Desde 2018 reside en Canarias, adonde llegó huyendo de la represión ejercida por Marruecos. «Todo tiene un origen político. España tiene responsabilidad y Marruecos también», resume. Le llevó tres años obtener una prótesis y aún aguarda una intervención en la otra cadera. El dolor y la discapacidad complican su búsqueda de un empleo estable.

Resulta difícil imaginar a Lamine (32 años) como una figura que encarne alguno de esos temores que la ultraderecha española ha difundido con eficacia durante años. Saharaui. Musulmán. Además, durante mucho tiempo careció de documentación. Todo parece encajar en ese perfil, hasta que aparece la persona y el artificio se resquebraja. Este jueves será uno de los cerca de 2.000 asistentes (el 75 % migrantes) que se encontrarán con León XIV en el muelle de Arguineguín. Al mencionárselo, una sonrisa se dibuja en su rostro y no desaparece. Resulta difícil concebir qué peligro podría suponer un musulmán cuya principal aspiración inmediata es estrechar brevemente la mano del Papa. «No sabría qué decirle, ni qué preguntarle, solo agradecerle por todo, por venir, por mirarnos», responde cuando EL MUNDO le consulta qué haría si tuviera unos minutos con el Santo Padre.
De piel caoba y complexión delgada, cojea visiblemente y se apoya en una muleta para aliviar el dolor de su cadera izquierda. En la pierna derecha usa una prótesis que tardó tres años en recibir en España. Lamine ha buscado durante años empleo legal en las islas para contribuir económicamente, pero su discapacidad y el dolor persistente le impiden obtener un contrato. Habla español con fluidez, aunque a veces alguna palabra parece escapársele; entonces chasquea los dedos como si pudiera capturarla al vuelo. Piensa mientras responde. Y sonríe. Sonríe casi todo el tiempo. Probablemente por eso su historia sorprende aún más.
Lamine llegó a Puerto del Rosario (Fuerteventura) en 2018 tras cruzar el Atlántico en una patera. Ocho jóvenes saharauis, incluido él, robaron una embarcación con motor abandonada en Playa de El Aaiún (Foum El Oued). No informó a su familia. «Me habrían pedido que me quedara, porque saben que muchos no llegan», relata. Tras que la policía le tomara las huellas para registrarle, salió a la calle. Aún recuerda qué fue lo primero que hizo con su libertad. «Escuchaba a quienes estaban alrededor a mi paso», dice, «quería entenderlos para aprender español, porque antes de salir de mi país sabía que era fundamental conocer la cultura y dominar el idioma para adaptarse, convivir y tener un futuro«.
Comenta que nació en El Aaiún y, por la insistencia en asociar el Sahara con «ocupado», se sabe que es así. Desde niño sufrió la represión, violencia y violaciones de derechos humanos que Marruecos impone persistente sobre ese territorio que hasta 1976 fue español. España los abandonó, rompiendo su neutralidad sobre la región en 2022.
Sin embargo, los saharauis no olvidan su historia, ni Lamine la de su familia. «Hace tres años logré reunir la documentación de mis antepasados y sus vínculos con España», relata, «me concedieron la residencia por arraigo por un año, pero luego no me la renovaron». Presentar actas de nacimiento de familiares nacidos antes de 1976 (cuando el Sáhara aún era provincia española) permite a sus descendientes obtener ese reconocimiento. «A muchos saharauis que ya la tenían también se la negaron», explica, «estoy convencido de que fue por las relaciones entre España y Marruecos… Recuerda que en 2021 muchos marroquíes cruzaron nadando a Ceuta y Melilla ‘por nosotros'». Así sugiere Lamine que la denegación del arraigo saharaui tras 2021 respondió al intento de España de reparar el deterioro de sus relaciones diplomáticas con Marruecos, a raíz de la decisión del Gobierno español de trasladar por razones humanitarias a Brahim Gali (líder del Frente Polisario) al Hospital San Pedro de Logroño para recibir atención médica.
«Todo está relacionado con la política, España tiene la culpa y Marruecos también«, explica sobre los flujos migratorios desde el norte de África, «sabemos lo que sucede en las costas del Sahara cuando una patera intenta pasar; la policía y el Gobierno [marruecos] controlan esas rutas». Es crítico con Marruecos y, cómo no, si ha vivido toda su vida «luchando» y sufriéndolos. Tanto es así que se puede entender por qué el rey marroquí Mohamed VI abre periódicamente los pasos fronterizos. «Envía a muchos marroquíes a Europa, principalmente a España, para que cuando haya algún problema defiendan y apoyen a Marruecos desde aquí, saliendo a la calle y organizando manifestaciones», asegura.
Los saharauis pertenecen a un territorio no reconocido: la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Lamine huyó de allí en 2018. No fue su deseo, dice, pero lo hizo. «¿Sabes que ahora nos atacan con drones?», pregunta incrédulo y usa el pronombre de primera persona plural porque realmente nunca se ha desligado del todo. Aquel profesor que en el colegio les mostraba mapas manipulados —donde la tierra de Lamine aparecía bajo mando del Reino Alauita— no cumplió su objetivo. «Ojalá el Papa dirija su mirada al Sáhara y visite porque estamos cansados, son 53 años de ocupación y conflicto con Marruecos», confiesa.
A las 11:40 de hoy concluye una de las esperas de Lamine. No la más extensa ni probablemente la más significativa, pero sí una de las pocas que menciona sin amargura alguna. La ha esperado, dice, «con felicidad y amor». Verá a León XIV en el muelle de Arguineguín. «Me llena de alegría que quiera acercarse a nosotros [los migrantes]», afirma, «muchos somos musulmanes, pero sabemos que es una persona de paz y que cuando visita un lugar, eso significa que llegará más ayuda, y valoramos su labor».
Quizá Lamine alcance a estrechar su mano. Quizá no. Quizá, si ese encuentro sucede, capture alguna palabra suspendida en el aire y la atrape con los dedos. Quizá con esas palabras hable de su tierra. O tal vez el tiempo no alcance para nada de eso. Pero es seguro que, si no logra acercarse al Papa, tampoco perderá la sonrisa que casi siempre lleva. Al fin y al cabo, después de hoy le aguardan otras esperas: una prótesis para su cadera izquierda y que el Sahara Occidental alcance finalmente la libertad.

