El partido de Abascal busca que los ‘populares’ se orienten hacia el centro, con el fin de distribuir roles y aumentar la suma de apoyos.

Se está produciendo un cambio en el bloque de la derecha tras la conclusión del ciclo electoral autonómico. Tras ejecutarse los cuatro pactos regionales con Vox en Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía, el PP consideró superado su dilema de gobernabilidad y ya contempla una eventual coalición nacional con Vox. Esto, sin duda, en el Congreso. En el Gobierno, Feijóo también ha dejado de descartarlo, un año después de comprometerse a gobernar sin coaliciones.
Sin embargo, los movimientos no se limitan a eso. Vox también se está reposicionando políticamente, ahora que vuelve a gobernar junto a los populares y que la confrontación se desplaza a su espacio discursivo. En la recta final de la legislatura, el partido de Santiago Abascal suaviza su relación con el PP y modera el tono de sus críticas. La voluntad de mejorar la cooperación es genuina.
«Una mano tendida total», señalan fuentes de Vox a EL MUNDO. «Existe una línea de entendimiento con el PP porque han cesado de demonizar a Vox y de obstaculizarlo con maniobras. Echar a Sánchez depende de Vox y finalmente han comprendido que debe acabarse con el intento de demonización», añade un portavoz de la dirección nacional.
«Ya no estamos en esa etapa» de enfrentamientos entre ambas formaciones, recalcan, «considerando que existen cuatro alianzas en las comunidades autónomas». Pero Vox advierte a Feijóo que todo se desmoronará si el PP no respeta estrictamente lo pactado en esas regiones: «No dudaremos en actuar si se producen incumplimientos». En otras palabras, Vox está «listo» para «salir nuevamente de los gobiernos» si esto sucede.

Las relaciones han mejorado después de que, en meses pasados, Vox responsabilizara a Génova de intentar sabotear los acuerdos. Ahora, Abascal ha ordenado a sus vicepresidentes -sus líderes territoriales- que «mantengan respeto hacia el socio». Sin embargo, apenas tres meses atrás, en abril, fuentes de la dirección radical aseguraban a este diario: «Si persisten en presentarnos como el demonio, la destrucción mutua será inevitable. Pretenden doblegarnos y esa táctica es autodestructiva. No llegaremos a buen puerto si continúan por esa vía».
Actualmente, el mensaje es diferente, más moderado, aunque sin cambiar el diagnóstico sobre la opción de lograr mayoría. La dirección de Bambú celebra el viraje estratégico de Feijóo, quien ha admitido por primera vez la posibilidad de pactar un Gobierno con Abascal, pero sigue considerando que el PP debe dirigirse hacia el centro, para que ambos partidos distribuyan sus roles en el bloque y optimicen el número de escaños.
En Vox continúan afirmando que el PP debería acercarse más a «la centroizquierda», pues de no hacerlo, existe un riesgo real de que la suma de sus apoyos sea inferior. «Si el PP no consigue captar votos provenientes de la izquierda, será perjudicial para España. No basta con una victoria estrecha, debe ser contundente, dado que Sánchez está dispuesto a maniobras ilegítimas. La mayoría debe ser aplastante», explican las fuentes consultadas, que añaden: «El escenario andaluz es muy positivo».
¿Entonces, un PP muy fuerte apoyado en Vox como base de gobernabilidad? «No». Vox descarta por completo ser un partido bisagra a nivel nacional. Aspira a influir al máximo y a preparar su salto definitivo en 2031.
La dirección de Bambú se siente cómoda con el escenario actual, donde se habla de «prioridad nacional», de medidas «contra» los menores inmigrantes no acompañados, e incluso se les denomina «ilegales», aunque no lo sean, ya que están bajo tutela estatal. También se mencionan términos más vinculados a su espacio ideológico, como la ley del «concebido no nacido» anunciada primero por Isabel Díaz Ayuso para la Comunidad de Madrid y luego por Feijóo a nivel nacional.

¿Por qué se sienten cómodos? Porque consideran que estas acciones los legitiman y avalan su discurso. Algo similar ha ocurrido con el giro migratorio de toda la derecha e incluso algunos socialdemócratas europeos. Sin embargo, creen que se trata de una estrategia errónea, impulsada por la presión de Ayuso y Aznar.
En cualquier caso, las aguas de la derecha están más calmadas en el momento crucial de la legislatura. Tan distantes como entre llamar «contrabandistas de ría» a la cúpula del PP y la actual «mano tendida absoluta». Así lo manifestó el propio Abascal ayer, en una entrevista para La mirada crítica: «Estamos satisfechos por haber afrontado cuatro procesos electorales planteados como un campo minado para Vox y haber salido victoriosos, con acuerdos de Gobierno muy satisfactorios».
El reposicionamiento táctico dentro del bloque no es el único que ha realizado en estos días la dirección nacional de Bambú. Otro movimiento llamativo de Abascal es su distanciamiento, por primera vez, de Donald Trump, a quien hasta ahora no había criticado ni siquiera por su intento de anexar Groenlandia —acción que reiteró ayer mismo—.
El presidente de Vox fue tajante en una entrevista ofrecida al programa La mirada crítica de Telecinco: cuestionó los ataques del mandatario estadounidense, Donald Trump, contra Giorgia Meloni, primera ministra de Italia, y afirmó que «no se puede tratar a los aliados como vasallos». «Creo que el señor Trump se está equivocando», subrayó Abascal, tras la publicación por parte de Trump de una foto con Meloni acompañada del mensaje «Necesitamos una orden de alejamiento». Esto ocurrió justo antes de la cumbre de la OTAN que arranca este martes en Ankara con la participación de ambos líderes.
No obstante, en Vox sostienen que no se trata de un «reposicionamiento», sino de que cada uno defiende sus intereses, y la forma en que Trump resguarda los suyos «colisiona» con algunos aliados de Abascal. «No nos alejamos de Trump ni nos acercamos a Meloni. Seguimos siendo aliados de ambos». Abascal, de hecho, enfatizó en la entrevista que coincide «en muchos aspectos» con Trump, pero también considera que «es positivo que los aliados se respeten cuando deben defender intereses contrapuestos».
Hasta ahora, Abascal había evitado pronunciarse sobre el conflicto surgido entre dos de sus principales socios internacionales. Una disputa iniciada tras las declaraciones de Trump afirmando que Meloni le había solicitado «una y otra vez una foto» durante la última cumbre del G7. «Italia y yo nunca pedimos limosna», respondió ella.

