El complejo turístico en la costa de Alemania finalizado en 1939 que nunca recibió huéspedes en sus 10.000 habitaciones

Las habitaciones seguían una idea clara. Debían ser pequeñas, albergando dos personas por cuarto, con mobiliario básico, y contar con baños y comedores compartidos. La limitación de espacio no respondía a restricciones financieras, sino que funcionaba como un método de control social

Prora, el complejo turístico que diseñaron los nazis en 1939 y no llegó a abrir por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. (AFP)

A 150 metros del mar Báltico, en la isla alemana de Rügen, se extiende a lo largo de 4,5 kilómetros una fila de bloques de hormigón que en su momento fue el edificio más largo del mundo. Prora, el complejo turístico diseñado para alojar simultáneamente a 20.000 trabajadores, fue finalizado en 1939 pero nunca recibió turistas debido al estallido de la Segunda Guerra Mundial, que detuvo los planes antes de su apertura. Actualmente, los bloques se están transformando en apartamentos de lujo. La cadena pública alemana NDR advierte que la historia del lugar se “evapora detrás de fachadas lujosas”: el proyecto para un nuevo centro de documentación lleva años estancado y corre el riesgo de perder los fondos que el gobierno federal asignó en 2021.

Este proyecto surgió en 1936 dentro del programa Kraft durch Freude (KdF), que significa “La fuerza a través de la alegría”, una rama del Frente Alemán del Trabajo bajo control del partido nazi de Adolf Hitler, cuyo propósito era organizar el ocio masivo. Conciertos, excursiones, teatro, bailes folclóricos y cruceros conformaban una agenda que, según un reportaje de Sciencepost, ya había movilizado a unos 25 millones de alemanes en 1939. Prora debía ser el núcleo de ese sistema: una demostración de que el Estado podía garantizar descanso a gran escala.

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Imagen de Prora, el complejo turístico que idearon los nazis. (AFP)

El arquitecto Clemens Klotz fue el ganador del concurso de diseño con una propuesta de ocho bloques simétricos, cada uno con una longitud de entre 500 y 550 metros y seis plantas de altura, alineados paralelamente a la costa para que todas las habitaciones tuvieran vista al mar. El coste estimado en aquel entonces fue de alrededor de 237 millones de Reichsmark, equivalente aproximadamente a 850 millones de euros en la actualidad, según datos del portal alemán NDR.

Habitaciones pequeñas para controlar a la población

Las habitaciones respondían a una idea muy específica. Robert Ley, creador del programa KdF, diseñó los cuartos pequeños intencionadamente: alojar dos personas en cada uno, con mobiliario austero, y baños y comedores compartidos. La limitación de espacio no correspondía a un problema de presupuesto, sino a un sistema de control social. La finalidad era empujar a los vacacionistas hacia las áreas comunes, donde la vida colectiva pudiera ser observada y dirigida. Según Sciencepost, incluso existían informantes entre los propios turistas, encargados de detectar a quienes no participaban en las actividades establecidas.

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La finalidad era empujar a los vacacionistas hacia las áreas comunes, donde la vida colectiva pudiera ser observada y dirigida

La construcción avanzó rápidamente entre 1936 y 1939. Cuatro de los ocho bloques quedaron prácticamente terminados. Luego irrumpió la Segunda Guerra Mundial y los recursos se desviaron hacia el esfuerzo bélico. Los obreros dejaron de trabajar y Prora nunca abrió al público. El complejo pasó a manos del Ejército Rojo, cuyos soldados intentaron destruirlo. Hicieron explotar una parte de uno de los bloques sin terminar, pero desistieron: la estructura era demasiado robusta para derrumbarse fácilmente.

La posguerra transformó Prora en cuartel

En la posguerra, Prora se convirtió en cuartel. Durante décadas, las habitaciones diseñadas para turistas alojaron a soldados del Ejército Popular Nacional de la República Democrática Alemana (RDA). El sitio también funcionó como destino para los objetores de conciencia del régimen. Tras la reunificación alemana en los años noventa, el complejo quedó casi abandonado: demasiado grande para pasar inadvertido, y demasiado cargado de historia para ser utilizado sin controversia.

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De los ocho bloques originales, cinco siguen en pie. A partir de 2004, el gobierno federal comenzó a vender esos bloques a inversores privados. Desde entonces, las paredes que alojaron generaciones de militares se han ido convirtiendo en apartamentos de lujo, hoteles y albergues para jóvenes. Los precios de venta de algunas propiedades alcanzaron los 6.500 euros por metro cuadrado, según información del NDR, lo que llevó a los críticos a calificar estas viviendas como destinadas a los “diez mil más acomodados”.

Prora, el complejo turístico que diseñaron los nazis en 1939. (AFP)

El debate acerca de Prora trasciende su arquitectura e historia. Un nuevo centro de documentación, para el cual el gobierno federal destinó fondos en 2021, lleva años en fase de planeación y enfrenta la posibilidad de perder la financiación otorgada debido a los retrasos acumulados, informó el NDR en marzo de 2026. La exposición actual, titulada MACHTUrlaub (“hacer vacaciones”), explica en el centro de documentación cómo los huéspedes deberían haber recorrido hasta 2,2 kilómetros dentro del edificio para llegar a sus habitaciones.

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Lo que iba a ser el balneario de masas más grande del mundo se ha convertido en uno de los destinos más exclusivos del mar Báltico. El Coloso de Prora, como se le conoce popularmente, recibe cada año a miles de visitantes, muchos atraídos justamente por la historia que sus renovadas fachadas apenas insinúan.

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