Apoyados por Cubarsí y Laporte, el doble pivote de la selección española deslumbra al mundo mostrando una versión renovada de la España de 2010.
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Existen encuentros que no se juegan simplemente; se moldean. Lo sucedido en el césped durante la semifinal del Mundial fue algo más que un duelo de 11 contra 11; fue la colisión entre el poderío físico de una Francia hipermusculada y la precisión meticulosa de una España decidida a reinventar su propia leyenda.
Se trata de la puesta en escena del denominado Tiki-Taka 2.0, una evolución del legado de 2010, adaptada a la rapidez y los retos del fútbol contemporáneo.
En una noche en la que el viento parecía acompañar el ritmo del balón, el equipo español no solo superó a los galos; los anuló hasta dejarlos casi inertes, reduciéndolos a una expresión mínima y prácticamente inofensiva.
Las cifras, a veces implacables, hoy demuestran la magnitud de esta obra maestra: un escaso 0.3 en goles esperados para el conjunto francés. Tras ese número no hay mala fortuna gala; existe una dictadura del espacio y el tiempo impuesta por un grupo de futbolistas vestidos de rojo.
Una máquina impecable
El dominio de España en la zona media no se tradujo en una posesión abrumadora, sino en una precisión y efectividad posicional sobresalientes. El doble pivote compuesto por Rodri Hernández y Fabián Ruiz desarrolló un encuentro de altísimo nivel, bloqueando la capacidad física del centrocampismo francés.
Rodri actuó nuevamente como el ancla del sistema. El mediocentro completó 59 de sus 68 pases (87% de acierto), demostrando una fiabilidad casi total en la salida desde campo propio, con un 93% (39/42) de precisión.
Además, mantuvo la fluidez del juego en terreno adversario con 20 pases acertados en campo rival (77% de efectividad), impidiendo que Francia robara y acelerara sus ataques.
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Junto a él, Fabián Ruiz ofreció dinamismo y creatividad entre líneas. El andaluz completó 56 de 65 pases (86% de acierto), pero destacó especialmente en el último tercio, donde logró un sobresaliente 83% de precisión en campo rival (24/29) y generó 2 pases decisivos.
La sincronía entre ambos permitió a España controlar los tiempos sin desgastarse en transiciones caóticas.
Para que los centrocampistas recibieran con ventaja en el espacio, la primera fase de construcción desde la retaguardia tuvo que ser perfecta. Los defensas Pau Cubarsí y Aymeric Laporte llevaron a cabo una salida limpia que desarticuló por completo la presión alta planteada por Didier Deschamps.
Cubarsí y Laporte celebran el pase a la final del Mundial.
Cubarsí demostró una calma inusual para su edad. El joven defensor completó 29 de 32 pases totales (91% de éxito), con un solo error en envíos desde campo propio (23 de 24 para un 96% de efectividad).
Mientras tanto, Laporte añadió volumen de juego y protagonismo. Fue el líder en la salida con 70 pases acertados de 76 intentos (92%), asumiendo la responsabilidad con un 98% de acierto en campo propio (51/52) y sumando 2 pases largos exitosos de 5 para oxigenar al equipo.
Evolución del estilo
Durante muchos años, el fútbol mundial creyó haber descifrado el enigma de la posesión española. Se criticó al antiguo estilo por convertirse en una sucesión de pases mudos, un ejercicio que adormecía tanto al adversario como al espectador.
Este equipo, sin embargo, ha desarrollado una mutación vibrante y genética de aquella idea original: el Tiki-Taka 2.0. Ya no es una nana horizontal diseñada para defender con el balón; ahora es una partitura afilada que oculta una amenaza repentina.
Esta versión actual sigue venerando la asociación, pero sin la melancolía. España continúa adorando el balón, pero ahora lo busca siempre con la mirada fija en el avance, no en las bandas.
Se juega para atraer, se adormece para abrir grietas y, justo cuando el adversario pestañea creyendo enfrentar al viejo fantasma del monólogo inefectivo, la jugada se convierte en un relámpago vertical.
Los jugadores celebran el gol de Pedro Porro ante Francia.
Se trata de un estilo ágil y adaptativo, que sabe cuándo ser suave en el círculo central y cuándo lanzar un zarpazo mortal en el área rival.
Francia, acostumbrada a dominar con su ritmo, velocidad y fuerza, quedó atrapada en una red invisible. Buscaban un choque brutal y hallaron un ballet donde el balón siempre corría un paso antes que sus reacciones.
No hubo contraataques frenéticos porque la presión tras pérdida de la Selección fue una jaula invisible de la que no pudieron escapar. Francia persiguió sombras bajo los focos de una velada que ya forma parte de la historia del fútbol español.
Los jugadores celebran el gol de Pedro Porro ante Francia.
Al sonar el silbato final, la atmósfera se impregnó de un misticismo inconfundible. La imagen de los jugadores franceses, con la mirada perdida en la distancia, reflejaba a quienes han sido derrotados no por la fuerza, sino por la pura belleza de una idea superior.
España no solo se dirige a la gran final con certezas tácticas sólidas; también lo hace habiendo reconciliado al público con la esencia más poética de este deporte.
Bajo el cielo de la cita máxima, esta Selección no rehúye el reflejo de 2010, sino que lo toma como base indispensable de su identidad.
Como subraya Luis de la Fuente, mirar hacia atrás no es nostalgia, sino un ejercicio necesario de memoria y orgullo: una luz histórica que recuerda que el arte de pasar el balón sigue siendo la forma más bella, inteligente y contundente de dominar el mundo.

