En apenas 12 meses, la formación ha logrado consolidarse siguiendo la trayectoria de Le Pen en Francia.

Si se tuviera que señalar cuándo Vox comenzó a enfocarse en la clase obrera, ese momento sería hace un año. Un entonces poco conocido Carlos Hernández Quero, referente del partido en temas de Vivienda, y José María Figaredo, portavoz en asuntos económicos, se convirtieron en protagonistas durante la Asamblea de la formación de 2025 —su particular fin de curso—, cuando Santiago Abascal aprovechó para presentar el nuevo ideario que Vox planteaba en estas áreas.
Desde entonces, ese documento, que ahora es la columna vertebral de la estrategia del partido, inauguró una línea poco explorada previamente, con propuestas como suprimir la cuota de autónomos para quienes ganan menos que el Salario Mínimo, o restringir la compra de viviendas por parte de capitales extranjeros. Estas medidas apelaban a la clase trabajadora más que a la acomodada, implicando una reformulación en el discurso original de Vox, que inicialmente abogaba por la reducción de impuestos a los ricos y criticaba los costos laborales que afrontan las empresas. Un año más tarde, guiado por estas ideas renovadas, el sector popular ha dejado de ser ese grupo distante para Abascal.
Todo lo contrario: a la par que su giro hacia los obreros, este segmento se ha convertido en su principal reserva electoral. En junio de 2025, Vox alcanzaba un 16,4% de intención de voto entre quienes se identificaban con un nivel socioeconómico «bajo» o «medio-bajo», según la encuesta de Sigma Dos. Esa cifra fluctuó entre el 15% y el 17% hasta noviembre, momento en que aumentó hasta un 18,6% en el voto trabajador. Actualmente, el mismo sondeo sitúa a Abascal con el apoyo del 19,3% en este grupo. Aunque descendió a un 17% en mayo, exceptuando esa variación, cada mes el partido se acerca al 20% de respaldo entre los sectores más humildes. Y es este el único estrato en el que registra esas cifras, históricas para la formación.

Aunque el incremento de Vox entre la clase obrera acompaña al crecimiento general experimentado por el partido durante el último año, también cabe destacar que es en este grupo donde la formación obtiene su mejor desempeño. En junio, Abascal contaba con mayor respaldo en la clase trabajadora (19,3%) que a nivel general (17,2%), y es el único segmento donde sucede esto: en la clase «media» (16,6%) y en la «media-alta» o «alta» (15,2%), sus porcentajes están por debajo de su promedio. La situación contrasta con la vivida por el PP, que en la franja social más baja (24,9%) tiene un apoyo inferior a su media general (32,6%). Por su parte, al igual que Vox, las fuerzas de izquierda también ven en la clase trabajadora su colectivo principal: PSOE, Podemos y Sumar obtienen mejores resultados en este grupo que en el conjunto. Sin embargo, en el caso del PSOE, su principal base ahora es la clase «media», no la obrera —un fenómeno que acompaña al traslado de votos del PSOE a Vox en sus picos máximos—.
Del 16,4% hace un año, el partido ha ascendido al 19,3% en intención de voto
Desde la perspectiva de la demoscopia, Abascal ha sabido sacar partido al replanteamiento de su discurso, superando una barrera histórica y consolidándose entre los obreros como una fuerza estable —aunque parece haberse estancado cerca del 20%, lo cual representa un récord para Vox—. De esta forma, se incorpora a la estrategia que inició Marine Le Pen en Francia, quien ahora mantiene una alianza preferente con Abascal, y lo hace convencido de que ese es el camino a seguir. Este cambio también queda reflejado en los acuerdos alcanzados con el PP en tres comunidades autónomas, donde Vox ha dejado su impronta tres años después, principalmente con medidas enfocadas en la clase popular.

Estos pactos no muestran rastro de las propuestas que en su momento fueron las banderas más defendidas por Abascal, tales como la oposición al aborto o el enfrentamiento con las políticas de igualdad actuales. Por el contrario, Vox opta por introducir reducciones en el IRPF en los tramos iniciales y menciones al «alquiler asequible» y a la promoción de vivienda protegida. Su línea roja en este ámbito, la negativa a intervenir el mercado, le ha colocado en situaciones complicadas en los últimos meses, sin embargo, esto no parece minar su consolidación entre los obreros.
Este cambio ideológico se hace aún más visible al analizar cómo se ha extendido a una de las áreas que Vox considera prioritarias: la inmigración. Hace cerca de un año, la fundación de Abascal, Disenso, presentó un informe que afirmaba que los inmigrantes consumen más recursos de los que aportan al Estado, concluyendo que la llegada de extranjeros genera un «impacto económico negativo en el Estado del Bienestar». Utilizando este análisis, Vox ha incorporado una nueva dimensión a su discurso migratorio: la oposición a la llegada de extranjeros ya no se limita a cuestiones de «seguridad» o de «identidad», sino que también se fundamenta en el impacto económico nacional.
Es, precisamente, este último aspecto al que el partido ha dado más relevancia. Por ejemplo, en los pactos con el PP, el «principio de prioridad nacional», el mayor éxito para Abascal tras volver al poder, se aplica al acceso a ayudas sociales y vivienda pública, temas que apelan a las clases bajas. En esos acuerdos, Vox defiende ligar la concesión de estos recursos a la «trayectoria de cotización» y aspira incluso a extender dicha «prioridad nacional» al sistema sanitario público, propuestas que afectan directamente a las clases medias-bajas. Son a estas últimas a las que Abascal dirige su atención con mayor énfasis, consciente del éxito de su giro y sabiendo que, a un año de las elecciones generales, disputar el voto obrero será fundamental. El tránsito de ex votantes socialistas hacia Vox podría, en gran medida, determinar el equilibrio de fuerzas futuro.

