La tecnología ha transformado la manera de buscar entre los escombros: drones, cámaras especializadas, geófonos que detectan vibraciones y nuevas herramientas de perforación.

El tiempo siempre representa un reto tras un terremoto. Durante muchos años, las primeras 72 horas se consideraban el límite entre la esperanza y la aceptación de la pérdida. Esto ha cambiado. Los equipos de rescate de la Unidad Militar de Emergencias (UME) aseguran que las grandes catástrofes recientes alteran esta percepción. Así lo detalla el brigada Juan Carlos Ibáñez, integrante del equipo de búsqueda y rescate (USAR, por sus siglas en inglés de Urban Search and Rescue) del Batallón de la UME, basado en Torrejón de Ardoz. En esta ocasión no fueron movilizados para el terremoto en Venezuela, ya que el equipo de Morón estaba de guardia y trabaja sin descanso desde el 26 de junio con un único propósito: localizar supervivientes entre los escombros. El brigada, agradecido de aportar su experiencia desde Madrid, señala dos factores esenciales para ello: «Mantener la esperanza y reconocer que la resistencia de las personas ha aumentado considerablemente».
Según los datos más recientes, 35 españoles han fallecido, mientras que 140 permanecen desaparecidos y 11 han sido encontrados bajo los escombros. En total, se calcula que el terremoto ha causado 2.954 muertes y 16.592 heridos.
«Debe entenderse que después de las 24 horas la probabilidad de supervivencia de una víctima disminuye de forma exponencial. Sin embargo, ahora estamos llegando a las 72 y hasta 96 horas con personas en estado relativamente bueno», comenta. Esta evolución queda reflejada en los rescates recientes donde individuos han permanecido bajo tierra más de una semana. «Nuestro compromiso siempre es muy alto, pero estas situaciones nos motivan aún más para continuar con el trabajo».
Cada despliegue internacional está respaldado por años de preparación y un sistema listo para activarse de inmediato. Los equipos practican diariamente, incluso sin emergencias. «La formación es constante. Cada día seguimos nuestro Plan General de Adiestramiento. Esto implica un entrenamiento permanente y en evolución continua: nuevas técnicas, herramientas innovadoras, protocolos actualizados… debemos mantenernos siempre preparados», resume.
La UME opera conforme a los estándares de INSARAG, organismo de Naciones Unidas que certifica a los equipos internacionales de rescate. Cada cuatro o cinco años revisa y actualiza los procedimientos, realizando evaluaciones periódicas de las unidades. «Esto nos obliga a permanecer siempre a la vanguardia y muy bien preparados».
También la tecnología ha transformado la manera de localizar supervivientes. Drones, cámaras técnicas, geófonos que detectan vibraciones bajo los escombros y novedosas herramientas de perforación son ya equipos habituales. «Los drones han facilitado enormemente nuestro trabajo. Al final, se trata de enviar un pequeño dispositivo electrónico a lugares inaccesibles para personas». Su uso se extiende también a incendios forestales e inundaciones.
No obstante, ningún avance tecnológico reemplaza al elemento humano. Un despliegue internacional moviliza cerca de cincuenta especialistas: mandos, sanitarios, psicólogos, logística, búsqueda técnica, guías caninos y rescatadores. Todos trabajan coordinados, divididos en dos turnos de doce horas, para mantener operativo el dispositivo las 24 horas del día y los siete días de la semana. En Venezuela, hay 65 miembros de la UME desplegados, junto con 2 ingenieros del Ejército de Tierra y ocho perros.
Al llegar a la zona afectada, el equipo español enfrenta aún una etapa crucial antes de comenzar a remover los escombros. «Lo fundamental es armarse de esperanza, energía y recibir las instrucciones claras para iniciar el trabajo en terreno». La coordinación con autoridades locales y otros equipos internacionales determina el punto de partida en la búsqueda.
Los rescatadores parten sin saber cuándo retornarán. «Saldremos con la mochila cargada y sin una fecha concreta de regreso». Durante los primeros cinco días son completamente autosuficientes gracias a un despliegue logístico que incluye tiendas de campaña, agua, alimentos y todo lo necesario para operar sin depender de recursos locales.
La preparación no es solo física, también psicológica. «Trabajar bajo una presión extrema afecta mucho. Si no estamos preparados mentalmente, no podemos efectuar el trabajo físico». Por eso cada contingente cuenta con médicos, enfermeros y psicólogos, además del entrenamiento emocional que mantienen durante todo el año.
El instante más crítico llega cuando los perros o equipos técnicos detectan una posible víctima. «El momento clave es cuando sabemos que hay alguien y debemos comenzar a actuar para acceder a esa persona». Desde entonces, cada perforación, corte y maniobra se planifica minuciosamente para evitar nuevos derrumbes. «El propósito de todo el despliegue es rescatar a esa víctima, reunirla con sus familiares y cumplir con nuestra misión».
Al ser consultado sobre qué distingue a la UME de otros equipos internacionales que operan bajo los mismos protocolos de Naciones Unidas, evita comparaciones. «En principio, todos actuamos bajo una normativa común. La diferencia podría estar en el uniforme o color». Lo realmente importante, concluye, es un objetivo compartido por todos los rescatadores durante una catástrofe: «Devolver a las familias a sus seres queridos desaparecidos».

