contratos mayores estuvieron más controlados, así que empezaron a hacer lo mismo con los de menor cuantía. Tenían la obligación de publicarlos, pero no cumplían. A finales de 2024 llegó el director de Operaciones y me preguntó por qué los solicitaba: «Estoy viendo las mismas empresas, pero con contratos menores. Quiero que al menos especifiquen el objeto del contrato», le dije.¿Ni siquiera se detallaba ese dato?No, solo ponía: «Obras». Fraccionaban contratos de forma evidente. Él denunció meses después.¿Dialogaba con Arroyo sobre estas cuestiones?Claro. Recuerdo una licitación de climatización idéntica a otra de un año antes. Me quejé y dijeron que el director técnico la supervisaba. Cuando salió, había bañeras de hidromasaje, una bomba de piscina y suelo radiante. ¿Qué tenía eso que ver con la ciencia? Lo denuncié, María Blasco lo apoyó y la licitación fue anulada. Esa era su práctica.Y, siempre, el cáncer de fondo.Dos amigos míos han fallecido por cáncer. Una era investigadora. Me dijo: «Debes continuar, esto salva vidas». He pasado siete años yendo al hospital de La Paz para acompañar a niños enfermos de cáncer. Millones mueren cada año por esta enfermedad, y quiero destacar que el dinero destinado a investigación en el CNIO se vigila hasta el último céntimo: es fundamental que la sociedad conozca esto y la importancia de preservar el prestigio del centro, que es uno de los diez mejores del mundo por méritos específicos… Por eso me duele tanto todo esto. Elegí trabajar aquí. Tenía dos ofertas de farmacéuticas cuando llegué y monté el laboratorio de Química desde cero, sin ni siquiera muebles. Debatir así para poder hacer ciencia resulta lamentable. Ha sido David contra Goliat, pero no me arrepiento. No soy nadie: si tengo que trabajar de cajera, lo haré; mis padres fueron agricultores. Pero esto no se puede tratar de esta manera. Es una vergüenza.¿Y la nueva dirección?Me transmite buen feeling. Realmente están cambiando las cosas.

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