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Durante sus estudios de posgrado en los años 60, Joe Golden participó en una docena de vuelos dentro del ojo de huracanes, enfrentando vientos de hasta 260 km/h que azotaban los laterales de su avión de hélice.
“Se trata de un anillo de tormentas eléctricas que con frecuencia supera los 12.200 metros de altura”, explica Golden, quien tanto fotografió huracanes como recogió datos sobre su evolución.
“Además, pueden presentarse relámpagos intensos con frecuencia”, añade con naturalidad. “Eso representa un peligro adicional”.
Las tripulaciones en vuelos de “cacería de huracanes” protegían la cabina de sus aeronaves y aprendieron a no omitir las indicaciones de abrocharse el cinturón al atravesar el muro del ojo.
El meteorólogo Hugh Willoughby recuerda vuelos emocionantes que pusieron a prueba sus nervios, entre ellos uno donde el equipo de seguridad golpeó el techo cuando el avión perdió aproximadamente 60 metros de altura tras apagarse el motor.
“Me fascinaba levantarme a las 2:00 a.m., vestirme con el mono de vuelo, calzarme las botas”, comenta Willoughby. “Pasar por la habitación de los niños, arroparlos, besarles la frente y salir a volar hacia una tormenta furiosa”.
Desde la década de 1940, pioneros como Willoughby y Golden realizaron vuelos atrevidos hacia la intensa zona de los huracanes para recopilar datos cruciales que ampliaron la comprensión científica y revelaron cómo estos ciclones alcanzan su fuerza destructiva.
Sin embargo, durante unas pocas décadas, el Departamento de Defensa de EE.UU. y los servicios meteorológicos emprendieron misiones en la pared del ojo con una meta aún más ambiciosa: no solo observar estos fenómenos imponentes, sino también modificarlos.
Entre 1962 y 1983, bajo el nombre Proyecto Stormfury (Furia de tormenta), pilotos navales lanzaron compuestos de yoduro de plata en el “cinturón de vientos máximos”, justo fuera de la pared del ojo, sosteniendo que esta zona era intensa pero susceptible a alterar.
Si esto era cierto, se podría modificar, reduciendo la potencia devastadora de la tormenta.

Seis décadas tras sus primeros vuelos y 42 años después de su clausura, Golden y Willoughby rememoran Stormfury como un programa que aportó conocimientos claves que han salvado vidas.
No obstante, los esfuerzos de EE.UU. por controlar tormentas han dejado un legado polémico, alimentando desconfianzas y teorías conspirativas, con interrogantes sin resolver aún vigentes.
De las armas nucleares a los huracanes
Tanto Golden como Willoughby recuerdan que los proyectos de modificación climática emergieron en un momento de gran entusiasmo tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se creía que la ciencia no tenía fronteras.
Como trasfondo, estaba la bomba nuclear, señala Kristine Harper, profesora de Historia y Ciencias en la Universidad de Copenhague.
Tras la devastación de Hiroshima y Nagasaki, se esperaba que la energía atómica se utilizara para fines pacíficos, desde generación eléctrica hasta la “jardinería atómica”, que empleaba productos radiactivos para cultivar variedades mutadas.
En 1946, medios impresos y radios especularon que las armas nucleares podrían algún día proteger contra desastres naturales, relata Harper en su obra «Make It Rain«, que narra los intentos de EE.UU. por controlar el clima.
Un artículo del New York Times se preguntaba si la energía atómica, “por su potencia explosiva”, podría desviar huracanes lejos de áreas urbanas.
Los primeros ensayos en control del clima contaron con la colaboración de veteranos del Proyecto Manhattan, como John von Neumann y Edward Teller, considerado el “padre de la bomba H”.
Pero el progreso más significativo ocurrió dentro de un pequeño congelador adaptado.
En el laboratorio de investigación de General Electric, bajo la dirección del químico premio Nobel Irving Langmuir, se demostró que inducir lluvia en nubes era posible al liberar sustancias que provocaban la cristalización del agua superenfriada y la formación de nieve.

