
Aunque ya se han realizado los primeros vuelos espaciales comerciales y se espera que próximamente sean más accesibles, actualmente viajar al espacio sigue siendo una vivencia exclusiva que muy pocas personas han tenido el privilegio de experimentar.
La misión Artemis II destacó aún más porque realizó el vuelo más cercano a la luna en más de cinco décadas. A pesar de que no pisaron la superficie lunar, el impacto de esta expedición en futuras misiones fue considerable. El trayecto presentó múltiples retos técnicos y tecnológicos, pero, como reveló Reid Wiseman, líder del equipo, su mayor preocupación iba más allá de completar con éxito su tarea.
«No considero que la mente humana esté suficientemente desarrollada para asimilar lo que estamos observando», comenzó Wiseman. Para él, el desafío principal en el espacio fue algo semejante a lo que enfrentaría cualquier persona que viaja por trabajo y se aleja de sus seres queridos, solo que en su caso la distancia era de cientos de miles de kilómetros.
«No fue sencillo. Estar a más de 200.000 millas de casa, justo antes del lanzamiento, se siente como el mayor sueño que pueda existir. Una vez allí fuera, lo único que deseas es regresar con tu familia y amigos. Ser humano es algo especial, y también lo es estar en el planeta Tierra«, afirmó Wiseman.
No obstante, el regreso a la Tierra no significó el término de la misión Artemis II, ya que los astronautas tuvieron que someterse a diversas evaluaciones médicas. De hecho, Christina Koch, una de las astronautas, explicó que tras su retorno requirió terapia física porque sus órganos vestibulares quedaron afectados tras pasar diez días en microgravedad.
Como consecuencia, experimentó pérdida de equilibrio, desorientación espacial y movimientos oculares alterados, por lo que fue necesaria una rehabilitación para paliar estos efectos. Cabe destacar que estudiar y evaluar el impacto físico de la misión era un componente fundamental del plan Artemis II.
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