El jugador del Pachuca pasó por clubes de la Premier League como el West Ham United o el Everton.
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En el ámbito del fútbol internacional, Enner Valencia destaca con un brillo singular. Máximo goleador histórico de la selección ecuatoriana y protagonista incontestable en varias Copas del Mundo, «Superman» representa potencia, rapidez y un instinto goleador preciso dentro del área.
Pero, mucho antes de emocionar a las multitudes en los estadios más reconocidos, la vida de Valencia se desarrollaba con una dinámica totalmente distinta, marcada por las arduas y constantes labores del trabajo rural.
Originario de la provincia de Esmeraldas, el delantero experimentó una infancia alejada de los comodidades y privilegios que ofrecen las academias modernas de fútbol.
Su entorno estaba estrechamente vinculado a la ganadería y agricultura de subsistencia, un espacio donde el trabajo diario era imprescindible para avanzar junto con su familia. Enner vivió sus años iniciales bajo la influencia y enseñanza de su padre y su abuelo, quienes le mostraron desde temprana edad el cuidado de la tierra y el manejo de los animales.
En una entrevista reveladora otorgada a la FIFA hace algunos años, el futbolista recordó espontáneamente que el deporte profesional no formaba parte de sus aspiraciones en aquel entonces, ya que estaba enfocado en las tareas diarias de la finca familiar:
«No tenía claro que quisiera ser futbolista. La verdad es que estaba con mi papá y mi abuelo. Teníamos una granja, que ahora mantiene mi papá. Teníamos mucho ganado, todo tipo de animales. Y la verdad es que me dedicaba a trabajar de eso y a estudiar. En ese instante no se me pasaba por la cabeza que pudiera ser futbolista profesional. Las cosas se fueron dando poco a poco».
A pesar de las exigentes labores en el campo y las extensas horas en la escuela, el cariño por el balón empezó a crecer de manera natural en los pocos momentos libres que tenía.
Sin embargo, en un entorno donde los recursos económicos eran limitados, reunir el equipo básico para jugar suponía un desafío considerable.
Fue entonces cuando el emprendimiento de Enner y su vinculación con los productos de la tierra se combinaron para financiar su sueño futbolístico. El futuro goleador debió obtener sus primeros botines vendiendo lo que la granja generaba: «Cuando salía de la escuela, mi papá me esperaba para ir a ver a los animales. Nosotros sacábamos mucha leche y a mí me tocaba venderla en mi pueblo, Ricaurte. Sembrábamos plátanos. Cosechaba limón para venderlo y comprarme los zapatos para poder jugar. Fueron momentos muy lindos con mi familia durante mi niñez, la verdad es que la pasé muy bien».
Esa rutina de ordeñar vacas, asistir a clases y recorrer las calles de Ricaurte con recipientes de leche y cítricos no solo le permitió adquirir sus primeros zapatos de fútbol. Esa disciplina férrea forjó la resiliencia, la paciencia y la humildad que luego exhibiría sobre los campos de juego en todo el mundo.
Ahora, establecido como una figura de primer nivel y un ídolo para todo Ecuador, Enner Valencia mantiene intactas sus raíces rurales. Cada vez que anota, no solo celebra sus logros actuales, sino que honra a aquel niño que comprendió el valor real de la constancia en medio del trabajo ganadero.