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En 1946, el asistente de Langmuir realizó una prueba de “siembra de nubes”, dejando caer hielo seco desde un avión monomotor hacia una nube sobre el oeste de Massachusetts en noviembre.
Langmuir observó desde tierra, con binoculares, cómo comenzaba a nevar en otoño en el Monte Greylock.
“¡Esto es historia!”, exclamó al teléfono a los periodistas, según el libro «Caesar’s Last Breath: Decoding the Secrets of the Air Around Us» de Sam Kean.
En aquella época, cuando muchos soñaban con controlar el clima como se sintoniza una radio, la perspectiva de dominar el tiempo parecía sorprendermente cercana, escribe Harper.
Cómo debilitaban un huracán
Aunque entonces se conocía poco sobre la estructura y dinámica de los huracanes, la Marina y el Ejército acordaron colaborar con el laboratorio de Langmuir en el Proyecto Cirrus.
El propósito era evaluar si la siembra de nubes podría extinguir huracanes en formación, desviarlos o disminuir la intensidad de ciclones tropicales antes de tocar tierra.
Datos de globos meteorológicos y aviones indicaron que las nubes de huracán contenían cantidades importantes de agua superenfriada, similar a la nube sembrada por Langmuir.
Durante la temporada de huracanes de 1947, el 13 de octubre, una tripulación naval lanzó 80 kg de hielo seco desde un bombardero B-17 sobre el huracán King que atravesaba Florida, dispersando el compuesto sobre la tormenta.
Este fue el primer intento documentado de usar la siembra para modificar un ciclón tropical.
Aunque los aviones adaptados no poseían la tecnología para dirigir con exactitud la siembra hacia áreas específicas del huracán, la misión levantó el ánimo de los directores del proyecto.
Un meteorólogo naval, volando en un B-17 que seguía al avión sembrador, observó a través de un radar cómo las nubes se convertían en nieve, y señaló una “modificación significativa” en el huracán, narra «Fixing The Sky» de Jim Flemming.
No obstante, días posteriores ocurrió algo inesperado.

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El huracán King, que inicialmente se desplazaba sin causar daños sobre el mar, cambió de rumbo e impactó la ciudad de Savannah, Georgia, provocando una muerte registrada y pérdidas económicas millonarias.
Aunque sin pruebas concluyentes, Langmuir afirmó estar “99% seguro” de que la desviación fue consecuencia de la siembra.
El propósito de Stormfury
Preocupaciones públicas y dudas científicas afectaron al Proyecto Cirrus hasta su fin en 1952.
No obstante, el ejército estadounidense mantuvo interés en la modificación de tormentas mientras su implicación en Vietnam crecía en los 60, según Harper.
“La Armada desarrollaba proyectos secretos en la Estación Aérea Naval de China Lake, California, trabajando en técnicas de siembra o control climático para usarse en Laos y Vietnam”, comenta.
Estas operaciones encubiertas, denominadas Operación Popeye, pretendían crear un “arma meteorológica” capaz de provocar lluvias intensas para interrumpir la Ruta Ho Chi Minh, una arteria logística militar norvietnamita.
Para estos fines, un programa civil de modificación climática ofrecía una “cobertura ideal”, según Harper.
La hipótesis de trabajo de Stormfury planteaba que al liberar yoduro de plata justo fuera de la pared del ojo, se generaría una segunda pared que competiría con la interna.
Si se expandía esta “pared del ojo” externa, se esperaba que redujera la velocidad del huracán, similar a un patinador que extiende los brazos para aminorar su giro.
“Reducir el viento en un 10% podía marcar una diferencia significativa en la intensidad al llegar a tierra”, explica Willoughby, quien comenzó a monitorear tormentas en el Pacífico para la Armada durante los años 70.
Por ejemplo, un viento de 160 km/h reducido a 80 km/h pierde alrededor del 75% de su potencia.
El huracán Esther aportó la evidencia clave para esta teoría.

