
Es evidente que el porvenir está vinculado a la tecnología y que las naciones que aspiran a un rol destacado y de liderazgo requieren una industria tecnológica sólida y avanzada. Sin lugar a dudas, en la actualidad Estados Unidos y China disputan el primer puesto en esta competencia.
Los continuos progresos del coloso asiático reducen cada vez más la escasa distancia que todavía existe frente a EEUU; por esta razón, en los últimos años el país norteamericano ha intentado aplicar diversas restricciones contra China para frenar su avance.
A través de prohibiciones para que empresas estadounidenses vendan productos o servicios a China, o mediante bloqueos, EEUU se ha esforzado en no perder esta batalla, pero en realidad estas medidas han fortalecido al gigante asiático, que ha tenido que buscar soluciones propias para avanzar tecnológicamente, logrando construir un ecosistema tecnológico que supera al de otros países.
Un ejemplo reciente, entre muchos, es la presentación de LineShine, el nuevo superordenador ubicado en el Centro Nacional de Supercomputación de Shenzhen, que ha sido reconocido como el más rápido del mundo, pese a no emplear ninguna GPU.
No solo ha alcanzado la cima del ranking TOP500, sino que ha desplazado al superordenador estadounidense El Capitan por más del 20%. Tradicionalmente, los sistemas desarrollados en EEUU dominaban esta clasificación, por lo que este logro envía un mensaje claro y relevante a los Estados Unidos.
Los test realizados indican que LineShine es capaz de ejecutar más de dos quintillones de operaciones por segundo. Lo más notable es que, a diferencia de la mayoría de superordenadores modernos, no utiliza unidades de procesamiento gráfico (GPU).
En cambio, funciona exclusivamente con unidades centrales de procesamiento (CPU), componentes ampliamente usados en teléfonos inteligentes y ordenadores, pero poco frecuentes en sistemas de cálculo científico a gran escala.

