Se trata de un método simple y natural que facilita la retención de humedad, protege suelos dañados y ofrece una segunda oportunidad a un recurso abundante

Australia está experimentando una técnica poco común para cuidar sus cultivos: cubrir la tierra con lana de oveja. Esta práctica consiste en usar este material natural como una capa protectora sobre el suelo, especialmente en áreas secas, dañadas o con dificultad para conservar la humedad. Aunque parezca una idea sencilla, cuenta con fundamento científico: la lana colabora en la retención de agua, protege la superficie de la radiación solar y el viento y, al descomponerse, puede proveer nutrientes al suelo.
El procedimiento es similar al acolchado agrícola, una técnica tradicional que implica cubrir el suelo con materiales diversos para que no pierda humedad ni sufra erosión. En este caso, en lugar de plásticos u otros productos sintéticos, se emplea lana de oveja, un material biodegradable, poroso y con capacidad de absorción hídrica.
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La clave radica en la composición de la fibra. La lana contiene queratina, retiene humedad y forma una capa protectora sobre la superficie terrestre. Esto permite que el suelo se mantenga húmedo por más tiempo, reduce el impacto directo del sol y ayuda a conservar una temperatura más constante en la capa superior del suelo. Esta protección es especialmente beneficiosa en áreas recurrentemente afectadas por sequías o por la disminución de materia orgánica.
Razones por las que Australia emplea esta solución
El contexto nacional explica por qué esta técnica se ha desarrollado precisamente allí. Según ABARES, el organismo de análisis agropecuario del Gobierno australiano, la agricultura abarca 439 millones de hectáreas, el 57,1% del uso total del suelo. Además de esta vasta extensión agrícola, otro factor determinante es que Australia es uno de los principales productores mundiales de lana.
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El Departamento de Agricultura del país indica que produce aproximadamente el 25% de la lana grasa comercializada en el mercado internacional. Esto proporciona una materia prima abundante, incluso en calidades o formatos que no siempre son aprovechados en la industria textil.
El empleo agropecuario de la lana permite darle un nuevo uso a este recurso. El objetivo no es reemplazar completamente los fertilizantes ni solucionar la sequía por sí solo, sino aprovechar un producto natural para mejorar la salud del suelo y reducir la dependencia de insumos sintéticos.
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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha comunicado la implementación de un conjunto de medidas para enfrentar el desafío «urgente» del relevo generacional en la agricultura y ganadería española, creando Tierra Joven, una plataforma destinada a informar y movilizar tierras agrarias. (Europa Press/La Moncloa)
Un suelo que requiere recuperar su vitalidad
La degradación de los suelos representa uno de los mayores retos para la agricultura australiana. En Nueva Gales del Sur, uno de los principales estados agrícolas del país, los niveles de carbono orgánico en el suelo disminuyeron un 3,1% entre 2006 y 2020, según el informe ambiental regional. La pérdida de carbono orgánico es significativa porque influye en la fertilidad, la estructura del suelo y su capacidad para retener agua.
Cuando el suelo pierde materia orgánica, se vuelve menos fértil, más compactado y disminuye su capacidad para sostener vida microbiana. Esto impacta negativamente en el crecimiento de los cultivos y obliga a los agricultores a incrementar el uso de riego, fertilizantes u otras intervenciones externas. En este sentido, la lana puede contribuir: al degradarse lentamente, libera nutrientes como nitrógeno y azufre, ambos esenciales para el desarrollo vegetal.
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Es una alternativa prometedora, pero no una solución definitiva
En los últimos años, el interés científico en el uso agrícola de la lana ha aumentado, especialmente dentro de investigaciones sobre economía circular en el sector agropecuario. Una revisión publicada en la revista Agronomy en 2025 señala que la lana residual puede aplicarse en la agricultura de diversas maneras, desde uso de lana cruda hasta pellets, compost, hidrolizados o mantas para cubrir el suelo.
En España, científicos del Centro Tecnológico Nacional Agroalimentario de Extremadura han analizado el uso de pellets de lana como fertilizante orgánico en cultivos de tomate de industria y brócoli. En Canadá, ensayos documentados evidencian mejoras en el rendimiento de cultivos florales, mientras que en Europa central investigaciones recientes exploran su impacto sobre la actividad biológica del suelo y la nutrición vegetal.
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El beneficio de este método radica en que no requiere una revolución total del sistema de cultivo ni depende de insumos sintéticos. No obstante, los expertos señalan que su efectividad varía según el tipo de suelo, las condiciones climáticas, el cultivo y el modo de aplicación. No representa una solución única frente a la sequía o desertificación, pero sí constituye una herramienta adicional para proteger suelos deteriorados y aprovechar un recurso disponible.