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Esta tormenta se formó cerca de las islas de Cabo Verde en septiembre de 1961 y se intensificó al cruzar el Atlántico, aproximadamente 640 km al norte de Puerto Rico.
El 16 de septiembre, una aeronave de la Oficina Meteorológica de EE.UU. sobrevoló la pared del ojo de Esther y lanzó ocho botes de yoduro de plata en contra de los vientos intensos.
Los radares mostraron un debilitamiento en la pared del ojo tras las siembras.
Aunque otros análisis no detectaron cambios, la misión fue declarada exitosa y marcó el inicio oficial de Stormfury.
Restricciones
A pesar de que el Proyecto Cirrus de 1947 fue relevante, investigaciones posteriores indicaron que el huracán ya giraba antes de la siembra.
Por ello, Stormfury enfrentó estrictos criterios para modificar huracanes, definiendo un área experimental poligonal en el Atlántico abierto, lejos de EE.UU., pero lo suficientemente próxima a Cuba para que Fidel Castro acusara a EE.UU. de intentar agresión contra su régimen comunista.
Estas limitaciones supusieron que varias temporadas de huracanes pasaron sin intervención durante los 60, mientras Stormfury aguardaba sin éxito sus oportunidades.
Tras una siembra con resultados poco claros en 1963, el huracán Betsy en 1965 parecía una opción ideal, según Golden, quien se incorporó a Stormfury en 1964 y trabajó por cuatro décadas en NOAA.
Golden rememora cómo los directores del proyecto, los meteorólogos pioneros Joanne y Robert Simpson, aguardaban la luz verde del jefe de NOAA, Robert White, mientras Betsy se acercaba al Caribe.
“Solo podíamos sembrar si el ojo estaba dentro de la zona determinada; Betsy estuvo 80 km fuera, así que desistimos”, relata, enfatizando que el equipo se retiró.
Aunque fue una gran frustración, Golden considera que fue beneficioso, pues evitó repetir la controversia del Proyecto Cirrus.
“Betsy tuvo una trayectoria muy errática y finalmente se dirigió hacia el suroeste, impactando justo al sur de Miami”.
La mayor misión de Stormfury ocurrió en 1969.
Los días 18 y 20 de agosto, 13 aeronaves efectuaron cinco pasadas sobre el huracán Debbie, incluyendo un avión de reacción Navy A-6 Intruder que liberó 1.000 botes de yoduro de plata cada jornada.

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Tras casi una década de intentos infructuosos, los resultados fueron impresionantes: registraron la aparición de una segunda pared del ojo después de las siembras, con vientos reducidos, acorde con la hipótesis.
Durante esos dos días la velocidad del viento descendió un 31% y 15%, respectivamente.
R. Cecil Gentry, director de Stormfury, estimó que la probabilidad de que esto ocurriera por casualidad era menor al 10%, y en un artículo en Science afirmó que los datos evidenciaban una modificación exitosa.
El cierre de Stormfury
Sin embargo, Debbie no fue el salto hacia el éxito definitivo que esperaban los involucrados.
El último vuelo de siembra se efectuó en 1971 en el huracán Ginger, donde se liberaron botes en el ojo sin resultados aparentes.
Ese mismo año, la Armada retiró su apoyo.
La decisión, según Harper, fue motivada en parte porque las técnicas ya eran utilizadas en Vietnam y Laos, dejando de ser necesario probarlas en huracanes del Atlántico.
Los Papeles del Pentágono de 1974 revelaron que en Vietnam, Camboya y Laos se lanzaron 47.409 botes de yoduro de plata en 2.600 misiones de siembra por parte de la Fuerza Aérea y la Armada.
En general, Stormfury liberó botes en cuatro huracanes durante ocho jornadas diferentes.
Los datos mostraron que en cuatro de esos días hubo disminuciones de viento superiores al 10%, mientras que en otros no se observaron cambios atribuibles a siembra o a tormentas no adecuadamente elegidas.
Debido a la escasez de huracanes susceptibles en el Atlántico, EE.UU. buscó en los 70 acuerdos con Australia y Filipinas para realizar experimentos en el Pacífico, frente a sus costas.
“Los países del Pacífico simplemente dijeron: ‘No, eso no va a suceder’”, comenta Harper.
Alrededor del supuesto éxito con Debbie, la base científica empezó a derrumbarse.
Se observó que algunos huracanes desarrollan espontáneamente múltiples paredes del ojo concéntricas, un fenómeno que Willoughby constató durante sus vuelos.
Esto sugería que los resultados de Debbie podrían ser coincidentes.
Paralelamente, se cuestionó si los huracanes albergaban abundantes nubes de agua superenfriada, tal como asumía Stormfury, o si predominaba hielo resistente al yoduro de plata.

