Salvar a un inmigrante a cambio de un pulgar: la tripulación de la Salvamar ‘Macondo’ que enfrenta el horror sin retroceder

Una maniobra de salvamento le costó un dedo a Mario, quien acumula más de 20 años de experiencia en rescates marítimos.

Víctor y Mario, tripulantes de la salvamar 'Macondo', en el puerto de Arguineguín.

«Hombre, si de verdad me he sacrificado, ¡mira!», dice Mario, levantando la mano con la intención de señalar el muro de hormigón que delimita el muelle de Arguineguín. En realidad, está mostrando el muñón que reemplaza a su pulgar izquierdo. Lo perdió hace años al quedar atrapado entre un cabo de la Salvamar Macondo, donde trabaja como tripulante, durante una operación de rescate de inmigrantes que arribaban en patera cerca del puerto, situado al sur de Gran Canaria.

«Se quedó atrapado entre el cabo y la barandilla. Pesa, diría que unas cien toneladas. La barandilla incluso llegó a doblarse. Y el dedo quedó atrapado, por eso lo perdí», detalla mientras observa el resto de su pulgar como si la parte amputada aún guardara memoria. Narra esta historia desde la cubierta del mismo barco, que permanece fondeado en ese puerto: el primer destino del Papa León XIV en las Islas Canarias.

Por las historias compartidas, Mario y su compañero Víctor parecen haber atravesado los nueve círculos del infierno descritos por Dante. Han presenciado escenas duras: «Sufrimiento, muertes, mujeres dando a luz en el mar…». Aunque han notado una disminución en la llegada de migrantes por vía marítima —«porque ahora viajan por otro camino», en alusión a las Islas Baleares—, la tripulación del Macondo permanece en alerta las 24 horas, al igual que la tripulación de su barco hermano, la Salvamar Urania, equipada para que el personal de emergencias pueda descansar a bordo.

Son el soporte inicial para los inmigrantes que llegan en embarcaciones frágiles en búsqueda de una vida mejor, el nexo entre la supervivencia y la tragedia, quienes, según se infiere, aseguran más visitas de las que cualquiera desearía —«a veces es imposible»—. La ruta atlántica que conecta la costa africana con las islas Canarias figura entre las más letales del mundo. De acuerdo con Caminando Fronteras, de los más de 3.000 fallecidos en rutas migratorias marítimas, casi 2.000 perdieron la vida en esta zona. La visita de León XIV subraya la peligrosidad de esta ruta y atrae la atención internacional hacia ella.

Mientras Víctor, el patrón del barco, detalla el funcionamiento de las llamadas de emergencia, grúas y camiones circulan sobre la gravilla del espigón, lugar desde el cual los guardianes marítimos no se moverán para recibir al Vicario de Cristo en la primera parada durante su recorrido por Gran Canaria y Tenerife, los días jueves 11 y viernes 12 de junio.

«Generalmente llegan desorientados tras largos días de navegación. Su estado varía según las condiciones climáticas», comenta el patrón. Frente a emergencias de esta índole, el Centro de Coordinación de Salvamento Marítimo de Las Palmas moviliza las unidades e indica hacia dónde deben dirigirse según la situación detectada en alta mar. Desde la crisis migratoria del verano de 2020, cuando Arguineguín se convirtió en el conocido “muelle de la vergüenza”, «se han ido mejorando y añadiendo nuevos recursos para afrontar estas situaciones», aclara Víctor. Las embarcaciones y los equipos de rescate han experimentado modernizaciones que han facilitado considerablemente los rescates y mejorado la atención a los migrantes.

La realidad migratoria que viven las islas desde la llegada del primer cayuco en 1998 será el eje central de esta etapa del recorrido papal por España.

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