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Información del artículo
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- Autor, Cecilia Barría
- Título del autor, BBC News Mundo
- Fecha de publicación 9 julio 2026, 10:32 GMT
- Tiempo de lectura: 4 min
"Mientras avanzaba por Kensington en Londres, vi que el semáforo cambiaba a rojo y pensé: ‘Amarillo’, puedes pasar; ‘Rojo’, alto, detente fuera de la zona".
Fue en ese instante cuando Kenneth George Aston, árbitro inglés, concibió la idea de implementar las tarjetas amarilla y roja en el fútbol.
La agresividad en los partidos a comienzos de los años 60 había llevado este deporte a niveles difíciles de controlar. En numerosos encuentros se producían enfrentamientos violentos que acababan con jugadores lesionados y hospitalizados, cargados de resentimiento.
El Mundial de 1962 en Chile es un claro ejemplo de esta situación.
Durante el partido inaugural entre la Unión Soviética y Yugoslavia, se registraron golpes e incluso fracturas en algunos jugadores.
Situaciones similares se vivieron en los encuentros entre Alemania e Italia; Checoslovaquia y España (donde el portero perdió el conocimiento tras un golpe en la cabeza); y Argentina frente a Bulgaria (con varias lesiones serias).
Además, Chile e Italia protagonizaron un encuentro que se recuerda como "La Batalla de Santiago". ¿Violencia extrema? Sin duda.
Hubo patadas, puñetazos e incluso la presencia de policías en el campo. La selección chilena ganó 2-0 en un partido muy cuestionado por su arbitraje, dirigido por Kenneth Aston, quien, impactado por la crudeza de las acciones, terminaría adoptando el sistema de tarjetas que debutaría en el Mundial de México en 1970.
"En Santiago, mi labor se limitó casi a contabilizar las acciones conflictivas del juego, mi tarea poco tuvo que ver con la función habitual del árbitro", comentó.
La ira expresada en otro idioma
Aston dejó su carrera arbitral en 1963 y, en 1966, pasó a formar parte de la Comisión de Árbitros de la FIFA, presidéndola entre 1970 y 1972.
Desde esa posición tuvo que gestionar otro escándalo durante el partido de cuartos de final entre Argentina e Inglaterra en el Mundial de 1966.

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El alemán Rudolf Kreitlein, árbitro de ese encuentro, debió ser escoltado por la policía británica tras expulsar al capitán argentino Antonio Rattín en el minuto 36.
Kreitlein sancionó una falta a favor de Inglaterra, Rattín protestó y terminó expulsado.
"Me lanzó una mirada hostil, y por eso supe que me había insultado", recordó Kreitlein. El problema radicaba en que el árbitro no comprendía español, y el jugador argentino no hablaba inglés ni alemán.
Rattín se negó a abandonar el terreno de juego, alegando que no entendía al árbitro. La disputa paralizó el partido por más de diez minutos, hasta que un traductor intervino en el césped de Wembley para explicarle la situación, lo que desató la ira del jugador argentino.
"El fútbol es una representación dramática"
Hoy en día, muchos considerarían que para insultar no es imprescindible hablar el mismo idioma, o que comprender una expulsión no depende de palabras.
Sin embargo, cuando la rabia domina, es vital que las reglas sean claras y que las amonestaciones arbitrales no dependan del lenguaje verbal.
En ese contexto, Aston, entonces a cargo del arbitraje, usó su habilidad para calmar al capitán argentino expulsado y evitar la suspensión del encuentro.
Para ese momento, Aston tenía claro que debía diseñarse un sistema eficaz para disuadir agresiones y castigar a los jugadores infractores.
Curiosamente, la inspiración le llegó gracias a un semáforo.
El árbitro falleció el 23 de octubre de 2001 a los 86 años, dejando como legado su dedicación al fútbol.
"El fútbol es una obra dramática en dos actos, con 22 actores en escena y un director: el árbitro", afirmó en una ocasión.
"No hay un guion, nunca se sabe cómo terminará, pero lo esencial es disfrutar y hacer disfrutar."

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