Caballos huyendo entre el fuego: «Estaban muy agitados, relinchando sin control»

Tras una noche llena de incertidumbre para la comunidad ecuestre, Carlos Bernad recuerda que «no sabía cómo actuar con los animales».

Rescate de un caballo en el municipio de San Martín de Valdeiglesias, en la Comunidad de Madrid, ayer.

«Las llamas se acercaban cada vez más, no sabía qué encontraría ni cómo manejar a los animales», relata Carlos Bernad a EL MUNDO al revivir el pánico que se instaló en su finca después de las 23.00 horas del viernes pasado. Con el humo avanzando hacia las cuadras de la Sierra Oeste y la certeza de que había que evacuar, su reacción inmediata fue tomar el teléfono. «Empecé a hacer llamadas desesperadas para encontrarles un lugar seguro», recuerda. Una de esas solicitudes de ayuda llegó hasta su amiga Diana Marsá, dueña del centro ecuestre Emiralia, en el municipio de Villanueva de la Cañada.

Diana y su hermana Marta no dudaron en ofrecer espacio seguro para el ganado de Carlos Bernad. Desde ese instante, todo el equipo de la finca se volcó totalmente, abriendo las puertas de sus instalaciones para quien lo necesitara: «Avisamos en todos los grupos de mensajería, redes sociales, a veterinarios…», explica una de las hermanas sobre la coordinación para facilitar transporte, suministros y establos a cualquier caballo en riesgo.

Cerca de la medianoche comenzaron a sonar las primeras alarmas y, poco después de la una de la madrugada, los furgones entraban en el recinto. «A nuestras instalaciones llegaron 31 caballos de distintas procedencias. Iban muy alterados, relinchando sin control», recuerdan.

Como ellas, cientos de particulares y profesionales pusieron sus recursos al servicio de las familias afectadas para acoger a los animales de los municipios evacuados desde el inicio de los incendios que, al igual que Bernad, son numerosos. En recintos de gran capacidad, como el Club de Campo Villa de Madrid, lograron proteger cerca de 200 ejemplares en las primeras horas.

Desplazar a un animal de 500 kilos entre humo y en plena oscuridad representa una gran dificultad. «Los caballos son un caso muy particular por su peso. Hay nervios, prisas, y se debe actuar con rapidez. Algunos suben al remolque sin problema, otros se paralizan», explica Carlos Bernad sobre la compleja evacuación que vivió en la zona afectada.

A la agitación en las cuadras se añadieron los embotellamientos en las vías. La rápida propagación de las llamas obligó a la Guardia Civil a cerrar accesos secundarios para priorizar el paso de las brigadas de extinción, dificultando el desplazamiento de los vehículos de transporte. «Llevaba agua en el coche por la noche y un agente me explicó que no podía pasar de ninguna forma. Le pregunté cómo haría llegar el agua a los animales y me contestó: ‘Solo a pie’», lamenta alguien que se desplazó a los pueblos para colaborar en la evacuación.

Pese a la tensión, la convivencia en los prados de acogida ha resultado ejemplar. «La ventaja es que la mayoría son animales de tanda, acostumbrados al contacto humano y con los niños. Si no fuera así, sería imposible reunir en un solo espacio tantos ejemplares que no se conocen entre sí», indican.

No obstante, la huida desesperada dejó graves secuelas en algunos casos. De madrugada ingresó en la finca una potra de solo tres años en estado crítico, con lesiones físicas previas agravadas por la catástrofe: cadera rota, múltiples heridas, sucia y con las extremidades muy dañadas. En la explotación de origen, donde siempre había contado con unos cuidados ejemplares, el fuego destruyó todo y el cuadro clínico tan grave condenaba irremediablemente al sacrificio del animal por humanidad.

Sin embargo, la evacuación resultó ser un golpe de suerte. El equipo de Emiralia decidió intervenir para evitar ese final trágico. «La vimos y lo tuvimos claro: ‘Esta se queda aquí porque requiere cuidados intensivos’. No podíamos permitir su sacrificio«, relatan mientras la observan jugar en una zona apartada del recinto, acondicionada para impedir que otros caballos la molesten debido a su estado delicado.

Marta y Diana asumieron su adopción sin dudar, dedicándose por completo a su recuperación. Como símbolo de esta nueva oportunidad, le han asignado temporalmente el nombre de Dese, abreviatura del nombre con el que figura en su registro, Deseada, para hacerlo más personal.

De este modo, una tragedia causada por el fuego se ha convertido en una historia de supervivencia, con el rescate de Dese como faro de esperanza en medio de las cenizas.

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