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“Probablemente cualquiera de ambos escenarios habría sido suficiente para desacreditar el proyecto en una evaluación científica objetiva”, afirma Willoughby.
“Francamente, el experimento parecía mal diseñado en sus últimas etapas”, agrega.
En su evaluación final en 1985, concluyó que, a pesar del empeño de los científicos, “los cambios esperados debido a la siembra se confundían con variaciones naturales de intensidad”.
¿Falló Stormfury?
Para todos los participantes, estaba claro que Stormfury jamás fue un estudio meteorológico común, sino un experimento que comenzó “por el camino equivocado”, según Pierre St Amand, líder naval citado en «Make it Rain«.
Debido a su valor militar y posible impacto civil, Stormfury recibió fondos millonarios y respaldo que pocos estudios meteorológicos han contado.
Además, la ciencia de huracanes era incipiente, con insuficientes conocimientos para predecir con precisión su estructura y dinámica interna.
“Había un núcleo científico”, resume Harper, aunque es altamente probable que el proyecto no hubiera prosperado sin intereses militares.
Sin embargo, el programa aportó información valiosa.
“Los vuelos aéreos nos enseñaron sobre la estructura y comportamiento de los huracanes”, señala Golden.
“Y esos datos contribuyeron a perfeccionar los modelos meteorológicos de entonces”.
Los fondos para meteorología ayudaron a cerrar esas brechas de conocimiento.
Willoughby, actual profesor investigador en la Universidad Internacional de Florida, comenta que desde inicios de Stormfury, la precisión en el pronóstico de trayectoria de huracanes con 24 horas de anticipación ha mejorado exponencialmente y las predicciones de intensidad han pasado de vagas a exactas.
Los datos obtenidos por aviones de observación continúan siendo analizados, y los instrumentos desarrollados en Stormfury proveen métodos más precisos para rastrear huracanes aéreamente.
Dos aviones P3 altamente modificados, apodados Kermit y Miss Piggy, adquiridos para el proyecto, siguen en uso medio siglo después.
¿Un futuro para modificar tormentas?
Para algunos, Stormfury quedó inconcluso.
“Stormfury fue uno de los experimentos científicos más frustrantes que viví”, afirma Golden. “Creo que NOAA se rindió antes de tiempo”.
Con los años, Golden ha continuado presionando para que agencias gubernamentales retomen la iniciativa y muestren ambición para controlar ciclones.

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Impulsado por el huracán Katrina en 2005, que dejó cerca de 2.000 muertos, Golden colaboró con el Departamento de Seguridad Nacional en “Hamp”, el Programa de Aerosoles y Microfísica de Huracanes.
“El objetivo también era disminuir la fuerza de los huracanes, pero con un enfoque distinto. En lugar de yoduro de plata, emplearíamos diminutos aerosoles salinos para iniciar la siembra”, explica.
“De haberse mantenido la financiación, se habrían realizado experimentos de campo, no primero con huracanes, sino con líneas de nubes”.
“Los resultados en modelos fueron muy prometedores”, afirma, señalando que los aerosoles podrían no solo reducir la potencia de un huracán, sino además modificar su trayectoria.
“Esto es crucial: si se logra desviar un huracán como Katrina de Nueva Orleans, se salvarían muchas vidas y enormes daños materiales”.
“Eran resultados muy estimulantes pero, una vez más, la financiación terminó”, lamenta.
Por su lado, Willoughby considera que la NOAA tomó la decisión acertada al cancelar la investigación.
“Era una idea fascinante: ¿cómo no fascinarse con la posibilidad de hacer llover en el desierto o evitar que tifones y huracanes destruyan ciudades?”, plantea. “Pero la ciencia no respaldó la idea”.
Para quien busque cómo detener huracanes, Willoughby señala obstáculos evidentes.
“Hay que concebir una solución, realizar un experimento teórico o piloto y luego simularlo en modelos numéricos”.
Sin embargo, duda que exista una solución capaz de igualar la energía de una tormenta tropical.
Stormfury fue un duro despertar que confrontó a la humanidad con la “inmensa” energía de un huracán, estimada semejante a una bomba nuclear de 10 megatones explotando cada 20 minutos, subraya Willoughby.
“Quizás algún día se encuentre cómo debilitar artificialmente los huracanes”, concluye en un correo electrónico. “¿No sería extraordinario lograrlo?”.
*Si deseas leer el artículo original en inglés en BBC Future, haz clic aquí

