El delantero de la Selección habló acerca de sus raíces en una entrevista realizada hace seis años.
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Durante la disputa del Mundial con España, Ferran Torres representa a una generación que creció rodeada de consolas, Wi-Fi y academias especializadas, y no en plazas polvorientas o terrenos improvisados.
De ahí proviene una de sus afirmaciones más reveladoras sobre su niñez: «No jugaba en la calle porque soy un niño del 2000», una declaración hecha en Panenka hace seis años que sintetiza tanto su historia personal como el cambio generacional en el fútbol.
Nacido en Foios, un pequeño municipio en la huerta norte de Valencia, Ferran apunta que su entorno de crecimiento no fueron las porterías dibujadas con mochilas en la calle, sino el patio de su casa, donde sus perros actuaban como primeros defensores y compañeros de juego.
Desde muy joven, el balón estuvo vinculado a un entorno más estructurado: empezó en el fútbol sala en su colegio, el EPLA, y casi al mismo tiempo el Valencia lo incorporó a su cantera cuando tenía apenas siete años.
Su relato de esos años desmonta la nostalgia tradicional del fútbol callejero como la única escuela posible.
Ferran defiende que aprendió mucho más en el futbito escolar que en una calle que «ya estaba más modernizada», mientras describe cómo aquellas primeras competiciones entre amigos se convertían en retos para ver quién marcaba más goles o asistencias.
En ese entorno, reconoce que solo quería rematar, y que todos sus regalos giraban alrededor del fútbol: balones, espinilleras o botas, hasta el punto de ir al colegio con botas de tacos y ponerlas de moda entre compañeros que ni siquiera jugaban.
Ferran Torres, con la Selección.
Sus recuerdos familiares aportan otra dimensión a esa infancia en medio de la huerta y los vestuarios. Ferran identifica a su madre como la principal aficionada al fútbol en casa, a un tío que competía a un buen nivel y a un abuelo con su propio terreno donde aprendió a cultivar tomates y alcachofas.
Esa conexión con Foios, la huerta y el mar cercano funciona como un contrapeso a la burbuja profesional: cuando regresa al pueblo, dice, encuentra una vía de escape junto a cuatro amigos de toda la vida que aún lo llaman «Ferri» y que logran frenar su impulso cuando olvida que es un jugador de Primera.
Actualmente, mientras acumula minutos y atención en el Mundial con la selección de Luis de la Fuente, aquel niño «del 2000» que casi no jugaba en la calle representa un producto de otra forma de entender la formación: más reglada, más tecnológica, pero que también conserva la intensidad emocional de la cantera.
Sus palabras en Panenka, dichas cuando apenas tenía 20 años y miraba hacia el futuro, resuenan ahora, a los 26, cuando asume un papel importante en una España que le demanda goles, madurez y carácter.
Entre Foios y Estados Unidos, entre la portería del patio doméstico y los estadios del Mundial, la frase que abre este texto actúa como puente generacional y declaración de identidad.

